Animal Político

Tras las huellas del Estado Plurinacional

¿Cómo debemos entender la idea de nación boliviana?, ¿cómo reivindicar una personalidad común, un ‘nosotros’?, ¿cuáles son los pilares de la identidad colectiva hoy?, ¿qué nos une y qué justifica ser una sola nación? Éstas son algunas  preguntas que guiaron a 20 investigadores.

La Razón (Edición Impresa) / Víctor Orduna

00:03 / 21 de junio de 2015

En 2012, el Programa de Investigación Estratégica en Bolivia (PIEB) se propuso una tarea que por muy obvia que pueda parecer no había sido encarada por las ciencias sociales de forma sistemática: analizar los avatares de la nación boliviana en tiempos del Estado Plurinacional. ¿Cómo debemos entender la idea de nación boliviana?, ¿cómo reivindicar una personalidad común, un “nosotros”?, ¿cuáles son los pilares de la identidad colectiva hoy?, ¿qué nos une y qué justifica ser una sola nación, un solo país? Éstas son algunas de las preguntas —ciertamente, sin solución definitiva— que guiaron la convocatoria, en virtud de la cual fueron seleccionados 20 investigadores provenientes de La Paz, Cochabamba, Trinidad y Sucre, y que dio lugar a la publicación, en 2014, de ocho investigaciones sobre la cuestión.

El rasgo sobresaliente de estos ocho trabajos es un saludable “desacuerdo” en la interpretación del andamiaje plurinacional (podría decirse que la gran virtud del PIEB fue, precisamente, reunir y propiciar el diálogo entre visiones distintas y hasta encontradas sobre la Bolivia contemporánea) que va desde la consideración del Estado Plurinacional como la encarnación estatal de un destino indígena-campesino inexorable hasta la consideración del nuevo hecho estatal como una suerte de remake potenciado del Estado “todopoderoso” que persiguió la Revolución Nacional de 1952. En las antípodas de cualquier presunta consumación estatal de la utopía indigenal, hay también algún estudio que desahucia al Estado Plurinacional. Como colofón, podría añadirse que el atributo plurinacional del nuevo Estado pareciera hoy más desconcertante e incierto que hace seis años, cuando se lo consagró en el texto constitucional, aprobado vía referéndum, el 25 de enero de 2009.

No obstante, a partir de esta afortunada discrepancia de registros sobre los derroteros de la nación también se pueden anotar algunos aportes del conjunto, en función de la lectura de la totalidad. Éste es el ejercicio que se propone a continuación, con base en un resumen del último capítulo del libro Tan lejos, tan cerca del Estado Plurinacional (de libre descarga en la web del PIEB, www.pieb.com.bo), en el que se sintetizan y comentan los resultados de las ocho investigaciones.

NACIÓN. ¡Habemus nación!: ¿quién pone en duda hoy la viabilidad de Bolivia? Una primera constatación es que con la vigencia del Estado Plurinacional —cuya instalación dirimió una pugna política de alta intensidad entre 2006 y 2009— parecen haberse acallado (previa derrota política, se podría decir) aquellas voces que hasta hace unos años —sea por la vía del nacionalismo aymara, sea de una autonomía con visos de secesión— impugnaban la viabilidad de la nación boliviana. Es como si con la inauguración del Estado Plurinacional se hubieran conjurado viejos traumas republicanos de tal modo que, actualmente, no existen actores políticos o sociales que pongan en tela de juicio el “hecho nacional” boliviano con argumentos de índole regional, étnica o económica. Sin embargo, cabe señalar que, desde cierta óptica, esto se interpreta, paradójicamente, como la claudicación del indianismo aymara y la renuncia a las pretensiones de autodeterminación de las naciones indígena originario campesinas aparentemente fagocitadas (quién lo iba a decir) por la centralidad del Estado Plurinacional.

En todo caso, queda en duda si los “desajustes” en la participación de la nacionalidad han sido definitivamente encauzados en el “proceso de cambio” o si han quedado en latencia y resurgirán cuando el actual poder constituido se debilite o, eventualmente, entre en crisis.

El retorno del Estado, en mayúsculas. Aunque existen dudas sobre el contenido y la catadura de las políticas públicas que debieran dar vida a la plurinacionalidad del nuevo Estado, se percibe un cierto acuerdo sobre la contundente envergadura del mismo. Es decir, el Estado Plurinacional es un hecho de poder manifiesto e innegable que, desde determinada perspectiva, ha acabado por consagrar (mejor de lo que lo hiciera el nacionalismo revolucionario) el Estado/nación que pretendió negar. Partiendo de la noción de que el Estado es, en esencia, fiscalidad, no cabe duda de que el nuevo Estado es, fiscal y presupuestariamente, mucho más real, consistente y poderoso que sus versiones republicanas previas, tanto en el nivel central como en los niveles autonómicos subnacionales. No obstante, esto contrasta con la práctica parálisis del proceso autonómico (inviable sin un debate más serio sobre las competencias y la asignación de recursos) y la cuasi desaparición de la autonomía indígena, tal y como originalmente fue concebida.

La viabilidad estadística de la “plurinación”. De acuerdo con las indagaciones estadísticas, durante los últimos años se ha fortalecido el sentimiento de adscripción nacional en el país, sin que esto entre en contradicción con una fuerte vigencia de las identidades tanto indígenas como regionales. A juzgar por los datos cuantitativos, la nación boliviana no solo es “viable estadísticamente” sino que registra un alto índice de identificación asociado a un crecimiento de la autoestima como colectividad.

SIMBOLOGÍA. Por su iconografía los conoceréis. Respecto a los símbolos y a la iconografía que caracteriza al Estado Plurinacional, si bien inicialmente, durante el proceso constituyente se registraron agrias polémicas sobre este tema, en los hechos parecen haber más continuidades que rupturas y la incorporación de la “nomenclatura” indígena en el repertorio de la simbología patriótica no ha sido traumática. Es más, se registra una escenificación cotidiana que alterna símbolos clásicos republicanos y nuevos signos de cuño indígena sin que esto haya alterado la convivencia ritual y sin que haya representado un trastocamiento dramático del imaginario colectivo. Desde una vereda crítica, se percibe, sin embargo, un “vaciamiento” semiótico del valor reivindicativo de los símbolos indígenas que, una vez absorbidos por el Estado, han cedido a una folklorización que anestesia las demandas por cambios de fondo (como el uso oficial de las lenguas indígenas, la educación intercultural y bilingüe, y el ejercicio de los derechos de los pueblos indígenas).

En suma, como suele ocurrir con toda investigación genuina, los ocho estudios promovidos por el PIEB generan más preguntas que respuestas, proponiendo nuevas sendas para el análisis y la reflexión académica. Si bien existen inquietudes acerca de cuestiones como la calidad de la representación política en el Estado Plurinacional —a propósito de representaciones especiales indígenas y de las sillas curules que ocupan representantes de organizaciones gremiales, campesinas y sindicales—, con relación a los contenidos exactos de la descolonización (especialmente en lo que se refiere a las fuerzas de seguridad del Estado) o a la configuración de una justicia en crisis (y de una jurisdicción indígena originario campesina que a pesar de gozar de igual jerarquía constitucional que la jurisdicción ordinaria parece haberse extraviado), la principal preocupación hacia el futuro (o hacia el pasado, según como se mire) se puede resumir en una pregunta que nos devuelve a la génesis del “proceso de cambio”: ¿cuál es, en verdad, el lugar, la participación y el papel de los 36 pueblos indígenas que se supone que son el corazón de la plurinacionalidad en la ruta oficial de la construcción del Estado Plurinacional? Quien crea tener la respuesta, que tire la primera piedra.

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