Animal Político

Una idea descabellada del Gobierno

¿Por qué no pensar en desarrollar estas fuentes limpias de energía (hidroeléctrica y solar) de las que disponemos en abundancia antes que embarcarse en una aventura nuclear descabellada e injustificable por donde se    la vea?

La Razón (Edición Impresa) / Alfonso Velarde

00:00 / 30 de noviembre de 2014

La idea del uso de la energía nuclear en Bolivia no es nueva. En 1960 se fundó la Comisión Boliviana de Energía Nuclear (Coboen), dependiente de la Presidencia de la República, pero los primeros pasos en la investigación en esta energía se dieron recién en 1966 cuando se nombra a su primer Director Ejecutivo, el coronel Federico Paz Lora, militar de ejército con estudios en física nuclear en el Instituto Balseiro, en Bariloche, Argentina.

Coboen trabajó en los campos de la medicina nuclear, específicamente en el uso de isótopos radiactivos aplicados a la medicina; de hecho, el actual Instituto Nacional de Medicina Nuclear tuvo su origen en ese trabajo; también se avanzó en la protección radiológica y en la prospección de minerales radiactivos. Se identificaron algunas anomalías radiactivas en territorio boliviano, que corresponden a pequeños reservorios de uranio de baja ley que no son comercialmente explotables.

El uranio en la naturaleza está formado por tres isótopos: el Uranio-238 (el más abundante), el Uranio-235 (éste es el isótopo cuyo núcleo se puede fisionar liberando energía) y el Uranio-234. El más rico yacimiento de uranio identificado en Bolivia es el del cerro Cotaje en Potosí, que se calcula tiene unas 35.000 toneladas de mineral con contenidos del orden del 0,07 al 0,08% de Uranio-235. En Cotaje Coboen llegó a producir dos kilos de yellow cake, que es un concentrado de uranio no enriquecido, con bajísimo contenido de Uranio-235. 

El núcleo del Uranio-235, al absorber un neutrón libre se divide en dos núcleos más ligeros (fisión); la diferencia de masa entre el núcleo original y los productos de la desintegración se libera en forma de energía de acuerdo con la famosa ley descubierta por Albert Einstein: E = mc2

En el proceso se liberan algunos neutrones que a su vez fisionan otros núcleos de Uranio-235. Si este proceso de reacciones en cadena no se controla, el resultado es una bomba atómica. La reacción en cadena puede ser controlada con el uso de elementos químicos capaces de absorber un gran número de neutrones libres y obtener así un reactor nuclear para aprovechar la energía liberada en las fisiones relentizadas.

Al gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS) se le ha metido en la cabeza la idea de instalar una central nuclear de potencia para producir energía eléctrica. Una decisión que ha desatado polémica dentro y fuera del país sobre si es posible y si se justifica.

¿Cuál es el objetivo? El Gobierno habla de convertir al país en el centro energético del continente, lo que supone que gozaríamos de autonomía e independencia energéticas para poder producir y exportar energía.

Pero, en el caso de instalar una central nuclear para producirla: Primero, no tenemos yacimientos importantes de uranio (por lo menos no se han descubierto hasta ahora). Segundo, aunque los tuviéramos, no tenemos capacidad tecnológica ni industrial para producir uranio enriquecido (rico en Uranio-235) como combustible nuclear; la producción y suministro de este combustible para alimentar una central está rígidamente controlada por el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y es monopolio del exclusivo club de países que poseen bombas atómicas. No se puede ni producir ni adquirir libremente combustible nuclear, tampoco comprar e instalar libremente reactores nucleares de potencia.

El costo de instalar una central nuclear está muy por encima del de otras fuentes energéticas como la energía hidráulica, solar o eólica, todas ellas renovables y limpias. 

El costo estimado de un reactor nuclear de potencia está en el orden de los diez mil millones de dólares. En América Latina, solo Argentina, Brasil y México cuentan con centrales nucleares y su contribución al suministro total de electricidad es ínfima. Racionalmente no se justifica, a no ser como una extravagancia peligrosa, si se toman en cuenta los accidentes nucleares de Chernóbil en la ex Unión Soviética, y recientemente en Fukushima, Japón.

El potencial hidroeléctrico en Bolivia es del orden de los 40.000 MW, apenas usamos el 1% de ese potencial. Es pues evidente que lo más sensato sería pensar en desarrollar la energía hidroeléctrica antes que la energía nuclear, esto por una parte. Por otra, la energía solar en nuestro altiplano es abundante. La radiación solar sobre el Altiplano es hasta 1,8 veces más intensa (casi el doble) que a nivel del mar. El desarrollo tecnológico de los paneles solares ya ha alcanzado un nivel económicamente competitivo. Alemania, por ejemplo, ya produce el 50% de su electricidad con energía solar.

¿Por qué entonces no pensar en desarrollar estas fuentes limpias de energía de las que disponemos en abundancia antes que embarcarse en una aventura nuclear descabellada e injustificable por donde se la vea?

En carta enviada al presidente Evo Morales, un grupo de personalidades mundiales entre las que figuran dos premios Nobel y varios físicos, señalan, con toda razón, que “¡la energía nuclear es una elección sin vuelta, y sin salida! Ata para siempre las manos a un país que la emprenda: nadie sabe con precisión los costos para desmantelar una central nuclear, quizás comparables a los de su construcción; nadie ha encontrado una solución para los desechos radiactivos, que constituyen una herencia pesada, cara y peligrosa durante cientos o miles de años”. Por todo esto, instalar una central nuclear en el país es, primero, muy difícil y, segundo, totalmente injustificable.

En todo caso, si de aprovechar la energía nuclear con fines pacíficos se trata, tal vez sería aceptable el pensar en un reactor de potencia cero para investigación y producción de elementos radiactivos y radiofármacos para uso en la medicina o en la agricultura, con la aplicación de técnicas isotópicas para la investigación sobre la fertilidad de suelos, optimización del uso de nutrientes y de agua, etcétera; también hay aplicaciones en minería.

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