Animal Político

Lo del idioma es para construir democracia

Para ser Defensor del Pueblo o Fiscal tienes que tener un título de abogado, sensibilidad social; allí no importa tanto el idioma. La importancia del idioma tiene otro sentido: el sentido de crear una democracia a la boliviana.

La Razón (Edición Impresa) / Diego Ayo Saucedo

00:01 / 09 de mayo de 2016

Primero, hay que ubicarnos filosófica y teóricamente en el tipo de democracia que querramos construir. Básicamente hay tres tipos de democracia, tipos ideales, puros: el primero es la democracia de mayoría, que es la que ha predominado en este país durante casi dos siglos; una democracia que fundamentalmente tiene un contenido monoétnico.

La homogenización que hemos contemplado en 1952 para adelante solo es el desemboque natural de un Estado republicano justamente monoétnico y de democracia mayoritaria. En ese caso, el requisito central para ser funcionario público era aprender español; entonces, el idioma sí ha tenido una validez fundamental durante casi 200 años.

En el otro extremo está la democracia consociativa; ahí hay cuotas étnicas, es lo que hay en muchos países africanos, y había en Holanda y Suiza; es decir, tienes compartimentos estancos; y hay, por ejemplo, en Bélgica, donde mitad del ejécito es flamenca y mitad, valona. Es con cuotas fijas, realmente obligatorias. Nosotros hemos incluido elementos de democracia consociativa, en la Constitución y en la práctica, con las cuotas étnicas para los pueblos indígenas de minoría, que si fuese por el número no tendrían nunca representación en la Asamblea, pero en el marco de una democracia consociativa, tienen siempre representación, al margen de su número. El consociativismo es genial en casos como éste, pero no como sistema generalizado.

Esos son los dos extremos. En el medio está la democracia intercultural o integrativa, que realmente es interesante porque no te lo pone como obligación sino como un incentivo, que genera cierta empatía con los idiomas originarios y con otra cultura; y hay ámbitos en que puedes aplicar esto con toda normalidad.

Por ejemplo, los medios de comunicación: si tú pones el 20% de tus contenidos en idioma originario, te rebajamos un 5% de impuestos; incentivos absolutamente positivos que te orienten a actuar de tal manera. Otro caso son los colegios: si usted, colegio Alemán, Franco, Saint Andrews o Calvert enseñan de manera sistemática el aymara, nosotros les rebajamos impuestos o les damos subsidios o becas. Y el tercer ámbito claramente es el sector público, el servicio civil; cuando al seleccionar aspirantes a un cargo se dice “20% experiencia de trabajo, 40%, título, y un 20-25%, idiomas”. Tal vez a uno no le da la gana de aprender aymara, y dice “tengo experiencia, doctorado, etcétera”; pero ahí tal vez venga otro, que tenga mi mismo currículo y sepa aymara; pero claro, aquí es un incentivo. ¿Con eso qué logras? Por eso se llama democracia intercultural, logras que los q’aras, por ejemplo, respetemos, generemos empatía con esos idiomas; son incentivos absolutamente positivos; yo ya me he abierto a aprender aymara porque sé que son 15-20 puntos de la calificación para trabajar.

Que no pase lo que ha pasado con la Reforma Educativa, que al final ha terminado enseñando aymara a aymaras, una discriminación institucional: “acepto el aymara, pero allá lejos”, cuando la idea es conquistar al otro, al criollo, al mestizo, acercarlo, y la forma de hacerlo es con estos incentivos. Por esto necesitamos gestores públicos que digan que los que aprendan idiomas originarios tienen este tipo de beneficios de gestión pública, beneficios de impuestos, etcétera; en ese caso, es absolutamente pertinente y necesario, y además generas un orgullo. Ahora, en un país donde dos de cada cinco se definen como indígenas, no tiene sentido que sea obligatorio (el saber hablar un idioma nativo), tiene que ser un incentivo. No es simplemente decir “quien no sepa aymara queda fuera”, termina siendo un rasero político para eliminar a quien quieres eliminar y una hipocresía monumental.

Hay que plantearse esto como un proyecto de construcción de un nuevo Estado con una nueva democracia, una democracia realmente intercultural, y planearlo de aquí a 10, 20 años. Hay que generar la plataforma institucional para que los medios tengan ese incentivo, para que la gente que pague por esto tenga esos incentivos; para que las escuelas que enseñan idioma aymara tengan estos beneficios; para que el servicio civil y las convocatorias prioricen este incentivo, pero hay que construir todo un armazón institucional; no es cuestión de decir la Constitución dice tal y por lo tanto los que no hablan quedan fuera; eso es una estupidez. Hemos construido toda una estructura antiindígena, profundamente occidental, mestiza criolla, y de un día al otro, con un requisito, quieren modificar todo eso, es absolutamente estúpido.

Para ser Defensor del Pueblo posiblemente no sirva para nada el aymara, pero esta (lo del idioma) es una cuestión de identidad, de generación de valores, de generación de orgullo nacional, de revalorización de la otredad. Hay que generar un proceso de revalorización, eso realmente es descolonizar; no tiene incidencia técnica específica, no por ser aymara vas a ser mejor; tiene otro sentido, el de generar una democracia a nuestra altura, una democracia singular, a la boliviana, con nuestros valores, nuestra idiosincrasia, recreándola.

Realmente hay que reconvertir el modelo: para ser defensor, fiscal, tienes que tener un título de abogado, sensibilidad social; allí no importa tanto el idioma. La importancia del idioma tiene otro sentido: el sentido de crear una democracia a la boliviana. Tiene que ver con la revalorización de nuestra identidad, de nuestra cultura y justamente con la construcción de una democracia intercultural, y en algún caso tiene que ver con una cuestión de discriminación positiva clarísima: no puede ser que en el municipio de Gutiérrez en Santa Cruz, por ejemplo, donde el 90% son guaranís, se hagan todos sus trámites en español, eso no tiene sentido.

(*) El presente texto tiene como base  una entrevista con el autor.

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