Animal Político

Entre la indiferencia y una artificiosa polarización

El resultado de los referéndums dependerá de la capacidad del MAS y de las oposiciones políticas y mediáticas para movilizar a sus electorados más fieles, y no tanto por razones sustantivas, sino activando adhesiones y rechazos afectivos.

La Razón (Edición Impresa) / Armando Ortuño Yáñez

00:01 / 13 de septiembre de 2015

A todas luces, los referéndums autonómicos que se realizarán en una semana en cinco departamentos no están logrando movilizar, conmover o llamar la atención de las grandes mayorías. Se trata de una elección anticlimática, es decir, de una en la que la principal motivación de muchos para asistir será la de no enfrentar las molestias que implica la abstención más que la adhesión entusiasta a una visión de desarrollo regional o la voluntad de oponerse a un estatuto porque existen otras alternativas mejores y bien definidas.

Algunos dirán que este balance es demasiado pesimista, pero las evidencias son muy visibles, desde encuestas que indican que más de dos tercios de los habitantes urbanos no conoce sus contenidos hasta una campaña en la que el argumento más convincente a favor de algún estatuto es que “es mejor que nada”, o en la que los rechazos están asociados a un rosario inconexo de lugares comunes sobre el centralismo del gobierno o la obvia incapacidad de esos instrumentos para resolver problemas, como el fiscal, que tienen que ver con otros ámbitos de decisión. Es decir, el debate sobre los contenidos e implicaciones de los estatutos es precario e indescifrable para una parte importante de la opinión pública.

En descargo de sus promotores, hay que decir que la tarea de motivar la participación en este tipo de referéndums es a priori difícil, no solo porque la definición de estructuras de gobierno, de sistemas electorales o de macroorientaciones para el desarrollo regional no son naturalmente excitantes para el ciudadano de a pie, sino, sobre todo, por la ausencia en los textos de algunos temas o cambios emblemáticos en torno a los cuales se pueda fomentar intensos debates y polémicas que obliguen a tomas de posición políticamente sustantivas. Esto quizás se debe a que el gran salto autonómico, o al menos el más comprensible para la mayoría de la población, ya se ha dado hace varios años con la elección directa de gobernadores y de una asamblea regional y la puesta en funcionamiento de gobiernos autónomos, lo cual hace que el estatuto aparezca como un requisito formal necesario para consolidar el proceso, pero accesorio, repetitivo y sin grandes innovaciones o nuevas definiciones.

Tampoco ayuda que el alcance de las autonomías departamentales en aspectos concretos de provisión de servicios públicos sea estructuralmente muy limitado y poco visible, sobre todo en las zonas urbanas. La hegemonía política del MAS en las cinco regiones donde se votará es otro elemento que desperfila a las autoridades y entidades autónomas, pues hace que no se las diferencie demasiado del activismo del Gobierno central. A esto se agrega que históricamente las identidades y luchas regionales en estos cinco departamentos han sido débiles, al contrario de lo que sucede en Santa Cruz o Tarija. Hay pues muchos elementos que dificultan un vibrante acompañamiento social a estos procesos.

En esto, los bolivianos tampoco son unos marcianos, la experiencia plebiscitaria que ha acompañado al desarrollo autonómico en España ha tenido parecidos vaivenes en su relación con el interés ciudadano: por ejemplo, la participación en los referéndums sobre la cuestión estatutaria de Andalucía fue de 64% en su primer ejercicio en 1980, de 53,5% en su aprobación en 1981 y de 36,3% en la validación de su reforma en 2007.

La baja participación en estos actos de consulta directa no los descalifica, siguen siendo un gran avance de la democracia, pero nos ilustran igualmente sobre los límites de ciertas idealizaciones que suponen que todos los ciudadanos tienen el tiempo, los recursos y el deseo de involucrarse en las cuestiones públicas en cualquier momento y en todos los temas. Un alto involucramiento de la sociedad dependerá de un rol inteligente de las élites políticas, que no solo deben “socializar” e “informar” ex post sus decisiones, sino encarar una labor cotidiana de escucha, persuasión y politización. E incluso así es posible que no logren interesar a muchos, y eso es también parte de la democracia.

En un escenario de indiferencia, pero con voto obligatorio, es posible que los resultados de los referéndums dependan de tres lógicas de comportamiento. En primer lugar, siempre habrá un reducido segmento de electores que evaluarán la sustancia de los estatutos y tendrán la capacidad para tomar una decisión a partir de criterios objetivos. Una tarea, como se ha dicho, no tan fácil, considerando los contextos y la aridez formal de estos documentos.

Una segunda lógica, quizás la más fuerte cuando hay elementos insuficientes para una decisión informada, tiene que ver con una elección que no tendrá mucho que ver con la sustancia de los estatutos, sino con su vinculación con identidades políticas preexistentes o con malestares o aprobaciones coyunturales. Se trata de recrear una polarización, en este caso, un poco artificial. Por tanto, algunos votarán a favor de los estatutos porque el MAS los promueve y otros tantos dirán “no” por la misma razón. La experiencia indica que el votante urbano opositor de clase media se moviliza de manera más intensa que los segmentos rurales o populares pro-masistas en este tipo de comicios, la elección judicial fue un buen ejemplo de este comportamiento. En suma, el voto “consigna” opositor puede alcanzar casi un 40% en La Paz o Chuquisaca, y un tercio en Oruro, Potosí y Cochabamba, mientras que el “voto duro” masista suele llegar a un 40-45% en esos departamentos. Es decir, los resultados podrían ser muy justos si prevalece esta lógica.

Hay también un tercio o más de los potenciales electores que dado su desconocimiento sobre la cuestión podrían responder con un “no tengo la menor idea”, lo cual es un comportamiento bastante normal y racional. Como hay obligación de asistir a las urnas, esto augura un alto porcentaje de votos blancos o nulos.

En síntesis, el resultado de los referéndums dependerá de la capacidad del MAS y de las oposiciones políticas y mediáticas para movilizar a sus electorados más fieles, y no tanto por razones sustantivas, sino activando adhesiones y rechazos afectivos; dependerá también del grado de perturbación de este escenario polarizado que podría provenir de un extendido voto blanco entre los cada vez más numerosos electores independientes o con identidades políticas laxas. Por supuesto, no faltará algún político listo que por oportunismo decida hacer campaña en favor del “blanco” para atribuirse artificialmente el liderazgo de esta “no decisión”. Extraña actitud en un político profesional, del cual se esperaría, al menos, que lea los estatutos y oriente el voto, y no que se adhiera a la confusión colectiva. En todo caso, las interpretaciones antojadizas e imaginativas sobre el “sentido” y “mensaje” de los votos blancos y nulos serán seguramente el plato fuerte de las conjeturas que políticos y analistas intentarán posicionar en la semana posterior al referéndum. Pintoresca pirotecnia verbal que, casi con seguridad, no tendrá mayor impacto político en el mediano plazo.

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