Animal Político

Cuando los indígenas comprendan su fuerza…

El primer genocidio de la Colonia fue por medio del lenguaje, reduciendo a todas las naciones indígenas a una sola: la india. Luego se siguieron sucediendo matanzas culturales y efectivas hasta llegar al punto en que se reconstruye hoy el país desde el indio en el    Estado.

La Razón / Idón Chivi Vargas

00:01 / 28 de julio de 2013

Este 2 de agosto, no es cualquiera, es uno de esos días que tienen la virtud de parir preguntas y, al hacerlo, resolver dudas. Quipnayrauñtasissarnaqapxañani. ¿Qué es el indio? ¿Problema, cuestión, katarista, indianista, masista? Son variopintas preguntas que saltan a la luz del verbo, y el verbo genera problemas políticos. En las respuestas, lo único real es que lo“indio” ha sido construido semióticamente, diseñado por una semántica del desprecio que reproduce el orden colonial.

El indio ha sido creado políticamente para invisibilizar el éxito civilizatorio y justificar la barbarie colonial. La historia olvida que en el incario se desarrollaron éxitos sociales y tecnológicos que aún se investigan, y que los españoles son un recuerdo indignante en la Alhambra y las cruzadas.

El siglo XVI es testigo del genocidio. Sabios, amautas, ingenieros y arquitectos y quipucamayocs, sacerdotes y poetas que recitaban las hazañas del inca, mujeres con poder político y prestigio histórico, Qoyas y reinas locales, fueron convertidos en “indios”.

El primer genocidio fue en el lenguaje; todos fueron reducidos a “indio” y en su versión feminizada a “india”. El par indio-india homogenizó el desprecio, una sola palabra bastaba para designar al “inferior”.

La historia del orden colonial no denuncia esto, lo encubre con una patraña falseada que pasa rápidamente en los textos escolares, se habla de Colón y se olvida el paraíso del primer día, se habla de Pizarro y tenemos que agradecerle…

No sólo eso, la historia republicana se encargó de evitar que el indio fuera “citoyen”. Por ello, la Constitución de 1826 señalaba que para ser ciudadano se requiere (artículo 3): “1. Ser boliviano; 2. Ser casado, o mayor de 21 años; 3. Saber leer y escribir; 4. Tener algún empleo o industria; o profesar alguna ciencia o arte, sin sujeción a otro en clase de sirviente doméstico”. Así, ningún indio podía ser citoyen. Se escabullía la igualdad, la fraternidad y la libertad revolucionarias. Aquello diseñado para la libertad funcionaba al revés por nuestras tierras.

Además, el indio, en la República, desde Belzu, demostró ser gravitante en las conspiraciones políticas por su número. Los willcas del siglo XIX son los testigos fieles de cómo se recorren caminos de acción política, la herencia de Tupaj Katari y Bartolina Sisa pueden rastrearse incluso en la exigencia de vestir bayeta, tal como en su tiempo lo ordenó el Katari de 1871 a los españoles y criollos y Zárate Willca junto a Juan Lero en 1899.

Zarate Willca es ejemplo de autonomía política. Más aún, el “temible Willca” no sólo había desarrollado una red en el altiplano y valles, sino que había llegado hasta Apiaguaiki Tumpa; eran tiempos de la segunda insurgencia india de mayor efecto histórico.

Entonces, aunque la Guerra Federal fue para federalizar el país, acabó manteniendo el unitarismo. ¿La razón? El miedo a la capacidad organizativa de los indios. Efectivamente, así está inscrito en la memoria de la Asamblea Convencional de 1899.

En la sesión del 12 de diciembre de 1899, el Sainz P. dijo: “Desgraciadas de las razas el día que los indígenas lleguen a comprender su fuerza, este es otro problema como puso en peligro la vida nacional como ha habido un momento en que el jefe de las fuerzas revolucionarias trató de unirse con las de Alonzo, y les decía dominemos esa raza, el día que llegue á armarse ha de ser terrible (...) Es preciso pues prepararla educarla por consiguiente en esa raza no hay para que consultar mayorías ni minorías (sic)” (Actas, 1900:659).

Ésta es la confesión de un tiempo que pervive en la memoria genética de quienes se creen superiores por el color de piel, por el apellido, la billetera o el partido culturalmente blanco. Estos caballeros llegaron a plantear la creación de un “ministerio de mejoramiento de la raza”. El diputado Abdón Saavedra (hermano de Bautista Saavedra) presentó un proyecto de ley en ese sentido, ¿Qué habrá pensado el diputado blanqueador?

Por su lado, el penalista José Medrano señalaba que los indios estaban destinados para las colonias penales agrícolas por ser indios; según Medrano, eran “sujetos en estado peligroso”, por lo tanto, “a la colonia agrícola”, idea que fue recogida con entusiasmo por las élites de toda América Latina.

Ésa es la historia del constitucionalismo, del civilismo y penalismo. Están plagados de ideas en las que el indio es “niño”, “menor de capacidad”, “menor de democracia”, “menor de civilización”; son estructuras que constituyen la máscara liberal del colonialismo.

Contra ello, Santos Marka T’ola, Leandro Nina, el Congreso Indigenal de 1945, las masacres de Jesús de Machaca, la innumerable serie de levantamientos de la “raza indígena” antes de 1952, nos animan a señalar que la revolución de 1952 fue producto de una revolución previa: de los indios…

El mito de la revolución obrera y minera del 52 es una maniobra que olvida lo que antecede, aquello que da sentido político a un “momento constitutivo”. Este olvido es resultado de una estrategia indigenista que hoy también existe, sólo que tiene otras grafías y otros contornos cotidianos.

Post 52 se vino el tiempo obrero, y los mineros los pone el indio. Del campo a la mina, y de la mina a la ciudad… era la ruta con la cual el autodesprecio se daba un valor ficticio de blanqueamiento cultural. La historia del indio quedó atrapada en el campesino. Noviembre de 1979 será el tiempo en el que el campesino se redescubre como conciencia histórica de revolución india, como memoria de acción política insurgente…

Luego, el indio será la conciencia política convertida en movilización de masas. Desde ahí se enfrentará la reconquista de la democracia, el golpe garciamecista, la Unidad Democrática y Popular (UDP), la Marcha por la Vida, el neoliberalismo, el congreso cobista de 1989, la estrategia guerrillera de 1991, la creación del Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos (IPSP) y luego del Movimiento Al Socialismo (MAS) en 1995 y las elecciones de 1999. En las elecciones de 2002, se ve que votar por un indio era votar por nosotros, eran tiempos donde la guerra del agua y del gas reproducían proféticamente el retorno de Tupaj Katari.

2006 no es sino la consolidación del sujeto histórico que vanguardiza la primera revolución del siglo XXI. Ese sujeto tiene un nombre: indio. Por ello, el “Día del Indio”, que hemos heredado de Germán Busch, tiene una memoria más larga y tiene una proyección de largo aliento que atraviesa todas las agendas políticas.

La Constitución y el paquete de derechos indígenas, la nueva institucionalidad estatal, la normativa legal y administrativa, los órganos del poder público, el Ejército, la Policía, el sistema universitario, la ética del trabajo, la protección de derechos, la gestión pública son responsabilidad nuestra, y nuestra también será la responsabilidad por los fracasos que puedan venir.

La dignidad patria fue recuperada y es un dato que la historia verá con generosidad. Representa al indio en tanto acción política, al indio-Estado, al indio en política exterior, etc. Hoy el indio celebra una victoria ante el desprecio y genocidio. Hoy el indio celebra la resistencia anticolonial. Hoy el indio ha puesto en la mesa su sueño de libertad, con Bolivia como patria y América Latina como Patria Grande. Con plurinación como partida y el Vivir Bien como lugar inevitable para la realización de la dignidad de pueblos. Lo dice un viejo grafiti en la ciudad de Oruro: “Nada pasa en Bolivia sin los indios”.

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