Animal Político

Los indios y las elecciones de octubre

Los temas pendientes de la participación india en las elecciones de 2014 son: la representación indígena acorde con las nacionalidades existentes y, lo segundo, el menoscabo o ensanchamiento de las candidaturas indias en el seno del Movimiento Al Socialismo.

La Razón (Edición Impresa) / Idón Chivi Vargas

00:01 / 04 de mayo de 2014

Nada ocurre en Bolivia sin los indios,  reza un viejo grafiti en la ciudad de Oruro. El artista de ese canto nos indicaba —muy tempranamente— los caminos del indio después de 2001 y no eran los que las elites esperaban, sino todo lo contrario. La larga noche colonial había llegado a su fin. Las “guerras” del agua y del gas cerraban las calles pero abrían las esperanzas y lo hacían con un imaginario colectivo fuerte, con una consigna clara: los indios al poder.

A Gonzalo Sánchez de Lozada le ayudaron a ganar, pero nadie le explico cómo se iba a sostener, y pasó lo que tenía que pasar, se cayó nomás. Era el fin del orden político señorial.

Las elecciones generales de 2002, 2005 y 2009, y la de constituyentes de 2006, sintetizan el momento en que la contabilidad cruel del voto pondrá en evidencia el fracaso del cheque contra cheque, el marketing electoral y el terrorismo cívico prefectural.

Quedó en evidencia, entonces, que el neoliberalismo era el colonialismo en envase económico, el racismo en envase de Ministerio de Asuntos Indígenas, el machismo en envase de Viceministerio de la Mujer.  Era el fin de una democracia de fachada, vergonzante, arrodillada y de economías paralíticas de estupor: el fin del orden colonial en el sistema democrático.

El camino había quedado libre, y los indios habrían de escribir la historia a mano y sin permiso. En once años de democracia y con una trayectoria ascendente del movimiento indio, conviene detenerse un poco para ver el camino andado e indagar en los temas pendientes.

Tras la “guerra del agua” (2001) una consigna se apropió de las paredes, “Votar por Evo es votar por nosotros mismos” y la consigna mostró su fortaleza en las ánforas. Goni ganó, pero ganó por pelito y fue presidente con un 0,8% de diferencia frente al Movimiento Al Socialismo (MAS).

El MAS tenía ponchos, aguayos, ojotas, arcos y flechas en su representación legislativa. La vieja foto de traje y corbata tenía que acostumbrarse a los indios mascando coca, como recordando a la clase política neoliberal hacia dónde se enrumbaba el país.

La huida de Goni (2003), la renuncia de Carlos Mesa (2004) y la convocatoria a elecciones de Eduardo Rodríguez Veltzé (2005) fueron tres momentos de un parto, nacía el Estado Plurinacional de manos indias.

Las elecciones de 2005 mostraron la potencia de la descolonización, la identidad como potencia electoral y organizativa. “Votar por Evo” reveló un país que salía de su hipnosis señorial. Sin embargo, la escalada racista que luego se desencadenó en 2007 (en enero en Cochabamba y  entre junio y noviembre en Sucre); en Santa Cruz, Pando, Beni, Sucre y Tarija y la masacre de Porvenir en 2008; y el separatismo terrorista dirigido por Rózsa en 2009, hicieron ver que la democracia neoliberal era una fachada anodina, que provenía de una pesada herencia colonial y que toda república no hizo más que actualizar las formas, sin perder el núcleo epistemológico racista (la invariante en el conjunto de variables).

Con toda esta carga de hechos racistas y que jugaron contra quienes las propugnaron, las elecciones de 2009 dan al indio Evo 64%, superando en 10% la votación de 2005. El voto fue antirracista, por tanto, un voto por la descolonización de la democracia, igual que en 2002, 2005 y 2006; de eso no cabe la menor duda.

Estamos en 2014, año de elecciones. El Instituto Nacional de Estadística (INE) ha medido a los indios y encontró que son nada más que el 31% en relación al Censo 2001, que daba como resultado 63%. ¿Dónde se fueron 32% de indios?

Se habló de un genocidio estadístico, que hubo manipulación en el INE, que la clase media había crecido en esa misma dimensión o, finalmente, que los indicadores del censo no correspondían a las recomendaciones de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina), según las cuales la lengua no está por encima de la autoidentificación y que más bien ésta es la variable principal para evitar la desaparición de culturas en los censos en América Latina.

Sea cual fuere la razón, lo cierto es que los indios pasamos de mayoría a minoría estadística, y eso no es poco; de hecho es una cuestión que los marketineros tienen que estudiar en sus producciones de sentido, para imaginarios no siempre complacientes con la publicidad estereotipada. Desde otro ángulo (el cualitativo), las organizaciones indígenas tienen su horizonte electoral casado históricamente con el MAS.

Estos sectores están organizados en diversas “estructuras representativas”: los ‘campesinos’ en torno a la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB); los ‘indígenas’ de tierras bajas en la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (Cidob); los ‘interculturales’ en la Confederación de Comunidades Interculturales de Bolivia (CCIB), las mujeres indígenas originarias campesinas —en un apresto de despatriarcalización— en la Confederación de Mujeres Indígenas Originarias Campesinas de Bolivia “Bartolina Sisa” (CMIOCB-BS) y los originarios de tierras altas en el Consejo Nacional de Ayllus y Markas del Qullasuyu (Conamaq).

Cada organización representa un universo social, una experiencia histórica, una propia visión de futuro. Cada organización tiene en la memoria sus propias derrotas, sus victorias, sus muertos..., su pasado y su idea general de futuro.

Esta y no otra cosa es la clave de la victoria del movimiento indio, por ello, la Conalcam (Coordinadora Nacional para el Cambio) y las Codelcam (Coordinadora Departamental para el Cambio) juegan el papel de avanzada política electoral.

Los temas pendientes son dos: el primero tiene que ver con la representación indígena acorde con las nacionalidades existentes y el segundo, con el menoscabo o el ensanchamiento de las candidaturas indias en el seno del MAS.

Y es que el MAS constituye el lugar donde se concentran las eventuales victorias de candidatos indígenas (es decir, candidatos que provienen de las provincias y de las organizaciones sociales).

La primera cuestión no es —para mis convicciones— tema de debate, sino de aquellos que ven en 36 nacionalidades una opción que, usada de modo oportunista, pueda generarle al MAS una fractura geológica en los dos tercios. Están soñando…

La segunda cuestión está zanjada: el modelo de preselección de candidatos (en barrios, organizaciones sociales, pueblos indígenas) va a dar como resultado un incremento de candidatos provenientes del país indio. El formato de elección de candidatos en 2002, 2005, 2006 y 2009 ha dado los resultados que tenían que dar, mayoría indígena y popular.

La calidad de la democracia no se mide solo por los viejos trapiches liberales, sino —y en tiempos de descolonización— por los nuevos paradigmas emergentes de la experiencia colectiva de los pueblos indígenas. Los “cupos legislativos”, por donde se los vea, constituyen discriminación y no descolonización…

La derecha, haga lo que haga, no tendrá lo que el MAS tiene: predisposición de la masa para un sentido histórico del país. Esa predisposición se llama “indianizar el Estado”. Por supuesto, eso pasa por los candidatos indios y el voto indio. Hacer otra cosa, se llamaría impostura.

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