Animal Político

Bajo el influjo del nacionalismo revolucionario: el espectro del ‘padre’

A 60 años de la Revolución del 9 de abril

La Razón / Ricardo Aguilar Agramont / La Paz

00:04 / 08 de abril de 2012

El psicoanálisis plantea el asesinato simbólico del padre (quien representa la ley y las convenciones sociales ancladas en el consciente) como el medio para crecer y cimentar una identidad propia a partir de los deseos individuales. De algún modo, la ideología del nacionalismo revolucionario ha sido como ese “padre” de la política tradicional de los últimos 60 años (excluyendo de esta filiación, por supuesto, a los grupos de izquierda, como el Partido Obrero Revolucionario (POR), el Partido Comunista de Bolivia (PCB), el Ejército de Liberación Nacional (ELN), etc.) hasta antes del ascenso de los postulados del proceso de cambio que fueron inteligentemente recogidos por el Movimiento Al Socialismo (MAS) a partir de la agenda de octubre de 2003.

Quienes hacían política tenían que “asesinar al padre” para construir una identidad ideológica propia o, en su defecto, plantear que la Revolución Nacional había sufrido una desviación y debía ser reencauzada (que, en tiempos previos a Unidad Democrática y Popular (UDP), es el caso concreto del Movimiento Nacionalista Revolucionario de Izquierda (MNR-I), MNR-Vanguardia o el nacionalismo militar de las dictaduras; o de Acción Democrática Nacionalista (ADN) y Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR), cuando el mismo MNR daba a luz al neoliberalismo mucho después). ¿Quién habría imaginado nunca que ese padre simbólico de las ideologías nacionalistas de todas las gamas que van del centro izquierda a la derecha no sería asesinado, sino que moriría por su propia mano inducido por la política mundial?

No obstante, una vez muerto en el periodo que fue llamado de la “democracia pactada”, el fantasma del Estado-nación no dejó de ser una presencia-ausencia para los movimientistas afines y opositores a Gonzalo Sánchez de Lozada y los partidos que surgieron en los 80, ADN, MIR, Unidad Cívica y Solidaridad (UCS), Nueva Fuerza Republicana (NFR), Conciencia de Patria (Condepa) y Movimiento Bolivia Libre (MBL), todos asolados por el espectro de ese “padre” y, en distintos momentos, cargando la culpa de no haber hecho nada para detener la inmolación de la Revolución Nacional y la estocada final que le dio la llamada capitalización.

“Los de mi generación somos posteriores al 52 y no tenemos una idea exacta de cómo era la sociedad antes de las transformaciones de la revolución. Sin embargo, somos criaturas del nacionalismo revolucionario, hemos sido formados en él desde el colegio, con  la historia y geografía nacionalista. En fin, todas las disciplinas fueron reordenadas en función a su paradigma”, afirma el exsenador de Poder Democrático y Social (Podemos) y exmilitante del Partido socialista 1 (PS-1) Carlos Böhrt.

En efecto, ese pensamiento político copó todas instancias académicas (deliberadamente) e incluso las artísticas (espontáneamente). Aunque en su libro Literatura contemporánea y grotesco social en Bolivia, el teórico Javier Sanjinés parecería sugerir que el estatismo del MNR controló que la producción literaria tuviese temáticas sobre el Estado-nación o el mestizaje, posibilidad que suena un tanto paranoica.

De acuerdo con Böhrt, su generación fue actora (“aunque no políticamente”) durante la desarticulación del lugar del poder de la ideología  nacionalista revolucionaria. “Asumir sus errores significó para nosotros un desgarramiento interno; por ejemplo, por sus falencias y fallas nos pusimos al frente de un proyecto del todo distinto, asumiendo, en mi caso, posiciones socialistas y muchos años después pragmáticas (éstas últimas gracias a las condiciones muy duras que imperaron en el contexto mundial en los 80)”, dice.

El ministro de Gobierno, Carlos Romero, rescata y se adscribe a uno de los más importantes teóricos de la Revolución Nacional, René Zabaleta Mercado: “En lo personal, yo me declaro zabaletiano porque creo que la caracterización que hace del abigarramiento de la formación social boliviana es una condición social permanente y es un pilar alrededor del cual se han sustentado un conjunto de propuestas entre las que también está el proceso de cambio”, admite.

Otros políticos se relacionaron con ésta ideología por oposición (que podría coincidir con el “asesinato simbólico del padre” más radical) como es el caso del exconstituyente por Unidad Nacional (UN) Jorge Lazarte.

“A grosso modo, la ideología de la revolución del 52 terminó fracturándose y dividiendo a quienes pertenecían a esa corriente (que no eran sólo los militantes del MNR). Entonces, nosotros, en los años de la universidad, optamos por hacer que se apresure su fractura luchando por una revolución de izquierda contra el nacionalismo, adoptando la corriente totalmente opuesta del internacionalismo socialista (relacionado al movimiento de Cuba o de Mayo del 68 en Francia, por ejemplo)”.

Luego, ya en el exilio, cuenta el exconstituyente, se vio que la democracia capitalista plural (opuesta a la democracia popular del nacionalismo) resguardaba mejor las garantías personales y “se decidió romper con el internacionalismo”.

Esta evolución ideológica (afectada por la Revolución Nacional) tiene un recorrido muy parecido al que describía Böhrt y al que caracterizaba como desgarrador. Perteneciente a una generación posterior, Fabián Yaksic, diputado del Movimiento Sin Miedo (MSM), también considera que la concepción  ideológica del nacionalismo revolucionario ha impregnado varios gobiernos y a políticos desde el 52 para adelante, ya sea para que estos asuman la postura de reivindicarlo o del reencauzamiento de una desviación.

“Hay entronques históricos con este marco ideológico para tratar de recuperar las banderas de abril del 52. Sin duda, lo más importante que aún queda de él son el voto universal, aunque también dejó de herencia grandes frustraciones que terminaron por empobrecer al país. Sin embargo, hay que rescatar lo mejor de esa corriente, asumiéndola críticamente”, dice.

De hecho, Jaime Paz Zamora cuenta que él propuso a su partido, en los inicios de la democracia, la idea del reencauzamiento de la Revolución Nacional, en tiempos del final de las dictaduras, para vincularla a la urgente instauración de la democracia. “Me tocó plantear en el partido (MIR) la figura del entronque histórico. Cuando estábamos en la lucha con los militares, que son precisamente lo más negativo que quedó de la Revolución Nacional, dije que había que entroncar la lucha por la democracia con los ideales de la lucha del 52. Es decir, que así como la revolución de abril se enlazó a la Guerra del Chaco, la democracia debía vincularse al 52, y ahora (Evo) Morales no puede no hacer lo mismo con ella”, razona el expresidente como contradiciendo la idea del “asesinato simbólico al padre” (que en realidad postula una ruptura) y sosteniendo las continuidades históricas.

Otro político mucho más alejado generacionalmente es Samuel Doria Medina, quien reflexiona: “No podemos negar, como algunos quieren hacer, la Revolución Nacional. Fue ahí cuando se incluyó a los indígenas y campesinos del país, los cuales ahora participan políticamente. A simple vista, queda pendiente su proceso de inclusión económica, esto último no lo han hecho ni el MNR ni el MAS”.

Finalizando y retornando a las metáforas del psicoanálisis, asesinato simbólico del padre (en referencia a lo que hiciera efectivamente Edipo) o asesinar al homicida del padre (como en el caso Hamlet) puede muy seguramente ser un principio de individuación, aunque el espectro del padre siempre retorna de una u otra manera en forma de “asedios” (como dijera en un artículo Óscar Vega), ¿qué asedios podrá tener Sánchez de Lozada , además de los de carácter legal, después del parricidio cometido?

De la democracia popular nacionalista a una plural

A partir de 1982 vuelve la democracia al país; en octubre cumplirá 30 años de continuidad tras las múltiples veces en que fue nombrada como el pretexto para establecer regímenes totalitarios que respondieron a una facción de la   ideología que surgió con    el Estado nacional: el nacionalismo militarista.

Previamente, con el MNR al poder, rigió una democracia muy distinta de la actual: la democracia popular o del pueblo (caracterizada por la participación y acción de las masas en las calles), la que incorporó como sujetos políticos a  analfabetos y mujeres con el voto universal. La UDP, en 1982, fue el último refugio de este tipo de democracia. Su fracaso final dio paso    a la que se vive hoy.

Según el político Jorge Lazarte, muchos de los que se fueron al exilio durante el nacionalismo militar vieron de cerca las falencias de la democracia socialista y la capitalista en el extranjero. Ya de vuelta al país quisieron implementar esta última y fue la que finalmente prevaleció. “Sin embargo, la democracia popular fue una idea pertinente para su momento porque representó un avance frente al liberalismo. Siempre es mejor una democracia de mayorías que una de minorías”, dice Lazarte.

Para instaurarse, el sistema democrático también tuvo que (para seguir con la jerga del psicoanálisis) reprimir el deseo ya extemporáneo del Estado-nación y, con una nueva generación de  políticos, cimentar lo que hoy vivimos bajo el nombre de democracia plural basada en los derechos personales.

En los 80, el país en que el nacionalismo revolucionario y la democracia popular prosperaron (para revertir el Estado de la Bolivia del pre 52) ya no existía más. Bolivia y el mundo habían cambiado.

Sin embargo, con los ideales del 9 de abril, en especial el voto universal, hay una continuidad marcada para que haya sido posible el sistema democrático como un sistema plural de respeto de las garantías y derechos personales (el cual tuvo, por supuesto, malos y buenos momentos).

‘El líder del Estado del 52 destruyó su creación’: Carlos Böhrt, exsenador de Podemos

Los que nacimos en los 50 nos tocó ser protagonistas, posteriormente, del periodo de declive del Estado del 52, ya en la etapa de la democracia moderna de los 80  y la UDP. La emergencia de ese tiempo fueron las dictaduras que trataron de sostener ese Estado. Fue el neoliberalismo que lo sepultó con su líder, Paz Estenssoro, que lo destruyó.

‘La UDP fue la muerte del Estado del 52’: Jorge Lazarte, exconstituyente de UN

La UDP fue el último aliento de  lo que quedaba de la Revolución Nacional, gracias a su fracaso estrepitoso. Todo el nacionalismo pensado en esos términos se vino abajo; el 21060 sólo le echó tierra. Entonces, como no podíamos trabajar sobre una idea tan peligrosa como del nacionalismo, nos esforzamos en implementar una idea traída de afuera: la democracia capitalista.

‘Fui formado en el nacionalismo de abril’: Carlos Mesa, expresidente de la República

Yo he sido formado en la ideología del nacionalismo revolucionario, aunque nunca he militado en ningún partido político ni antes ni después de mi presidencia. Pero me inscribí rápidamente en los 70 en el pensamiento de la izquierda nacional. Mis dos grandes influencias fueron la democracia, en un sentido liberal, y el nacionalismo entendido como en los 50.

‘Influyó a las izquierdas de donde provenimos’: Fabián Yaksic, diputado del MSM

Todos hemos tenido, desde la izquierda de donde venimos, una influencia del nacionalismo revolucionario, aunque el Estado Nacional que ha devenido en un fracaso, pues no sentó las bases para el de-sarrollo. Sin duda, es una bandera democrática que ha inspirado a muchas de las izquierdas; es una  de nuestras fuentes, aunque definitivamente debe ser superada.

‘Fue uno de los tres grandes momentos’: Jaime Paz Zamora, exmandatario de la República

Creo que el nacionalismo revolucionario, con abril del 52, fue uno de los tres grandes momentos de la historia política de Bolivia. El primero fue la Guerra del Chaco, luego la revolución de abril y la democracia. Pudo haber sido la gran oportunidad para instaurar una democracia moderna, pero desgraciadamente se perdió al implementar una democracia unipartidista.

‘La revolución del 52 explica el presente’: Samuel Doria Medina, jefe de UN

La Revolución Nacional ha tenido el efecto de integrar el país. Es un antecedente sin el que no se puede explicar lo que está sucediendo actualmente. Hay quienes cometen el pecado de Adán de creer que son los primeros de la historia. Si bien pertenezco soy de otra generación, mi partido (MIR) en el 80 habló de “entroncarse” a ese proceso.

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