Animal Político

De la insurgencia a la impostura

La herencia de la Revolución del 52

La Razón / Óscar Sandóval morón

00:00 / 01 de abril de 2012

El 9 de abril se cumplen 60 años de la  Revolución Nacional, heroica gesta  llevada a cabo por bolivianos excluidos que sembraron las bases de la nación boliviana: un proyecto inconcluso que no logró concretar la formación del hombre del país ni pudo estructurar una burguesía nacional que constituyera el anclaje del desarrollo económico. Esta gesta, nacida en las entrañas mismas del pueblo y enarbolando la bandera de la alianza de clases postulada por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), permitió que los bolivianos se encontraran consigo mismos y demostró que el poder podía ser sustentado por los más humildes, por los de abajo, una vez incluidos  en la sociedad a la que pertenecían.

La nación nunca más volvería a ser la del pongueaje y el latifundio, aún cuando la oligarquía, derrotada y anidada en la restauración barrientista, intentó desnaturalizar    la Reforma Agraria y mediatizar      el Voto Universal, pero sin tener la osadía de revertir las grandes transformaciones fundamentales que ya se habían consubstanciado con la esencia del ser boliviano.

El largo ciclo militar inaugurado con la restauración de l964 instauró los privilegios de la oligarquía dominante inscrita en la corriente foránea de la “seguridad nacional”, que tantas vidas y libertades cercenó a los sectores obrero, campesino y de clase media —columna vertebral del nacionalismo revolucionario— hasta ser desplazados del poder por el empuje de las corrientes democráticas de centro-izquierda, proceso alimentado también por huestes nacionalistas y revolucionarias.

En el ciclo democrático de 1982-2003, la presencia y acción del MNR en diferentes etapas y visiones mostró su vigor y fuerza con nuevas conquistas como la Participación Popular, el Bonosol y los seguros médicos para las madres, los niños y los ancianos: nuevamente el sello de la Revolución Nacional mostraba su identidad y vínculo con los sectores más vulnerables de la bolivianidad.

Derrocada la democracia el año 2003, Bolivia se ve paulatinamente sometida a un conglomerado de fuerzas dispersas y amorfas, pero unidas por objetivos comunes que, poco a poco, han ido imponiendo su agenda: instalación de una pseudo-democracia con elecciones repetidas pero ficticias y fraudulentas, consagración de un régimen populista con nítidos rasgos fascistoides que remedan a Hitler, Mussolini y Franco, cuando del culto a la personalidad de su líder se trata.

Este proceso de pseudorevolucionarios no podía llevar a cabo sus ta-reas falsamente “nacionalizadoras” ni su empeño de afianzar un secante andino-centralismo, bajo obvia hegemonía de una sola de las 36 naciones que integran Bolivia, sino inventaba los mitos que todo proceso impostor necesita para presentarse y consolidarse: de allí nace el revestimiento de indígena a un mestizo boliviano como cualquiera de nosotros, para que la coreografía haga lo demás y ponga en escena un Gobierno supuestamente asentado en los pueblos “indígena-originario-campesinos”. Se anunció que éste Gobierno “no tendría muertos” y la nación es regada con la sangre de más de 60 compatriotas. Se proclama la sujeción al Ama sua, Ama llulla y Ama qhella y se construye un régimen caracterizado por  la permanente mentira y el llunkerío más cínico y desvergonzado del que se tenga memoria.

La impostura llega a extremos inauditos cuando sus actores se desenmascaran aplicando la receta fondomonetarista por excelencia: el gasolinazo; cuando se lanzan  a depredar el Territorio Indígena  Parque Nacional Isiboro Sécure  (TIPNIS) esgrimiendo débiles argumentos desarrollistas y renegando de sus insinceras proclamas pachamamistas que ellos mismos inscribieron con gran estridencia en la nueva Constitución Política del Estado (CPE) o cuando asestan golpes mortales a la democracia cooptando al Órgano Judicial y preparando la presidencia indefinida de su líder, contra lo establecido en la propia Carta Magna, al plantear con un subterfugio literal una burla al pueblo que creyó y apoyó una nueva CPE.

Esta actitud retrata de cuerpo entero al gobierno de los impostores, en su profundo desprecio a la democracia —en la que nunca creyeron— y de la que sólo se sirvieron para envilecerla, mediatizarla y luego destruirla. Exactamente igual que con las autonomías.

Dado a este éxito escenográfico sobrevino el concurso y la generalización de los disfraces, hasta que ellos, hoy por hoy, pululan y causan gracia por el empeño verdaderamente perruno de los adláteres que pretenden mostrar compromiso y lealtad a falta de ideología y doctrina.

Fueron estos actores quienes pretendieron borrar la historia anulando la sola mención de la Revolución del 9 de abril de l952 al elaborar la actual CPE. Sí, esa Constitución que nunca fue ni considerada en grande, ni discutida en detalle, sólo aprobada en su índice en la penumbra de un asediado recinto orureño, ya que la descomunal estafa no pudo concretarse en Sucre, una vez que los  pretorianos criollos ensangrentaron a su juventud en La Calancha. Después vino el “dibujo libre” en recintos de la Lotería Nacional y, finalmente, la admisión de que el proceso “constituyente” fue un fracaso, aprobando la CPE en el tan denostado Congreso Nacional, bajo el mecanismo habitual de negociación y engaño mediante “maniobra envolvente” incluida.

Desde el más allá, los autores y actores de la Revolución Nacional deben observar azorados cómo este 60 aniversario de la insurgencia y gesta popular de abril encuentra el país en manos de actores intoxicados de una vana pretensión: borrar de la memoria colectiva de los anales del pueblo boliviano la significación de la gloriosa Revolución Nacional, que integró al campesino y al indio boliviano a la sociedad que les pertenece. Los hombres y mujeres que hicieron posible las grandes transformaciones de la Revolución Nacional no necesitaron disfrazarse de nada, ni millucharse ni cambiar la sacrosanta bandera tricolor de la República de Bolivia.

“Se puede engañar a todos durante un tiempo o engañar a algunos por siempre, pero no se puede engañar a todos, por todo el tiempo”… sabia máxima que está aplicándose en el cerebro y el corazón de los bolivianos. Ha empezado el declive inexorable del proceso de la impostura: en la grupa de la democracia, de la civilidad, del razonamiento y del sentido común volverá a imponerse la revolución verdadera, aquélla que nació en 1952 y fue atrozmente agredida en l964, mediatizada en los años 80 y 90, vilipendiada y estigmatizada por el proceso de odio y confrontación imperante desde 2006. La revolución hoy se prepara para volver a entroncarse  con sus herederos, integrantes de las nuevas generaciones, que con su amor a Bolivia y su entereza, quienes honrarán a los héroes de abril de l952.

Al cumplirse 60 años de aquella gesta heroica, analizamos sus luces y sombras, pero percibimos que la contrarevolución disfrazada, se ha empeñado en negarla y borrarla de la memoria popular, por lo que la tarea pendiente, hoy como hace 60 años, es aplastar esa contrarevolución, ya claramente identificada, nítidamente diferenciada, ridículamente disfrazada...

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