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De islamistas y verdugos

Lo que más preocupa a las autoridades francesas y europeas es el retorno de los combatientes a sus comunidades de origen; adiestrados en el manejo de armas, explosivos y otros instrumentos de sabotaje, éstos podrían dedicarse a tareas terroristas, perfectamente mimetizados entre la población civil.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

00:02 / 30 de noviembre de 2014

La implantación del Estado Islámico (EI), más conocido por Daesh (su nombre en árabe), ha rebalsado el ámbito del Medio Oriente para comprometer directamente a varios países europeos, donde centenas de sus ciudadanos acuden sigilosamente impulsados por la mórbida fascinación de enrolarse en sus filas para combatir al lado de los yadistas en la guerra santa declarada contra los infieles. Según reportes de la inteligencia occidental, están allí bajo bandera 1.700 europeos registrados (5.000 según fuentes americanas), entre ellos 300 a 400 ingleses, 1.132 franceses, 350 belgas, 240 alemanes, 150 holandeses y muchos italianos, daneses, entre otros, unidos a los gruesos contingentes compuestos por sirios, iraquíes, tunecinos y chechenos.

En los últimos días, la difusión de un video golpeó fuertemente a la opinión pública en Europa; allí aparecen con rostro descubierto tres jóvenes franceses, vistiendo túnicas negras y encabezando un siniestro cortejo en fila india, conduciendo a una veintena de infortunados pilotos sirios que tuvieron la desgracia de caer prisioneros del EI. Acto seguido, los galos, actuando de verdugos, extraen de sus faltriqueras, afilados cuchillos con los cuales proceden a decapitar con precisión y sin prisa, uno a uno, a todos los cautivos. Cuando al día siguiente, los centros policiales parisinos alborozados declaran, con marcado profesionalismo, haber identificado a los autores, éstos se presentan nuevamente en escena y esta vez queman con gran desdén sus pasaportes de la Unión Europea, invocando su decisión de proseguir esa cruzada al lado del califa, hasta el final de sus vidas. Ese gesto, indudablemente confirma la decisión de esos mozos de renunciar a su nacionalidad, renegar de sus familias y proclamar su decisión de no volver a su patria de origen.

Los analistas especializados en el Medio Oriente quedan estupefactos, porque un tercio de esos desplantes no son protagonizados por individuos de raigambre árabe, ni por elementos marginales, si no que los implicados llevaban una juventud  normal y corriente,  habitaban barrios de clase media baja, y que, a decir de sus propios parientes y amigos, fueron indoctrinados para convertirse al Islam, concurrir a las mezquitas y ser catequizados por agitadores que los intoxicaron con llamamientos divinos. Los progenitores, que notaron el cambio operado en sus hijos, atribuyen esa transición a un sostenido y prolongado lavado cerebral, vía las redes sociales. Sin embargo, la mayor parte de ellos efectivamente vienen de familias destruidas, transcurso escolar caótico, drogadicción y/o pequeña delincuencia radicada en esos guetos, en las afueras de París, que eufemísticamente se los apoda como “cites” o HLM, iniciales de viviendas de interés social.

De los 376 franceses perfectamente identificados que luchan en Siria, se señala que solo 23% ha sido criado en la cultura musulmana, y el 29% de las 88 mujeres censadas que pululan en las zonas de combate. La misma proporción se encuentra entre los 49 franceses muertos en combate.

Surgen algunas interrogantes: ¿por qué se publicitan justamente rostros occidentales como los principales verdugos? ¿cómo asignar precisamente a los franceses la ingrata misión de cercenar cabezas a cuchillo y no decapitarlas con guillotina como reminiscencia de la histórica tarea en que eran diestros los galos? Unos piensan que de esa manera su compromiso con la causa se hace irreversible y, además, sirve de eficaz propaganda para nuevos reclutamientos. La difusión de esos tenebrosos videos aviva en los jóvenes la sed de aventura y la pasión de jugar en una guerra de verdad, donde no hay límite para las pulsiones más perversas: violaciones, tortura, ejecuciones sumarias. En suma, esos mozalbetes, curiosamente casi todos rondando los 22 años, pasan de los inofensivos juegos del PlayStation, al macabro entretenimiento de matar y morir, solo que las imágenes —esta vez— ya no serán simplemente  virtuales.

Jean Pierre Filiu, profesor de Sciences-Po de París, cree que “se continúa a considerar como un fenómeno religioso algo que es, más bien, un fenómeno político. El Estado Islámico es una secta. Golpea a otros musulmanes. Su discurso totalitario no tiene impacto si no en aquellos que carecen la cultura del Islam”. Los conversos ya enlistados tratan de atraer a otros posibles adeptos susceptibles de seguir sus incitaciones, mediante las redes sociales que exhiben anuncios e invocaciones que aparentemente engatusan a aquella generación que nada tiene que perder de una sociedad que los excluya y los discrimina.

Es entonces que toman sus bagajes y siguen frecuentemente la misma ruta, primero vía Turquía hasta ganar la frontera siria, donde contactos específicos conducen a los iniciados a la línea de frente. El problema que más preocupa a las autoridades francesas y por extensión a otras europeas es el retorno de los combatientes a sus comunidades de origen, puesto que adiestrados en el manejo de armas, de explosivos y de otros instrumentos de sabotaje, éstos podrían dedicarse a tareas terroristas, perfectamente mimetizados entre la población civil.

De inicio, los legisladores en Francia, como en el marco de la Unión Europea, consideran ciertas medidas de excepción que restrinjan, en cierto modo, las libertades individuales. Entre ellas, el decomiso del pasaporte a los viajeros sospechosos de contactos innobles, la no concesión de los mismos, e incluso la supresión de la nacionalidad a aquellos vástagos de padres extranjeros. La declaración de guerra total del Estado Islámico al Occidente, solo acaba de comenzar.

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