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Kuczynski y Mesa: semejanzas

Ambos fueron parte, en el pasado, de gobiernos que no acabaron muy bien...

El ministro de Comunicación, Manuel Canelas, en su despacho de la  casa grande del pueblo.

El ministro de Comunicación, Manuel Canelas, en su despacho de la casa grande del pueblo. Foto: Miguel Carrasco

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Canelas, ministro de Comunicación

22:57 / 05 de octubre de 2019

En los primeros meses de vida de Comunidad Ciudadana (CC) muchos se acordaron de la campaña del partido argentino Cambiemos, del presidente Mauricio Macri. El candidato Carlos Mesa copió al pie de la letra el guion: el cambio de vestuario por algo más casual, el puerta a puerta casual, las fotos casuales bajando del micro. También el discurso era similar: Macri dejó testimonio repetidamente de que no cambiaría lo que estaba bien hecho, pensando en el votante peronista incluso se dejó ver cerca de una estatua del líder histórico del Partido Justicialista (PJ). Mesa hizo lo mismo: mantendremos la política social, la inclusión es un logro de este gobierno, las carreteras, el tipo de cambio, el doble aguinaldo, etc. Y, entonces, ¿para qué? Ah, sí: para arreglar la Policía y la Justicia y porque Evo ya lleva demasiado tiempo. Demasiado: ¡benditos grupos focales!

Y fue cuando empezaron las preguntas sobre el pasado de Mesa y el guion se rompió. Las dudas fueron en aumento. Salió Saul Lara a decir que a la gente no le importa el pasado de los políticos, que lo diga él… pero que lo suscriba su candidato a presidente e historiador sorprende. A partir de ese momento la campaña de Mesa entró en fase ruidosa: régimen, carajo, echarlos. Tabula rasa, nada de mantener lo logrado. Parece que creyeron que mientras más gritara Mesa y fuera más agresivo se escucharían menos las preguntas de la prensa, de sus rivales, de la gente sobre su pasado político y sus finanzas. Las preguntas incómodas para CC pasaron a ser rechazadas por esa campaña con el argumento de que eran guerra sucia. Dejó a periodistas con la puerta del auto cerrada en la nariz, trató con poca cortesía y con sorna a una prestigiosa presentadora cruceña, etc. Ruido y pérdida de papeles.

El ejemplo Macri cayó en el olvido, salvo la célebre recomendación del famoso consultor Jaime Durán Barba a los candidatos de Cambiemos: no hablen de economía. Mesa no habla de su pasado, no responde a preguntas y dudas y, sobre todo, no habla de economía. Su campaña oculta de forma deliberada sus ideas sobre cómo gestionar la economía del país. Puede ser porque aun lo esté resolviendo o porque quiere hacer lo mismo que en 2004: pagar sueldos con la “limosna” internacional, como él mismo admitió. Esta ambigüedad le permite decir en una entrevista en ANF en septiembre pasado que la deuda exterior del país está dentro de lo razonable —lo mismo dijo, en fechas próximas, Gustavo Pedraza en la radio— para, solo una semana después, poner un tweet donde apunta que la deuda externa es insoportable y que hipoteca el desa-rrollo durante décadas. Esto seguramente le vendrá bien a su campaña y a sus intereses electorales, pero que no sepa qué hacer con la economía nacional nos vendrá mal a todos en caso de que llegue a ganar.

Del Virreinato de La Plata al de Lima. Los últimos hechos ocurridos en Perú nos dan una segunda advertencia sobre los proyectos montados en dos horas y que depositan toda su expectativa en la retórica, el prestigio o la riqueza de su principal figura. En algunos casos sirven hasta para ganar una elección, pero no para gobernar. Lo que pasa hoy en Perú tiene su origen en la debilidad estructural del proyecto político del expresidente Pedro Pablo Kuczynski (PPK). Los parecidos entre PPK y Mesa y entre sus partidos, Peruanos Por el Kambio (PPK) y Comunidad Ciudadana son llamativos. Ambos hombres son parte de le élite local, de familias reconocidas en el ámbito cultural (PPK es primo del gran director Jean Luc Godard); PPK era el de más edad entre los candidatos a las últimas elecciones peruanas, Mesa lo es entre los candidatos en nuestras elecciones; ambos fueron parte, en el pasado, de gobiernos que no acabaron muy bien; experimentaron la ingobernabilidad que provoca la falta de decisión y el ser una fuerza minoritaria en sus respectivos congresos; ambos se vieron envueltos en escándalos de corrupción en el marco del caso Odebrecht; a ninguno le gusta responder preguntas sobre sus finanzas y cuando se las hacían a PPK, negó mil veces la verdad de las acusaciones. Y sobre todo: ambos, tras mucha inestabilidad, renunciaron, dejando las economías de sus naciones con más dudas que certezas.

PPK monta su artefacto homónimo y, en segunda vuelta, logra ganar la presidencia pero con minoría en el congreso. Hasta las encuestas más favorables para Mesa auguran una mayoría parlamentaria del MAS. Kuczynski no tenía en su proyecto a ninguno de los sectores fuertes de la sociedad peruana, por ello es que durante su breve gobierno cambia mucho de aliados, todos coyunturales y precarios: a veces podía ser el cardenal Juan Luis Cipriani, otras Keiko Fujimori por su mayoría parlamentaria y en algunas ocasiones hasta la izquierda.

Mesa, en su libro Presidencia Sitiada, explica que tres grandes responsables de su fracaso son: los sectores populares y campesinos que, por supuesto, no eran parte de su gobierno; los políticos, con los que no estableció alianza duradera; y Santa Cruz, encarnado en los dueños de los medios más grandes del país, sus líderes cívicos y políticos. Todos sabemos la suerte que corrimos los bolivianos esos días, cuando había más renuncias presidenciales que decisiones acertadas. Hoy, a Comunidad Ciudadana le siguen faltando estos tres importantes actores: en su proyecto no existen sectores populares, obreros, indígenas; tampoco está Santa Cruz y no está ninguno de los políticos tradicionales como Samuel, Tuto, etc., quienes no ofrecen a CC un apoyo decidido: ni una foto. Sin pasado, ni memoria, sin sectores populares, sin Santa Cruz y sin mayoría parlamentaria, en caso de lograr una victoria: bienvenido PPK.

Todos conocemos las renuncias de Mesa a la presidencia, pero lo que no todos sabíamos es que antes de conocer una victoria que sería trágicamente precaria, él deseó fervientemente perder la elección: “El domingo 30 de junio, en el décimo piso del Hotel Plaza de La Paz, rogaba en mi fuero íntimo por la derrota. Es extraño, pero quizás el presentimiento, quizás la incomodidad que me generaba la política y sus métodos, el detestable estilo de muchos de mis compañeros de viaje, me daba una sensación de no estar donde debía, por eso me hicieron desear ese desenlace. Pero no. Ganamos y comenzó el drama” (Presidencia Sitiada, p. 51). Ese deseo era una advertencia, una predicción acertada de lo que venía. Habría que preguntarle si ahora tiene el mismo deseo. Será difícil saberlo porque seguramente esta pregunta también quedará sin la respuesta que el público espera.

* Periodista, ministro de Comunicación

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