Animal Político

Al otro lado del lago

Cuando la izquierda que gobierna varios países de la región parece atravesar una crisis de imaginación y una dificultad creciente para palpar lo nuevo, el resultado de la candidatura de Verónika Mendoza es una bocanada de aire fresco para su país y para los demás que compartimos continente.

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Canelas

00:00 / 18 de abril de 2016

Si en algo tiene razón la izquierda antiinstituciones es que no “todo” se juega en unas elecciones. No se juega todo, es cierto, pero siempre se juega “algo” en cada una de ellas. Y algo que suele ser importante. Por eso no deja de sorprender el leer, más allá de la esperanza que despierta la movilización francesa Nuit Debout, declaraciones de uno de sus líderes —que reniega de esta etiqueta—, el economista Fréderic Lordon, diciendo que no deben pensar en las elecciones: “(...) me pregunto si Podemos no es una especie de contraejemplo, el modelo de eso que no debemos hacer: volver al marco electoral, la renormalización institucional. Volver al juego institucional es la muerte asegurada de todos los movimientos”. Cuando leo declaraciones similares —más frecuentes en Europa que en nuestra región— no puedo sino sorprenderme por la simpleza de lo que se entiende por institución, por movimiento, por la dinámica que existe entre éstos, etc.

Por supuesto que pensar que toda la historia llega a un final feliz con la victoria en unas, o varias, elecciones y cuando el pueblo finalmente se hace Estado es tan errado como pensar que las urnas importan menos que conocer el nuevo libro del Comité Invisible [grupo de autores anónimos franceses que en 2007 publicaron el libro La insurrección que viene].

Guillermo O’Donnell, citado por Mabel Thwaites, apunta que las instituciones son como nudos de sutura de las contradicciones sociales, momentáneas, inestables; y que, por supuesto, tienen lecturas complejas: por un lado, suponen efectivamente una normalización en un sentido limitante —disciplinamiento al orden instituido— pero también son avance y consolidación —por alcance y mecanismos de cumplimiento— de conquistas sociales.

VERÓNIKA. De Puno para el norte. Hace menos de un año, conversando con Verónika Mendoza, pensaba que lo que me estaba contando: rearticular la izquierda, salir de la decepción que supuso el temprano giro de Ollanta Humala y construir una candidatura para las, entonces, siguientes elecciones era algo demasiado ambicioso, y que era muy posible que tuvieran que pensar en lograr esto a medio plazo. Le pregunté por las otrora figuras de la izquierda peruana —muchas de ellas golpeadas por su participación en los gobiernos anteriores o tristemente desaparecidos como Javier Diez Canseco—, por cómo estaban las condiciones para sus objetivos, etc. Me despedí pensando que era probable que en 2016 no llegarían buenas noticias desde Perú.

Steven Levistky, reconocido estudioso de Perú, dice que la candidatura de Verónika no triunfó por azar. Destaca tres lecciones: que había un espacio para una candidatura de izquierda, anti establishment, que el Frente Amplio supo llenar; que el tan repetido mantra de la izquierda de que todo pasa siempre por la unidad popular no se demostró verdadero en esta elección y que fue mucho más determinante la candidata que las alianzas (“Verónika Mendoza, mucho más que su partido o su programa, ha sido la fuente principal del éxito de la izquierda. Sin ella, el FA probablemente no hubiera superado la valla de 5%”.); y que la moderación, la pelea por el centro, no fue la salida. Una candidatura con un discurso principista claro que apelaba a la ilusión y a la necesidad de una reforma profunda, fue capaz de aglutinar casi un 20% de los votos en su primera cita electoral.

Si Verónika ya fue efectiva como congresista solitaria —pocas como ella desafiaron con más claridad al poder detrás del trono, al cardenal Cipriani, o denunciaron los abusos de las transnacionales— es razonable pensar que si bien no lograron el gobierno, siendo la segunda bancada parlamentaria —la mayor representación de la izquierda en los últimos 31 años— mostrarán la importancia de contar con un grupo cohesionado y numeroso de legisladores en los debates legislativos. Las instituciones son un campo de batalla tan fundamental como lo es la calle. Es por esta conciencia, de la importancia del acceso a las instituciones, que la campaña contra el Frente Amplio fue feroz, más feroz mientras más escalaba en las encuestas.

Por supuesto que Perú tiene, si hablamos de las condiciones para el surgimiento de un proyecto de izquierda, la dificultad añadida de la historia de la violencia. Todo lo que huela a izquierda en Perú y, sobre todo, aspire a dejar lo testimonial para querer disputar mayores espacios de poder sufre una arremetida brutal. El recurso de Sendero Luminoso es usado con mucha frecuencia —tanto que algunos diputados bolivianos de oposición no dudaron en compartir tweets falsos de Mendoza donde casi elogiaba a Sendero. “Terruca” era la respuesta de la reacción ante el avance del Frente Amplio. Por ejemplo, la candidatura del orden, la de Pedro Pablo Kuczynski —el ex ministro de Economía que ha mostrado mucha soltura y poca vergüenza al ir y venir entre los cargos en empresas transnacionales con intereses en Perú y el gabinete de ministros— podía asistir al Lugar de la Memoria [Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social (LUM), museo ubicado en Lima, en el que se expone imágenes, narrativa testimonial, textos e instalaciones de arte sobre el periodo de violencia en Perú entre 1980 y 2000] y era elogiado por “su sensible recuerdo a las víctimas del terrorismo”; si lo hacía la candidata del Frente Amplio, “terruca” era lo más amable que le decían en medios de comunicación y redes.

A todo esto tuvo que enfrentarse la candidatura del Frente Amplio: a una dura campaña del miedo —que tuvo su colofón con el spot, “sin firma”, que circuló los últimos días de campaña: 48 horas para salvar el Perú—, a la corta vida de la iniciativa, a los pocos recursos que tenían para la campaña, etcétera.  Por suerte, para el Perú y para la región, Verónika Mendoza sí cree que las elecciones importan, aunque sea un poco.

DESAFÍO. Respuestas peruanas al supuesto fin de ciclo. Los compañeros del Frente Amplio tienen un gran desafío: ser una oposición firme y consolidar su alternativa. Lograr que sus ideas, sus propuestas y las personas que encarnan éstas consigan interpelar a más gente. Cuando la izquierda que gobierna varios países de la región parece atravesar una crisis de imaginación y una dificultad, creciente, para palpar lo nuevo que se discute, que se desea, que se necesita, en la calle el resultado de la candidatura de Mendoza es una bocanada de aire fresco para su país y para los demás que compartimos continente. Deberíamos prestarle mucha más atención. En ella se ve no solo lo importante de los liderazgos —eso ya lo sabemos aquí— o de las elecciones —también tenemos ese dato— sino de la renovación continua de los debates y de los temas que empiezan a ser parte central de una (nueva) agenda progresista. En su candidatura fueron de la mano hijas de sindicalistas asesinados durante el gobierno de Fujimori con activistas lesbianas; en su propuesta, ocupaba un lugar central la recuperación del rol del Estado en la economía, sí, pero también una reivindicación de lo público en otras esferas, para que se deje de identificar, como a veces hacemos aquí las propias autoridades, lo público como sinónimo de algo de mala calidad.

Que no nos coma la agenda la economía, o la gestión. Que ambas ocupen el lugar que merecen, uno importante, sin duda. Pero si algo debemos aprender de la candidatura de Verónika Mendoza es que un proyecto político de izquierda es siempre algo más.

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