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El lazarillo de Fidel

Pocos bolivianos tuvieron la oportunidad de hablar horas y horas con Fidel Castro. El cochabambino Carlos Carrasco tuvo el privilegio. Ahora lo cuenta y confiesa sus sentimientos sobre él: “Amigo, no; admirador, sí”.

Las tres horas con Carlos Carrasco

Las tres horas con Carlos Carrasco

La Razón (Edición Impresa) / Rubén Atahuichi es periodista

00:00 / 29 de enero de 2017

Una gigantesca bandera con los colores de Francia cuelga en la primera columna al frente del féretro del Presidente. Atrás, casi todas las personalidades del mundo, entre ellas un embajador boliviano. Son dos horas solemnes en la mítica catedral Notre Dame de París, el oficio religioso en homenaje a François Mitterrand. Es la mañana del 11 de enero de 1996.

Un acongojado Helmut Kohl se muestra en escena, como Yasser Arafat, que elevándose una y otra vez sobre la punta de sus pies intenta ver la ceremonia desde un lugar poco privilegiado para la vista. No está Bill Clinton, sí su vicepresidente Al Gore, el anfitrión Jacques Chirac, Boris Yeltsin, Felipe González, Shimon Peres, Hosni Mubarack y Fidel Castro, entre 61 jefes de Estado y de Gobierno y representantes de 111 países.

Afuera, miles de ciudadanos franceses y extranjeros escuchan y miran la misa de tedeum —propiciada por el arzobispo de París, Jean Marie Lustiger— a través de grandes altavoces y pantallas. Ha muerto uno de los presidentes franceses más queridos, uno de los líderes políticos mundiales más importantes del siglo XX.

Fulminado por un cáncer de próstata, el expresidente Mitterrand (1981-1995) falleció a los 79 años el 8 de enero de 1996 en París. Sus exequias fueron memorables, por el impacto mundial que causó el fallecimiento y por la masiva presencia a los funerales, entre seguidores, diplomáticos y mandatarios.

Anoticiado del suceso y notificado del sepelio, el entonces presidente de Bolivia, Gonzalo Sánchez de Lozada, decidió no asistir a los actos, a pesar de las recomendaciones en razón de que en París pudo reunirse con varios de sus colegas, y encargó su representación al embajador boliviano en Francia, Carlos Carrasco.

Ministro de Educación en el gobierno de Lydia Gueiler (1979-1980) y vocero de Alfredo Ovando Candia (1965-1965 y 1969-1970) en 1970, Carrasco se funde entre los líderes mundiales, entre ellos Castro, a quien acompaña varias horas en París, entre Notre Dame y el Palacio del Elíseo, la sede de la Presidencia de Francia.

Ahora director de Seminarios del Centro de Estudios Diplomáticos y Estratégicos de París (CEDS), en Francia, recuerda que aquel enero de 1996 tuvo el “privilegio” de tener la “atención concentrada” del líder cubano en los funerales de Mitterrand.

Castro, de barba y cabellos plateados, viste elegante: traje oscuro, camisa blanca y corbata azul. Se muestra muy serio, aunque jovial con algunos representantes latinoamericanos. En el protocolo diplomático “rige la soberbia; todos son jurídicamente iguales y no hay vedetes; éstas no se mueven, esperan que otros se le acerquen. Y Fidel era una de las vedetes, tampoco se le acercaba nadie”, explica Carrasco, quien recuerda así el momento de cuando se juntó con Fidel en los actos de Notre Dame.

Ya se habían visto antes, en la visita de Castro a Bolivia (1993, en la posesión del presidente Sánchez de Lozada), en Paraguay y en la Casa de América Latina en París, en 1995, cuando —para la anécdota— el líder cubano fue impedido de pasar al recinto con uniforme militar; sus asistentes tuvieron que comprarle un elegante traje azul, menos “calzados de vestir”, que no habían a la mano, sino solo botas.

Mientras otros jefes de Estado y representantes diplomáticos se le acercan, Castro no le pierde vista a su interlocutor boliviano. “No te separes de mí”, dice, según cuenta hoy Carrasco.

El Presidente cubano necesita de un intérprete; habla inglés y no logra atinar una palabra en francés. Es que, luego de la misa en la catedral, para el almuerzo que ofrece Chirac en el Palacio del Elíseo están impedidos de ingresar en el recinto traductores o fotógrafos; Carrasco puede pasar de intérprete, lleva credencial diplomática.

“Me convertí, durante las tres horas del almuerzo, en su lazarillo, en su intérprete y en su ayudante de órdenes, por así decirlo”, dice el embajador.

Recuerda una anécdota del almuerzo, cuando Castro le dijo que conocía a “aquel chinito”, pero no atinaba a describirle ni el nombre ni el país de su procedencia.

“Comandante, no es chinito, es el príncipe (Norodom) Sihanouck de Camboya”, cuenta Carrasco que replicó al Presidente.

Castro pidió hablar con Sihanouck. “Ninguno de los dos se acercaba; Sihanouck lo miraba a Fidel y esperaba que se le acerque. Tuve que hacer una calistenia diplomática para juntarlos sin que ninguno ceda”, dice.

La charla, a veces entre susurros, solemnidad y risas, abunda respecto de Bolivia, un libro de Carrasco (Los cubanos en Angola, bases para el estudio de una guerra olvidada) y las personalidades en el acto, por cuyos nombres, nacionalidades y rasgos pregunta frecuentemente el cubano.

Luego de las tres horas, Castro y Carrasco son los últimos en salir del almuerzo, hasta que los despide el mismo Chirac. Una corta conversación entre los mandatarios retrasa el abandono del Palacio del Elíseo, pero Carrasco se siente feliz; sin proponérselo se convierte en el traductor de los presidentes de Cuba y Francia.

Miterrand yace en Jarnac, la localidad francesa donde nació. Y las cenizas de Castro, 20 años después de la muerte de aquel, fueron inhumadas en el cementerio Santa Ifigenia de Santiago de Cuba.

Carrasco recuerda una frase de Fidel que le llamó la atención mientras éste veía el esplendor de los funerales de Mitterrand. Dijo: “Estoy pensando en cómo será mi propio funeral”. Como ya habíamos hecho bromas antes, me atreví a decirle: “No se preocupe, Comandante, yo le voy a contar”.

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