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El ‘matrimonio gay’ no es matrimonio

En la sociedad actual, plural e intercultural, garantizada por la Declaración Universal de los Derechos Humanos, las parejas del mismo sexo tienen el derecho de consolidarse legalmente; pero no tienen por qué usar o usurpar para su unión el nombre del matrimonio, que es otra cosa.

La Razón (Edición Impresa) / Enrique Ipiña Melgar

00:01 / 12 de julio de 2015

Los personas del mismo sexo tienen el derecho de hacer un contrato de asistencia y servicios mutuos, hasta que la muerte los separe… o con un plazo definido sujeto a condiciones de cumplimiento forzoso; y tienen también el derecho de que las leyes reconozcan y garanticen su vida de pareja, sus derechos, sus mutuas obligaciones y los beneficios que se fundamentan en su libertad para hacer convenios y contraer obligaciones, en cualquiera de los temas lícitos que estimen oportunos y convenientes.

También tienen el más amplio y sólido derecho de que sus decisiones sean respetadas por la comunidad y de que no puedan ser objeto de discriminación o falta de estima y consideración, por haberlas tomado. Al contrario, tienen derecho a merecer mayor respeto y protección por parte del Estado y de toda la comunidad, por constituir un sector minoritario de la sociedad.

Pero no por eso pueden asumir para su unión la apariencia, o la forma, o el nombre de matrimonio; porque el matrimonio es otra cosa. Hay que designar a cada cosa por su nombre. Y si para designar una realidad se usa el nombre de otra cosa, se producirá entonces o una mala comprensión de lo que queremos designar, o una pérdida de sentido de la cosa cuyo nombre se está usurpando. De ese modo, la unión de dos personas del mismo sexo podría perjudicar a la solidez y a la naturaleza misma del matrimonio. Para explicarme un poco mejor, recurro al origen de la palabra y de la institución social que esa palabra representa.

La etimología de la palabra matrimonio nos lleva a dos palabras latinas: “matris” y “munus”. La primera,  “matris”, significa “de la madre”; y la segunda, “munus”, “encargo o deber de atención”; es decir “encargo de atender a la madre”. Así, desde el sentido íntimo de la palabra compuesta, comprendemos que el matrimonio está indisolublemente ligado a la maternidad, que lo justifica y le da su razón de ser. En español, el fragmento “matri” está naturalmente representando a la palabra “madre”.

Ya hemos visto que el matrimonio es la institución social encargada de la protección de la madre y de sus hijos; protección que está a cargo del padre de esos hijos y marido de esa madre. Por eso será que en los países hispanoparlantes no es fácil hablar del matrimonio sin declarar simultáneamente la posibilidad abierta de que la esposa sea madre y de que por ella lleguen los hijos. En coherencia con nuestro idioma y nuestro lenguaje, la legislación boliviana y las de muchos otros países no contemplan otra alternativa para el matrimonio que la unión de un hombre con una mujer; unión fecunda, de cuya intimidad nacen los hijos, fruto natural de esa unión.

A la vista y consideración de esas realidades no resulta lógico ni coherente aplicar la palabra “matrimonio” a la unión de dos personas del mismo sexo, donde no hay fecundidad, donde no hay hijos ni puede haberlos sencillamente porque no hay madre.

Por eso el matrimonio, institución universal y cargada de una riquísima tradición multicultural, es el fundamento natural y legal de la familia, la célula básica de la sociedad. El deterioro del matrimonio, provocado por el mal uso del término, que lo aleja de su función reproductiva, lleva inexorablemente al deterioro de la familia que está formada por el padre, la madre y los hijos. Y no se diga que puede haber otros tipos de familia con la misma propiedad y características de las que goza la familia natural.

En sentido traslaticio o figurado, por supuesto que hay muchas agrupaciones que a veces y ocasionalmente se dicen “familia”, como puede ser un club deportivo, una agrupación cultural, etc. Pero si se usa esta palabra para definir a la unión de dos personas del mismo sexo, se caerá en el mismo exceso que ya hemos descifrado al tratar de la palabra matrimonio. Mucho más apropiado es el uso del término para designar a la familia ampliada, unida por lazos de consanguinidad o por vínculos espirituales.

En el mundo de hoy pareciera que se ha difundido una nueva manera de ver las relaciones familiares, con una amplitud que tiende a debilitar las bases mismas de la comunidad. Si llegara a imponerse mayoritariamente este nuevo modo de ver al matrimonio y a la familia, la población disminuirá —como ya sucede en algunos países europeos— y el futuro de la humanidad estará en riesgo.

No quisiera pensar que el hedonismo que se difunde por la anticultura del “disfrute y descarte” y del “gozo, uso y abuso” que franquea el dinero, se estuviera generalizando y penetrando las raíces mismas de nuestras naciones y culturas, impregnando a la juventud con el falso criterio de que la sexualidad es algo progresista, desligado y alejado de la reproducción de la especie humana. Si así fuera, estaríamos ante una realidad muy peligrosa; mucho más peligrosa que el consumismo y el extractivismo que ponen en grave riesgo el porvenir del planeta como hogar de la humanidad.

En resumen: en la sociedad actual, plural e intercultural, garantizada por la Declaración Universal de los Derechos Humanos, las parejas del mismo sexo tienen el derecho de consolidarse legalmente; pero no tienen por qué usar o usurpar para su unión el nombre del matrimonio, que es otra cosa. Puede haber otros nombres, igualmente dignos, que se puedan usar con propiedad y sin desmedro del matrimonio heterosexual y fecundo.

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