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Lo mejor era irse...

El día de la elección nacional en Bolivia, en Bérgamo, podía verse a muchas migrantes “atadas” a sus ancianos; no tuvieron otra que llevarlos con ellas para poder votar. Olga es fuerte, tiene 45 años, pero parece un roble milenario. Siento que ha perdido el miedo al futuro, quizás éste sea el mayor  de sus capitales.

La Razón (Edición Impresa) / Rafael López Velarde

00:00 / 05 de abril de 2015

Pub La Luna, Bérgamo-Italia: Gracias a Dios, soy soltero, viditay soy soltero; qué les importa si me alegro, si me emborracho es con mi plata. [email protected] [email protected], quienes desearían serlo y otras especies de mayor complejidad cantamos este estribillo de huayño boliviano como si fuera un himno. Del huayño pasamos al rebote canguresco con los tobas de Kala Marka, de éstos a las rondas de taquirari y a la puñeteada mentirosa del tinku. El DJ (disc-jockey), a ratos y sin éxito, hurgaba nuestra melancolía con unos kaluyos. Era tiempo de ser alegres.

Los que bolivianizaron Bérgamo lo hicieron no solo con la música sino también con nuestra embajadora vitalicia: la sopa de maní, navegada por finos botecitos de papa frita crujiente. Restaurantes cochabambinos como “El Valluno” o “El Tunari” la sirven como parte de un amplio menú que incluye api con buñuelo, charquekán y más. Hoy, 20% de los 120.000 habitantes de Bérgamo son bolivianos, aunque de esta fracción una menuda parte (3%-5%) goza de residencia legal.

El mito popular afirma que fue un párroco italiano, residente en Cochabamba, quien “llevó” a los primeros bolivianos a la “tierra prometida”. Éstos inspiraron/guiaron a familiares y amigos y éstos a los suyos, resultando una red tupida de contactos e información. A Olga Villegas le comentaron sobre Bérgamo en la agencia de viajes, cuando averiguaba costos y destinos, y fue su hermano autodidacta de las lenguas quien le sugirió incrementar sus posibilidades de éxito yendo a Italia y no a España, “el idioma es facilito, en España deben haber ya mucho bolivianos”, la animó.  

ME VOY ¿Por qué irse? Como la de muchos otros, la vida de Olga se conectó desde la niñez con esta simbiótica y dramática relación boliviana entre la minería, la migración y los cambios de época. Trilogía que, por ejemplo, ha tejido parte de la historia del presidente Evo Morales.

Todos nacidos en Huanuni (Oruro), Olga es la número seis de nueve hermanos, empezando el cómputo por el primogénito. Su hermana Maura, número tres, fue la primera en iniciar el ciclo de cambios. Un día, decidió que con el dinero que recibía por lavar ropa compraría el boleto de flota hacia Cochabamba. Con una mochila en mano y unos pesos más, partió. Maura trabajaba limpiando las instalaciones del Lloyd Aéreo Boliviano (antigua línea aérea nacional, quebrada hoy inexistente). Años después, y uno a uno los hermanos siguieron el mismo destino. Fue su hermana, sin embargo, quien después tomaría la posta hacia Italia.

Olga tiene tres hijos, antes de saber decir mamá ya la acompañaban en sus múltiples trabajos. Uno de éstos consistía en preparar y vender silpanchos (plato de carne apanada frita) en la calle. Cuando la venta no era buena, comerciaba los sobrantes a cambio de comida para los aún bebés Melisa, Miguel y Andrés. También vendía ropa usada americana o la que se le pareciera. Compraba de la “Cancha” (zona comercial de Cochabamba) prendas nacionales nuevas que fácilmente se camuflaban con las usadas de “afuera”, todo revuelto era canjeado mayoritariamente por dinero con alma poco nacionalista. Paralelamente, fue parte de las mujeres encargadas de la limpieza de la cadena televisa ATB.

Casada con un paceño, me dice que sus lazos maritales se enredaban como raíces a la familia de él, y a través de él a sus costumbres, casi hasta invisibilizarse detrás del “jefe de hogar”. Sin embargo, fueron las celebraciones familiares que le enseñaron que la prosperidad podía conseguirse por otros medios. Haciendo que la cerveza y comida no faltasen, los familiares del esposo que habían migrado y volvían esporádicamente, utilizaban las fiestas para hacer explícito su bienestar. Se sembró entonces la posibilidad de aminorar el vía crucis, dejar los silpanchos, la ropa usada y los detergentes por algo mejor y en otro lugar. “No podía seguir así”, dice valiente y sin sonrojos.

Con un préstamo de 3.000 dólares, que tardó en pagar más de un año, siendo el hermano y su hija de diez años consejeros de cabecera, decidió partir.  Miguel, de 8 años, no entendía la magnitud del viaje, Andrés de 6 y la familia del esposo simplemente no sabían del mismo. Quería evitar que aquellas raíces que la anclaban no la envuelvan, estrangulen y le impidan irse. Melissa se quedaría como mamá presencial a sus diez años, pacto que entendió y cumplió como soldado, y del que hoy sonríe en complicidad con su madre y su hermano.

LLEGAR. Diez años atrás no era necesaria una visa para ingresar a Italia y otros países europeos. Cochabamba-Santa Cruz-Sao Paulo-Milano fue la ruta que fue tamizando a un avión inicialmente lleno de pasajeros locales y terminó con nueve en el aeropuerto de Milano; de éstos, solo dos pudieron ingresar, los otros siete fueron deportados. En esta carrera de vallas, Olga había vencido las dos primeras: montarse en el avión y entrar al país de destino. La esperaba la amiga, contactada por la vendedora del pasaje; dormiría en la casa donde iba a trabajar, hasta encontrar otro trabajo, el que fuese.

Comparativamente, Olga tuvo suerte al evitar el común hacinamiento del comienzo, ese del tetris (videojuego de rompecabezas) humano en dos dimensiones en el piso, al que se someten muchos; pero tropezó con la dosificación de temor que le daba su dueña de casa. Ésta le decía que evitara salir porque la Policía había intensificado su rastrillaje de migrantes ilegales; a cambio, se quedaba en la seguridad de su casa y contribuía a cuidar a su bebé, hecho que incrementalmente se convirtió en un trabajo no remunerado.

El primer trabajo lo consiguió gracias al parecido entre bolivianos y ecuatorianos. El ritual común para conseguir trabajo consistía en salir a caminar sin rumbo específico, con la esperanza de encontrar un rostro familiar que parezca boliviano; y es que para quienes no lo han sufrido, caer con la persona equivocada y ser interrogado en un idioma ajeno y en esas condiciones es petrificante. Una vez identificado el rostro, preguntó si sabía de algún trabajo, lo que sea, para empezar. Después de muchos rostros, dudas y miedos, fue una ecuatoriana quien le dijo que sabía de una anciana enferma de Alzheimer que necesitaba de cuidado.

La vejez de los países “desarrollados” es un mercado aún próspero. En Italia, un cuarto de la población tiene más de 60 años y su esperanza de vida es de 83, cuando en Bolivia estas mismas cifras alcanzan un 6% en el primer caso, y los 67 años en la esperanza de vida. Adicionalmente, en Bolivia cada mujer tiene tres hijos en promedio, mientras que en Italia no supera los dos. En resumen: en Italia nacen menos y viven más y en Bolivia todo lo contrario. El mercado se afecta con la muerte de la fuente de trabajo y con la fuerza laboral de mujeres europeas que la crisis hoy empuja a competir en honorarios con lo que usualmente estaba asociado a las latinas. Uno podría imaginarse que el trabajo de asistir ancianos es sencillo, pero no lo es. No solo se acompaña y traslada al anciano a donde deba ir, sino que en muchos casos se sustituye o auxilia la ausencia de funciones básicas como bañarse, cambiarse de ropa, orinar y defecar. Este trabajo también es una amenaza de feriados y de sábados, generalmente son los domingos los únicos días libres y de reencuentro familiar virtual o presencial.

En aquella época, el Gobierno Italiano ya había dictaminado un par de perdonazos para regularizar la presencia de migrantes. La expectativa de que se daría una nueva legalización mantuvo a Olga no uno ni dos, sino cinco años sin salir de Italia. Su residencia, que debe renovar cada dos años en promedio, le permite trabajar y ofertar su trabajo sin clandestinidad y esperanzarse en una residencia permanente e indefinida que, entre otros beneficios, se extendería a sus hijos. Cuando le pregunto cómo aguantó sin ellos, sin saber cuándo los volverá a ver, me dice que hay quienes lo soportan y quienes no. Muchas se deprimen al grado de la medicación, otras se consuelan en el alcohol y otras, como Olga, con la pena hecha dolor físico, según el doctor, simplemente resisten sabiendo que el día del reencuentro llegará. El amor es la ilusión del reencuentro. Me dice también que el endurecimiento emotivo es casi un requisito para sobrevivir, la carga de por sí difícil de penas debe ser selectiva, no se puede sufrir en vano.

En medio de la charla, me recuerda que en su segundo trabajo recibió generosa ayuda, ya que le financiaron el curso para obtener un diploma sobre el cuidado de ancianos, lo que califica mejor su curriculum vitae.   Después de cuatro años del arribo de Olga, dos de sus hermanas tomaron la misma decisión y ahora viven con ella. Melisa, la hija que hizo de mamá, llegó hace 6 meses (o después de 9 años). Miguel, el segundo, estará con ella por tres o más meses, entre la tensión del padre, que quiere tenerlo con él estudiando en Bolivia, y él, que quiere quedarse. Andrés sigue en Bolivia.

LA MUJER. Olga ha cambiado. No es más la mujer conservadora que encaja perfectamente en el canon ideal del hombre y mujer machistas. “No quiero ser la mujer de tu vida, quiero ser la mujer de mi vida”, diría un grafiti del grupo Mujeres Creando. Ella ha decidido ser uno de sus objetivos, y lo dice con fuerza y sin titubeos frente a sus hijos. Ahora Olga no tiene trabajo estable, una pretensión salarial más baja ofrecida por una rumana y la crisis europea le han quitado el puesto. Para el último mes se ha prestado dinero, y no sabe bien cómo podrá pagarlo.

Reniega del chismerío boliviano “Si te compras una chamarra, ya están diciendo que están hambreando tus hijos; si no te compras una chamarra, dicen que pareces una indigente”. Me dice que la división política y regional que se da en Bolivia se reproduce: “Los benianos hacen sus fiestas entre benianos”. Una mujer cruceña que vive en Brescia hace diez años pareciera confirmarme sus sospechas; cuando le pregunto qué opina de Evo Morales, me dice: Porca miseria (puerca miseria). Creo, sin embargo, que es una generalización apasionada la de Olga. Ella apoya a Evo Morales porque creó el Juancito Pinto (bono de 200 bolivianos anuales, 25 euros aproximadamente, entregados a los estudiantes de primaria de colegios públicos) y votó por él en las últimas elecciones celebradas en el Consulado de Bérgamo.

Curiosamente, el día de la elección podía verse a muchas mujeres “atadas” a sus ancianos, no tuvieron otra alternativa que llevarlos con ellas para poder votar.  Olga es fuerte, tiene 45 años, pero parece un roble milenario. Siento que ha perdido el miedo al futuro, quizás ese sea el mayor de sus capitales.

DATOS

• Diez millones de bolivianos viven en Bolivia y casi dos millones y medio en más de 44 países del mundo.

• El mundo tiene 193 países. Un boliviano puede ingresar con pasaporte (sin visa) a 73. Un Italiano a 171. 

• En Bolivia las mujeres migran más que los hombres, según el último censo.

• Los hijos de las hermanas de Olga viven en Bolivia.

• 5% de los habitantes del mundo viven donde no nacieron.

• Melisa, quiere ser entrenadora de canes.

• Mas de 5.000 personas en el mundo murieron al año intentando cruzar sus fronteras.

(*) La presente narración ha sido autorizada por Olga Villegas. Dedicada a las mujeres valientes como ella.

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