Animal Político

Las mentiras que son un peligro para la sociedad

El autor examina varios casos de denuncias de desaparición de personas, pero lamenta que una buena parte de ellas estén vinculadas a problemas entre padres e hijos. Advierte que incluso la buena fe de los medios de comunicación queda en entredicho por estas prácticas.

La Razón (Edición Impresa)

00:00 / 18 de junio de 2017

Me rompió el corazón ver llorar desconsoladamente a la señora Julia. A pesar de que vive en uno de los barrios más alejados de El Alto se dio modos para salir en la madrugada de su casa. Con una fotografía de su hijo de 23 años en la mano llegó a las oficinas de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (FELCC) con la esperanza de que los policías le ayudasen a encontrar a quien ella nombra con mucho cariño: “Mi Carlitos”. Como es lo único que tiene en este mundo, no quiere ni pensar que le pueda ocurrir algo malo, por ello insistió en que le reciban la denuncia por desaparición de persona, pero los agentes le negaron esa posibilidad. “Debe estar farreando con sus amigos, no llores señora. Espera hasta la tarde, ya va a llegar seguro”, le dijo uno de los oficiales. Sin otra opción, Julia se retiró y volvió a su casa.

Intrigado por la reacción del “amigo policía”, le pregunté al uniformado por qué actuó de ese modo. Y en confianza me dijo: “hermano, las chicas y los changos de este tiempo se van de sus casas por uno y mil motivos, pero casi siempre es porque sus padres no les dejan tener pareja. Cuando ya no tienen plata, siempre vuelven. A otros se les olvida que tienen casa y se quedan farreando con sus amigos”. Y así, me dio una lista larga de los motivos por los cuales los agentes dudan cuando padres desesperados llegan a la FELCC para denunciar desapariciones de personas, más aún cuando se trata de jóvenes de entre 13 y 23 años. Y la duda de los uniformados, al parecer, tiene fundamento, pues en los últimos dos meses la Policía registró un pico de denuncias falsas de desaparición, lo que desvía la atención de los verdaderos casos de trata y tráfico.

El director de la FELCC en La Paz, coronel Jhonny Aguilera, informó —a mediados de mayo— que de cada 10 reportes de desaparición, siete eran falsos. Uno de los casos más bullados fue el de la Señorita El Alto, quien según las autoridades fingió su secuestro y se autoinfligió algunas lesiones. La mamá de ella, como la de Carlitos, igual fue a la fuerza anticrimen a pedir, en medio de llanto, que le ayuden a encontrar a su hija, de quien no sabía nada desde el 15 de mayo.

Por ser una persona pública, la desaparición de esta joven rápidamente se viralizó en las redes sociales. La presión para la Policía se acrecentó con las horas que pasaban, sin embargo, poco después, la reina de belleza apareció y contó que había sido víctima de unos delincuentes, pero la Policía negó la versión.

El malestar entre los uniformados fue tal que hasta se pidió una sanción moral para ella y otras seis señoritas que habían mentido sobre su desaparición. Incluso se anunció una demanda en contra de ellas.

Final similar tuvo lo que pasó con Carlitos, puesto que se había olvidado avisar a su mamá que iba a estar en una celebración con sus amigos. No le había pasado nada malo.

Pero no solo los oficiales de la FELCC son víctimas de estas mentiras que perjudican a la sociedad, otros son los patrulleros del 110. “Hola, un ratero está entrando a la casa de mi vecino…”, dijo un supuesto denunciante. Cuando el vehículo policial llegó al lugar indicado, resulta que era mentira. “Te das cuenta, por eso no mandamos una patrulla a la primera llamada”, se justificó un capitán, quien incluso me invitó a atender la central del 110 de El Alto para comprobar que no solamente eran víctimas de falsas denuncias, sino hasta de insultos. En 20 minutos que atendí el teléfono me sentí peor que un árbitro de fútbol cuando pita un penal para el equipo visitante.

Otros que suelen llamar con frecuencia al 110 son los niños, quienes cuelgan después de reír. “Por eso pues la gente dice que el teléfono siempre está ocupado”, se justificó nuevamente el oficial de Policía.

De esas mentiras también somos víctimas los periodistas. En más de una ocasión me mandaron fotografías y algunos datos de personas desaparecidas. Ante esa necesidad de la población, Extra tenía una página para niños y ancianos desaparecidos o extraviados. La oficina de Gestión Social se enteró de ese servicio y nos enviaba el material con regularidad. En más de una oportunidad ayudamos en los reencuentros familiares.

Sin embargo, en otras tantas también nos llevamos desagradables sorpresas. Antes de publicar ese material, acostumbrábamos llamar a las familias para verificar si su pariente aún estaba desaparecido. “Joven va a disculpar. Mi hijo había estado farreando con sus amigos y ya ha llegado a la casa”, nos dijo una señora.

Otro hecho similar fue el ocurrido con Jorge, reportado como desaparecido. Al llamar al número de referencia que dejaron sus seres queridos, nos respondió un varón. Preguntamos si Jorge ya había aparecido y el interlocutor afirmó: “Habla Jorge”. Claro, Extra ya no publicó esos avisos de bien social, pero para la Policía, esas personas seguían desaparecidas.

Lamentablemente, todo esto disminuye la credibilidad en los casos verdaderos de trata y otros delitos que necesitan la intervención inmediata de la Policía. La población también se hace parte de estas cadenas de colaboración en las redes sociales y los medios de comunicación les dedican espacio. Al final, todos tratan de ayudar. Para evitar estas mentiras que perjudican a la sociedad “es fundamental una comunicación fluida entre padres e hijos”, según una fuente policial.

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