Animal Político

Esa migración permanente

El carácter de permanente nomadismo de lo paceño y del paceño es desarrollado en un ensayo. Comenzando por el primer traslado después de ser fundada, es la metáfora de una ciudad que no se está quieta.

La Razón / Olga Lidia Paredes Alcoreza

00:01 / 14 de julio de 2013

La Paz es un viaje permanente, despertó un día y decidió ser viaje, derritió las cumbres, creó ríos que viajaron desde las cumbres y esculpieron la cabecera del valle volviéndose largos cabellos que trenzándose interminablemente acababan en el Amazonas. Ese espíritu migrante se le insufló a La Paz cuando se la pensó ciudad, fundada y trasladada tres días después. La consigna: moverse.

Ser paceño no es una decisión sencilla porque La Paz, loca por moverse como está, te da su amor, te abraza con sus brazos de montaña y te sopla viento helado en la cara en la mañana para despertarte, con esa misma fuerza te quema la cara, te arranca los ciruelos del árbol con un granizo y se sacude un pedazo del mapa al levantarse una mañana.

1. Paceños de 0 a 3.000 msnm: Paceños honorarios, gente enamorada de la imagen de la ciudad, de su singularidad, de una postal que completan con imaginación, un poco romántica, un poco pesimista pero “maravillizados” por una ciudad que funciona como un pocito reflejando lo que uno quiera ver.

Amor a la ciudad existe, aunque la mitad del objeto de ese amor sea una fantasía. Paceños honorarios como éstos, uno los puede encontrar en charlas en otras urbes del mundo, escribiendo libros, blogs y compartiendo fotos compulsivamente en la red... Nacieron junto a la ciudad los cronistas boquiabiertos.

Juntos a estos paceños circunstanciales están los que la han dejado. Dejar La Paz como se deja un sueño y llevarla en el corazón como esperanza o como espina, La Paz de migrantes que llegan, La Paz de paceños que se van, llegar como migrante y partir como paceño. La ciudad viajará con los migrantes como realidad vivida, como sueño por cumplir, como esperanza rota, como inicio de ruta o promesa de vuelta. No es tan fácil dejar La Paz. La Paz apurada como está no parecerá percatarse de que la dejan porque la historia de la ciudad es el viaje, ciudad de paso y descanso, ciudad que facilita el comercio.

2. Paceños de 3000 a 3300 msnm: En esta categoría, los paceños nostálgicos de valle se retirarán al Sur, protegidos por las montañas rojas de Mallasa y con la silueta difusa del centro al frente. Sin decidirse del todo a desligarse de la vida urbana recorrerán largas horas de viaje, del centro atractor al verdor que siempre se escapa.

Si antes comprometidos con lo público viajaban por horas de ocio y baile hacia Río Abajo como Ballivián, hoy se han desligado del compromiso político, y establecen una relación de amor-odio con el centro. El viejo Sur ha sido robado a los chalets e invadido por los edificios multifamiliares. 

Hoy Río Abajo, antes Obrajes, después Calacoto, ese sueño verde, como el silencio, al nombrarlo se agota. La promesa que convirtió Saillamilla en Villa Ingavi  y luego en Obrajes, sigue ganando adeptos. La consigna de la ciudad es moverse y como corresponde junto a los ríos que aún corren a la vista de todos, el Sur, irónico como suena, se ha movido.¿Habrá alguien que recuerde que un par de siglos atrás La Paz signaba como zona Sur la zona de San Pedro?

3. Paceños de 3300 a 3600 msnm: Paceños apurados y apiñados viajando al centro, viviendo en el centro, trabajando en él que también es vivirlo, con trajes de sastre y almuerzos apurados, ligados a la función pública, subiendo y bajando calles empinadas. Calles de Comanche y asfalto.

Los paceños en el centro conviven con la historia pero sin darle mucha importancia, la casona de hoy será el negocio de pollos de mañana, Palacio de Gobierno y Poder Legislativo como un fantasma, como una realidad tácitamente aceptada. Pelean por el transporte en las noches y renuncian al almuerzo familiar. Ser paceño en el centro es evadirse otro poco, en oficinas públicas o privadas es incluso olvidarse de ver por la ventana.

Refugiados por las noche en Sopocachi o El Prado, el centro se ha vuelto estrecho para el trabajo y el ocio miniaturizando cada vez más, los boliches, cafés, casas y negocios. Esta estrechez de paredes hace también un poco estrechas las ambiciones de quienes las habitan. Una resignación preocupante y un aire de insignificancia ante la cordillera circundante y la cadena de grandes alturas edificadas caracteriza al funcionario público paceño, un personaje cuyo hábitat antes que La Paz es la oficina.

Las idas y venidas del paceño del centro, nacido en cualquier lugar de Bolivia pero trabajando en La Paz, se limitarán a una rutina de ida y vuelta a casa, sea esta la ladera, Sopocachi o el fin de semana en la tierra natal. Su vida la marca el ritmo de los dedos en el teclado, de las bocinas, de las quejas del clima y el sello de los trámites.

Un poco perdido en los quehaceres puede que haya renunciado a la ciudad real, extraviado como está en los papeles que hablan de ella y en la planificación infructuosa. Una ciudad que se mueve y cuyo perfil es una sinuosidad que no siempre se deja abstraer en planos y planes. Su vida la marca el ritmo de los dedos en el teclado, de las bocinas, de las quejas del clima y de la resignación.

4. Paceños de 3600 a 4000 msnm: Al ritmo del baile y de los gritos del mercado, paceños y paceñas han ido conquistando los límites naturales de la ciudad, las montañas. Si la ciudad se mueve, desde aquí diremos que lo hace al ritmo de baile, de tintinear de monedas, del arrugar y llenar bolsa de plástico, de comercio y de pasos rápidos con carga de mercadería de la China o de los municipios vecinos, el comercio de artículos pequeños o grandes ha forjado la ciudad y lo hace aún, al menos en el oeste con negocios ritos y relaciones de poder cambiantes. Quien tiene la mercadería tiene el poder y no duda en hacértelo saber con un ¿vas a comprar o no?

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