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La minería y la enfermedad holandesa

Aquellos criterios que pretenden defenestrar al sector primario, particularmen- te minero, caen por cuenta propia. Antes de pretender achacarle de un mal a esta actividad, corresponde impulsar políticas públicas para su fortalecimiento, especialmen- te ante la drástica caída del precio de los minerales.

La Razón (Edición Impresa) / Ramiro Paredes Zárate

00:02 / 04 de enero de 2016

La minería fue y aún sigue siendo objeto de una mirada crítica por parte de las teorías tradicionales del desarrollo económico, ya que no traería consigo aportes significativos, podría incluso ir a contracorriente con otros sectores de la economía. Pero este enfoque negativo ha sido objeto de controversia en los últimos años con la manifestación de un paradigma alternativo, que toma en cuenta la experiencia exitosa de aquellos países (Chile, Perú, por ejemplo) que han logrado fortalecer esa actividad, alcanzando al mismo tiempo niveles adecuados de crecimiento. La corriente sostiene que no hay motivo que induzca a pensar que esta operación en sí misma sea favorable o desfavorable para la economía, toda vez que su impacto final  depende de la calidad de instituciones que tiene un Estado, la idoneidad de su política macroeconómica y las acciones que adopte en cuanto a la formación de capital humano y desa- rrollo tecnológico.

Al respecto y revisando la literatura que sirve de base para la postura tradicional señalada, podemos identificar tres expresiones contrarias a las materias primas.

La primera señala que, más allá de la volatilidad de corto y mediano plazo, en el largo los precios de los commodities registran una tendencia secular hacia el descenso, debido a su baja elasticidad de ingreso, comparada con los bienes manufacturados, vale decir que a medida que las naciones aumentan sus niveles de ingreso, destinan una mayor parte hacia la demanda de bienes del sector secundario, en detrimento del primario, particularmente extractivo.

La segunda afirma que estas actividades no generan desenlaces favorables sobre el resto de la economía, cuando no tienen muchos eslabonamientos ni hacia atrás Vni hacia adelante.

La tercera línea asevera que el auge del estrato primario trae consigo efectos macroeconómicos perversos para el resto del aparato productivo; esto en el mundo académico es conocido como la “enfermedad holandesa”. Aboquémonos a esta última figura.

En principio, señalar que ese término se originó a inicios de la década de los 70, a raíz de un incremento en los ingresos en divisas de los países bajos (Europa), a consecuencia del descubrimiento de grandes yacimientos de gas natural, lo que dio lugar a mayores cantidades exportadas de ese producto y que condujo a la apreciación del tipo de cambio del florín holandés, al extremo de poner en riesgo la competitividad de los otros bienes y servicios que vendía al resto del mundo y consecuentemente al ritmo de actividad y empleo dependiente de esos productos. Si bien este fenómeno no se relaciona solo con lo anterior, puede ser resultado de otros hechos que generen considerables entradas de divisas, como ser un repunte del precio de un recurso natural, la ayuda externa y la inversión extranjera directa, por ejemplo.

Consiguientemente, de acuerdo con esta vertiente, el apogeo de las materias primas podría ocasionar consecuencias contraproducentes sobre el resto de la económica, mediante los siguientes dispositivos: i) la tasa de cambio: porque a medida que un país presenta una bonanza externa de un producto primario, dispone de una súbita cantidad de dinero extranjero, lo que da lugar a la apreciación de la moneda nacional, trayendo consigo el encarecimiento de los otros bienes transables (cualquier producto susceptible de ser comercializado externamente), que pierden competitividad en escenarios internacionales y, por otro lado, a través del abaratamiento e incremento de las importaciones, en el mercado nacional; ii) decrecimiento de la manufactura; iii) crecimiento acelerado de los servicios; iv) movilidad del factor trabajo de otras áreas hacia la actividad primaria, toda vez que si esa actividad se vuelve más rentable, entonces extraerá mano de obra de las otras operaciones económicas, afectándolas negativamente en cuanto a productividad y desempeño; y v) mayores salarios.

Amparados en este marco conceptual, en algunos círculos o eventos se sostiene que el sector minero en Bolivia ocasiona ese síndrome. Veamos si esto es evidente, sabiendo que para detectar este mal tienen que existir los síntomas señalados precedentemente.

En el primer caso y según el Banco Central de Bolivia (BCB) (Informe de Política Monetaria, julio de 2015), desde 2011 no se advierte una sobrevaluación cambiaria ni un desalineamiento persistente del tipo de cambio real, el mismo que se mantuvo dentro del rango de equilibrio. Consecuentemente, no existen evidencias concretas sobre este primer efecto.

Con referencia al segundo aspecto, la tasa de crecimiento promedio real (TCP), en el último quinquenio, de la industria manufacturera fue de 4,5% (en ascenso desde el periodo base con una participación del 16,54%). En cuanto al tercer elemento, no existe evidencia de una subida acelerada de los servicios (TCP 5% y participación 4%) a diferencia de la minería (TCP de 0,64% y 5,6% de participación). En el ámbito nacional la TCP del PIB fue del 5,3%, superior a otras gestiones. Esto hace ver que ese indicador ha reaccionado muy positivamente en los diferentes sectores, singularmente en la manufactura (incidencia de 0,7%), lo que desvirtúa la hipótesis de la secuela nociva de la actividad extractiva, más aún cuando su influencia media en la construcción del Producto Interno Bruto real fue solo de 0,02%

Y si nos referimos al cuarto suceso, vale decir, a la generación de empleo, esta variable se encuentra en el undécimo lugar, con el 1,8%. Primero está el agropecuario (33,7%); comercio (16,10%); industria manufacturera (10,3%); construcción (7,3%). Esto demuestra que no existe una movilidad del factor trabajo hacia la minería y menos aún de la industria manufacturera. Finalmente, el quinto acontecimiento referido al salario promedio (sin aguinaldo) es mayor en el sector extractivo (minería e hidrocarburos) alcanzando a Bs 2.950 (más que por el contexto internacional, por la política salarial implementada por el Gobierno), pero sin fuerza para distorsionar el nivel de precios relativos o global; luego se halla energía y gas con Bs 2.877 y construcción con Bs 2.378 (Informe Milenio).

Como se puede apreciar, en el último lustro no se advierte una sobrevaluación cambiaria ni un desalineamiento persistente del tipo de cambio real, ni una desindustrialización manufacturera; ni una evolución exagerada de servicios, ni un desplazamiento de la mano de obra; ni brechas salariales considerables, por lo tanto, estos semblantes no se adecuan a las revelaciones del síndrome holandés. Consecuentemente, aquellos criterios que pretenden defenestrar al sector primario, particularmente minero, caen por cuenta propia, no existe base real para sostener ese corolario. Antes de pretender achacarle de un mal a esta actividad, corresponde proponer e impulsar políticas públicas para su fortalecimiento, especialmente ante la drástica caída de la cotización de los minerales, lo que puede ser una enfermedad terminal para este grupo.

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