Animal Político

Hacia un ‘modus vivendi’ con el imperio

En las próximas elecciones presidenciales en EEUU podría triunfar el ala dura republicana. Esta circunstancia haría imposible un diálogo constructivo para reconstituir una efectiva relación con Washington. Por ello, sería recomendable extremar esfuerzos para restablecer la relación antes que Obama se marche a   su casa.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

00:01 / 29 de marzo de 2015

La próxima Cumbre de las Américas a realizarse en Panamá del 10 al 11 de abril, enfrentará al tiburón con 34 sardinas, mejor alimentadas, menos obsecuentes y más impertinentes. Será un escenario en que una vez más la teoría del “espacio-tiempo-histórico” pregonada hace algunas décadas por el aprista Víctor Raúl Haya de la Torre, cobre vigencia para permitir interpretar a cabalidad las mutaciones operadas en  años recientes dentro y fuera del Imperio y también en el vecindario latinoamericano, otrora el  “patio trasero” exclusivo de Washington.

Lejos quedaron los días en que los objetivos de la guerra fría, lo eran, por osmosis, además, metas de los países periféricos. Cuba, la última reliquia en ese enfrentamiento, acaba de poner el reloj a la altura de los tiempos actuales, al revisar  los entuertos que la distanciaban del coloso estadounidense. Retornará al seno de la Organización de Estados Americanos (OEA) por la puerta ancha, cuando ese organismo languidece, al punto de que un solo candidato se presentó para la elección al cargo de Secretario General. La vinculación política, social y económica entre los países del continente, actualmente,  está asegurada,  por otros entes que como la Celac o Unasur, excluyen como miembros a Estados Unidos y al Canadá.

La Cumbre de las Américas, es en realidad un diálogo de los latinos con el Presidente americano, cuya participación aún está en duda. En todo caso, el anuncio de la posibilidad de su asistencia ha alborotado las agendas de los contertulios menores y activado las carpetas repletas de controversias existentes con el magno contrincante.

Por otra parte, la actual administración americana se encuentra enfrentada a retos geopolíticos nuevos, cuando su poderío militar y económico se halla en franco declive. Sus tradicionales aliados en Europa tienen, casi siempre, una perspectiva táctica diferente, aunque sus valores sean los mismos.

Esta reflexión se nota en el tratamiento de temas candentes tales como el programa nuclear iraní; la tensión permanente en Medio Oriente, particularmente debido a la terquedad israelí de aceptar el establecimiento de un Estado palestino; las guerras civiles que azotan a Siria, a Libia, a Yemen y a otras naciones.

Empero, la irrupción del Estado Islámico (Daesh, en árabe) por sus características peculiares de crueldad y barbarie,  ha convertido a éste en el enemigo principal de los Estados Unidos y colateralmente de Europa. Tanto así que, el Irán de los ayatolas, la Siria del despreciado El Assad, Irak y otros, resultan aliados naturales en la lucha contra el monstruo.

Una muestra de la fresca contienda geopolítica es el pleito con la Rusia de Putin, acerca de la anexión de la península de Crimea y la subsecuente guerra civil en Ucrania, atribuida a la ayuda que reciben los separatistas pro rusos de parte de Moscú. Las sanciones contra la Federación Rusa golpean fieramente su economía, pero mientras más redundantes son, crece la fiebre nacionalista y, paralelamente, la popularidad del Presidente.

Otro traspié de la diplomacia de Obama es su relacionamiento con Israel, cuyo premier reelecto, Bibi Netanyahu, desafió abiertamente la aproximación con Irán, asegurando que el programa nuclear de Teherán es un peligro latente no solo para Tel Aviv, sino contra todo el Occidente. Esa postura la expresó ante el Congreso en pleno, que ovacionó al hebreo, quien, así, propinaba una bofetada al Presidente, en su propia cancha.

Con tantas preocupaciones en su política externa, es comprensible que Obama o su representante perciban en la Cumbre a sus pares latinoamericanos como socios minoritarios estridentes, pero inocuos.

Las premisas anteriores nos sirven para conjeturar los posibles puntos del  debate entre las partes. Evidentemente, la grave situación que atraviesa Venezuela y las sanciones iniciales aplicadas por Washington, no podrán ser soslayadas en las discusiones de la Cumbre. Obama, mediante decreto ejecutivo, no piensa  en una invasión, sino en una insurrección popular que podría tornarse incontrolable y acarrear consigo un spill-over effect, es decir, un rebalse de anarquía que contamine sus costas. Maduro, preocupado, consciente de sus limitaciones, aunque fortalecido por el romántico apoyo de sus homólogos latinos, se dirigió públicamente a Obama, pidiéndole diálogo franco. No tuvo respuesta, mientras sus aliados cubanos continuaban frenéticamente las negociaciones bilaterales con el Departamento de Estado, que avanzan viento en popa, al influjo de un millón de turistas que visitaron La Habana, tan solo en el primer trimestre de este año.

Con estos antecedentes, parece llegado el momento para que Bolivia, con la dignidad que arropa su satisfactoria ejecutoria administrativa, su cabal macroeconomía, su ejercicio democrático (aun perfectible) y otros logros en beneficio de las mayorías nacionales, se empeñe en dejar atrás los amargos episodios que cortaron de cuajo las relaciones con Washington y eleve el nivel de las respectivas representaciones, dentro el Acuerdo Marco, signado ya en 2011. Por otro lado, sería oportuno conjeturar que si en las próximas elecciones presidenciales triunfara el ala dura republicana, la Casa Blanca estaría ocupada por cubano-americanos como Ted Cruz o Marco Rubio, enemigos acérrimos de los Castro, de Maduro y del Alba en general. Esa circunstancia haría imposible un diálogo constructivo para reconstituir una efectiva relación con Washington. Por ello, sería recomendable extremar esfuerzos para entablar una entente cordiale antes que Obama se marche a su casa. ¿Cómo proceder para crear una aproximación, sin “perder la cara”? Aprendiendo de la hábil diplomacia cubana, ya sea a través de una mediación amiga o directamente, enviando un agente confidencial a Washington, escogiendo para esta delicada misión no un personaje de alto nivel cuyo relumbrón sea inútil, sino a un diplomático profesional, diestro en los trajines bilaterales y astuto en el tránsito del fast tract (vía rápida) para lograr este empeño.  

En otro nivel, entre los puntos más sensibles de la agenda bilateral con aquel país, se inscribe la lucha contra el narcotráfico que en los últimos años se ha intensificado notablemente (sin cooperación americana) pero no lo suficiente según el reciente informe divulgado en Washington. Con mucha propiedad, se ha rebatido ese reclamo, señalando que en los Estados Unidos el consumo de narcóticos se incrementa, mostrando la incapacidad del gobierno federal  para controlar en su territorio esos excesos. La responsabilidad compartida para encarar ese flagelo se hace más necesaria que nunca. Para colmo, podría añadirse entre esas inquietudes la legalización del uso de marihuana en algunos Estados de la Unión. En conclusión, la “obligación de negociar” también se aplica en las relaciones boliviano-estadounidenses.

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