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Los monumentos de Azurduy y Colón en Buenos Aires

La imagen de la guerrera andina, representada en un enorme monumento de bronce valuado en más de 1 millón de dólares, no pudo ir más allá de un folklorismo estatal.

La Razón (Edición Impresa) / Gabriela Behoteguy Chávez es antropóloga, boliviana, residente en Buenos Aires, Argentina

00:00 / 28 de mayo de 2017

En Argentina, en 2013, la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner decidió relocalizar el monumento a Cristóbal Colón que se encontraba, desde 1921, en la plaza Colón, situada detrás de la Casa Rosada —espacio del poder político del país— para implantar el monumento a la valerosa heroína boliviana de la Independencia Juana Azurduy que, junto a su esposo Manuel Ascencio Padilla, luchó por la liberación del Virreinato del Río de la Plata bajo el mando del general argentino Manuel Belgrano.

El cambio de monumento causó gran polémica en la opinión pública argentina. Hubo personas que apoyaron el acto y también quienes lo calificaron como arbitrario e inconstitucional (ya que no fue aprobado por la Ley 1227 de Monumentos de Buenos Aires). Pero lo que más llama la atención es que existe un desconocimiento general de la vida de la heroína boliviana. Al conversar con varias personas, jóvenes y adultas, descubrí que algunas la reconocen por la canción de Mercedes Sosa, cuando dice: “Juana Azurduy, flor del  Alto Perú. No hay otro general más valiente que tú”; otras afirman que fue a partir del monumento obsequiado por el presidente de Bolivia Evo Morales que se enteraron que ella participó en la lucha por la Independencia; pero la mayoría no sabe quién es. Además, el monumento se encuentra totalmente cercado y resulta imposible acercarse a observarlo: una combinación de extrañeza y prohibición que refuerza el imaginario de desconocimiento.  

Ocurre lo contrario con Colón, quien además de ser conocido como el navegante italiano que “descubrió” América, su monumento es revalorizado por haber sido una donación de la colectividad italiana que tanto social como políticamente tuvo una gran aceptación migratoria en Argentina, desde finales del siglo XIX y principios del XX. La historia oficial atribuye la modernización y europeización de este país a la presencia italiana, que sin duda es emblemática de su identidad nacional.

Los monumentos son íconos de la memoria que se implanta, generalmente por instituciones públicas, para construir imaginarios sociales y discursos de identidad con base en la ideología política estatal. Según el filósofo alemán Andreas Huyssen (2015): “Los monumentos son lo más interesante en el momento en que se diseñan y cuando hay discusiones públicas, pero su capacidad expresiva como figura arquitectónica es limitada (…). Hay una frase del novelista austriaco Robert Musil que adoro: ‘No hay nada tan invisible como un monumento’”. Pues, en Buenos Aires, los monumentos se encuentran en todas partes, pero si vives en la ciudad, ya no los ves. 

En la discusión pública surgieron diferentes cuestionamientos, como el de la investigadora argentina Silvana di Lorenzo, que contrapone el emplazamiento del monumento a Azurduy a la demanda de construcción de la estatua de “La mujer originaria”.

Desde hace varios años surgió una iniciativa del historiador Osvaldo Bayer y el escultor Andrés Zerneri (que hizo el monumento a Juana Azurduy) que pretende reemplazar el monumento del expresidente Julio Argentino Roca, símbolo del etnocidio en este país, que bajo el título de “conquistador” lideró la siniestra “Campaña del desierto” (1878 -1885), también conocida como la “Guerra Contra el Indio”, que tuvo como objetivo expropiar tierras indígenas a favor del Estado argentino. Asesinando a miles de indígenas, el exmandatario usurpó millones de hectáreas. Su imponente monumento se encuentra a tres cuadras de la plaza Colón y pretende ser reemplazado por el monumento a la mujer originaria. La pregunta que se hace Di Lorenzo es: ¿por qué al gobierno de Kirchner le interesó sacar al conquistador europeo y no atendió esta otra demanda?

“Quizás uno podría preguntarse por qué el gobierno decidió cambiar el monumento de Colón y no atender el reclamo sobre el monumento de Roca. Quizás una posible respuesta se vincule con la distancia cronológica que existe entre ambos; o tal vez sea que el cambio involucra a grupos sociales y políticos diferentes. En todo caso, la desmonumentalización de ambos personajes no incide en la realidad actual de los pueblos originarios en Argentina, quienes continúan sufriendo el despojo de sus territorios como desde hace más de 500 años, con la agravación actual de ser criminalizados y reprimidos frente a la demanda de sus derechos constitucionales”, opina Silvana di Lorenzo.

Paradójicamente, durante la ostentosa inauguración del monumento a Azurduy, a tan solo unas cuadras del lugar, en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires, se encontraban acampando, desde hace más de cinco meses, alrededor de 60 indígenas de las comunidades Qom, Pilaga, Nivaclé y Wichí: que bajo la consigna de “La Tierra es nuestra vida” reclamaban la devolución de 7.000 hectáreas que les fueron usurpadas por el gobierno de Formosa en 1995. Cuatro meses después, el campamento se levantó sin que las autoridades nacionales hayan recurrido al diálogo para escuchar las demandas. 

Sin embargo, según Kirchner, el cambio del monumento de Colón por el de Azurduy es parte del proceso ideológico que vive Latinoamérica. Como expresó la exmandataria durante el acto de inauguración del monumento: “es una descolonización —en este caso— no solamente cultural, sino también intelectual y materialmente”.

Lo curioso es que en este supuesto proceso de descolonización, se mantuvo el mismo código cultural de la colonización: la imposición, que fue realizada de manera vertical desde el poder estatal hegemónico. Es por eso que la imagen de la guerrera andina, representada en un enorme monumento de bronce valuado en más de 1 millón de dólares, no pudo ir más allá de un folklorismo estatal, un ornamento indígena que reduce de manera superficial la noción de descolonización y que, obviamente, no tiene repercusiones sobre la imagen del navegante italiano.

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