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La moral del imperialismo

Benedetti: “El capitalismo tiene tres o cuatro enfermedades, pero la peor es su salud de roble”.

La Razón (Edición Impresa) / Danilo Paz Ballivián es sociólogo, investigador del CESU-UMSS

00:00 / 17 de julio de 2019

La corrupción es parte constitutiva del sistema capitalista en su fase imperial y fue más directa desde su origen de plusvalía absoluta, forma parte de lo que Carlos Marx llamó pecado original del capitalismo. Ahora como antes se basa en la explotación y saqueo de los recursos naturales y la contaminación de los suelos, agua y aire por la industria y sus desechos. Tal vez lo nuevo y contemporáneo sea el consumo de cocaína como elemento de la reproducción del propio sistema capitalista.

Es decir, en las circunstancias actuales, el capitalismo no puede existir sin el soborno de las transnacionales a las instituciones y sus jerarquías, sin el consumismo, que es la causa de la contaminación y destrucción del medio ambiente, y sin la cocaína que intermitentemente aplaca la angustia de las tecnoburocracia moderna y de la incertidumbre sobre el futuro de las clases medias en general. Estas y no otras son las contradicciones fundamentales del capitalismo global vigente.

Sin embargo, como diría Mario Benedetti: “El capitalismo tiene tres o cuatro enfermedades, pero la peor es su salud de roble”. En su cuarta fase, es capaz de utilizar estas debilidades en favor de su propia reproducción. En efecto, el Imperio hegemoniza los organismos internacionales de finanzas, economía, sociales y políticos de desarrollo, defensa de la democracia, los derechos humanos y el medio ambiente. Sí, el mismo Imperio que fabrica armas convencionales, nucleares y químicas, el que inventa guerras para preservar y aumentar sus dominios sobre los recursos naturales y los mercados, es capaz de elaborar un discurso de posverdad de lucha contra la corrupción pública, defensa del medio ambiente, respeto a los derechos humanos, democracia ciudadana, lucha contra el terrorismo y el narcotráfico.

Los países desarrollados, particularmente EEUU, fueron y son económicamente proteccionistas hacia adentro y liberales hacia afuera. Subvencionan su agricultura e industria con el fin de que los países subdesarrollados no puedan competir en el mercado mundial y al mismo tiempo les obligan al libre comercio, en el que las oportunidades de competir se reducen a nichos que no ponen en riesgo su producción industrial y agraria; pero sobre todo el Imperio y sus aliados preservan monopólicamente el conocimiento científico y la tecnología.

Estos extremos no son un doble discurso o una doble moral, es la forma más recurrente del comportamiento del poder hegemónico mundial. Ahora mismo podemos observar cómo Donald Trump impone una política proteccionista contra la producción industrial China o contra Huawei, obliga a México a ratificar el Tratado de Libre Comercio (Canadá-EEUU-México) y detener la migración centroamericana con solo amenazar con que subirá los impuestos a los productos de exportación de México a EEUU.

No hay un espacio aquí para hacer un recuento de las guerras y genocidios efectuados por el Imperio y sus aliados en los países del Medio Oriente (Irán, Irak, Libia y Siria), a lo largo de más de cuatro décadas a nombre de la lucha por la democracia y contra el terrorismo, para asegurar y ampliar sus dominios sobre la cadena transnacional del petróleo; energía insustituible hasta ahora y por ello mismo eje de la geopolítica planetaria. Es en este contexto que se debe analizar lo que ocurre hoy en Latinoamérica. Cualquier posibilidad de capitalismo de estado, de proteccionismo económico, de soberanía alimentaria, de industrialización, de democracia corporativa y de redistribución de ingresos es un atentado al Imperio.

Otra vez el Imperio, a estos procesos de liberación nacional los cataloga de populistas, para atribuirles todos los males sociales y políticos posibles, son entonces: demagógicos, prorroguistas, autoritarios, dictatoriales, depredadores del medio ambiente, económicamente incompetentes y burocráticos, particularmente prebendales, corruptos y narcotraficantes. Lo más penoso, sin embargo, es que estos estereotipos, generalizaciones, posverdades y falsedades virtuales, son divulgadas sistemáticamente por una élite de clase media profesional, política y comunicacional interna (desplazada por los procesos nacionales) que trata de demostrar estos extremos a una población significativa de desinformados.

Nada de esto, sin embargo, puede justificar que el actual gobierno no esté obligado a constituirse en la vanguardia de la defensa de la democracia y el medio ambiente, de la eficiencia y competencia de las empresas estatales estratégicas, de la erradicación de la corrupción pública y el narcotráfico. Se trata de efectuar estas tareas desde una visión propia y patriótica; con mayor razón en la prosecución de una vía revolucionaria del desarrollo económico, que no es otra que la industrialización de nuestras materias primas, el fomento de la pequeña y mediana industria y la de invertir en el desarrollo agropecuario con base campesina.

De donde vienen nuestros males no pueden venir nuestros remedios, estamos obligados a: 1. Nacionalizar la democracia, incluyendo nuestra historia corporativa a la representación ciudadana 2. Establecer una estrategia de desarrollo industrial limpio, en base a las energías de gas, electricidad y otras alternativas 3. Fortalecer el dominio estatal de los sectores estratégicos de hidrocarburos y minería 4. Fomentar, proteger y subvencionar la pequeña y mediana industria y 5. Apostar a la vía campesina del desarrollo agrícola para una soberanía alimentaria.

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