Animal Político

Mi mundo paralelo

Tanto ha desnaturalizado nuestra convivencia, que un acalorado abrazo de cumpleaños es casi difícil. Es que son las redes sociales que se han metido en nuestras vidas, que son capaces de hasta darnos muerte civil por un simple rumor. Pero ahí estamos, viviendo en ellas.

La Razón / Daniela Otero

00:04 / 17 de noviembre de 2013

Vengo un mundo paralelo en el que pasan cosas inverosímiles. Paquita la del barrio le canta a Micky Mouse “rata de dos patas”, y el ratón le responde: Gorda hija de… desatando una carcajada general. Un pollito maldice a su compañero diciéndole “ojalá te vuelvan sopa” y un perro le habla a un tal Lucho jurándole que no cometió las travesuras que, evidentemente, hizo.

Y este universo alterno no es mi exclusividad. Discurre ante nuestros ojos desde una pantalla de computadora. En este lugar, yo posteo, tú comentas, ella critica, nosotros compartimos, ellos ríen y nadie trabaja. Gracias a él, decenas de personas mandan felicitaciones de cumpleaños con los mejores deseos, aunque cuando las encuentras en la calle ni siquiera te saludan. Cientos de amigos reportan cotidianamente lo que hacen, lo que comen, lo que miran, los lugares que visitan, lo que aman, lo que odian... Y hasta muestran fotos de la fiesta aquella a la que no te invitaron. ¿Nació el bebé? Rápido, traigan la cámara para subir la foto al Facebook. ¿Se le rompió una uña? Tienen que saberlo sus contactos.

Ha cambiado tanto nuestra vida que ha provocado que un bar, ubicado quién sabe en qué lugar del planeta, aclare a sus clientes: “No tenemos wi fi. Hablen entre ustedes”. O hace que un joven cuente que, tras quedarse sin conexión a internet, tuvo que hablar con unos desconocidos que decían ser su familia. “Parecen buena gente”, decía el chico en su muro.

Y ni qué decir de cómo modificó nuestra forma de escribir. El otro día le pregunté algo a mi hijo por esta vía. “No C”, me respondió. “Se escribe ‘no sé’”, le corregí, y él me calló la boca respondiéndome: “Ya C”.

Y nada como la terrible frustración de los amantes de la escritura, como yo, que a veces nos tomamos diez minutos redactando un mensaje amoroso. “He pensado seriamente en nuestra conversación de anoche y creo que tienes razón. Me disculpo por todo lo que te dije. No pensé que iba a molestarte tanto. Te amo. ¿Me perdonas?”. A esto el insensible responde: “Ok”.

Es que las esposas lo aman, porque les permitió aumentar el control sobre sus cónyuges como nunca antes en la historia. Y, ni duda cabe, ahora la verdadera prueba de amor no es la entrega, es la revelación de nuestra contraseña de Facebook. Pobre del novio de una mujer celosa, tendrá que eliminar en el acto a todas sus amigas, especialmente a aquellas comedidas y demasiado cariñosas.

Para los hijos, en cambio, es una pesadilla. Algunos llegan a borrar a sus madres de su lista de contactos, viera usted. Porque además del bochorno de que tu madre escriba en tu muro, no todo es risas, también hay cosas serias en este infierno dantesco.

En la pantalla, atigrados y bolivaristas sostienen acalorados debates. Los oficialistas resaltan los logros del Gobierno y los antimasistas los critican y, de vez en cuando, un bonachón líder opositor aparece de repente con comentarios como “en la EMI, dictando una conferencia sobre libre empresa. Unidad es el camino”.

Incluso el Ministerio de Comunicación interactúa de vez en cuando, atribuyéndole al presidente Evo Morales frases memorables, como aquélla en la que sostenía, imaginamos con el dedo índice en alto, que “Bolpebra es la abreviatura de Bolivia, Perú y Brasil”.

Pareciera que este inframundo está digitado por un personaje parecido al diablito de Eugenio Derbez, aquel que apretaba una tecla frente a un monitor para hacer caer a un bebé, tropezar a una señora o romperse la crisma a un ciclista.

Y como todo demonio, no puede con su carácter maligno. La semana pasada mostró a una joven en una secuencia de dos fotos. La primera llorando amargamente porque su novio había terminado con ella y la segunda, ella misma, ya sin vida, colgando de una cuerda. En realidad, no sé qué fue más perturbador: si el suicidio de la muchacha o las decenas de “me gusta” que incluyeron sus conocidos.

Escabrosas son también las fotografías de perfil de muchachitas adolescentes, mostrando sus calzones de corazoncitos para obtener “likes”. Uno se pregunta dónde están los padres de estas niñas y hasta imagina que ya son víctimas de traficantes de personas. O aquellos videos de chicos de colegio maltratando a un compañero en vivo y directo o golpeando a un animal indefenso. Así de perverso es ese mundo paralelo.

No hace mucho estábamos apenas recogiendo los pancitos con los que habíamos agasajado a nuestras almas el Día de Difuntos, cuando nos estremecimos con el estruendo de un rayo que pareció caer allí, dentro de la pantalla. Pobres ilusos, creímos que aquel sismo no iba a retumbar tan cerca; en nuestras casas, en nuestra mesa, en nuestro lecho. Pero estalló como una granada en nuestras manos, soltando todos los prejuicios, los fantasmas, los miedos y las taras que, agazapados, se esconden en nuestros corazones.

Es que, aunque no lo queramos ver, en este universo alterno también se destruyen relaciones. Una mujer es consumida por las llamas de la hipocresía y junto a ella se convierte en cenizas un matrimonio. Decenas de piedras lapidarias vuelan por los aires con la esperanza de dar el tiro de gracia. Y los susurros se hacen gritos difundiendo el chisme. Y aunque no me lo crea, sólo vi a dos personas, sólo dos, que se negaron a juzgar y condenar. Yo no era una de ellas. Cuánta falta nos hizo y cómo amamos el silencio en ese momento. Cuántas veces pedimos que, por el amor de Dios, alguien pare tanta barbarie.

Es que, en realidad, todos somos plastilina moldeable en las manos de este demonio. Pequeños juguetitos, Legos, brincando de aquí para allá hasta que el ser siniestro sella nuestro destino y destruye nuestro prestigio, nuestra carrera, nuestro matrimonio, nuestra familia, nuestra vida... con un golpe de puño cerrado sobre la mesa. Entonces no queda nada, ni siquiera el recuerdo de aquellos días felices en los que con tanta alegría compartimos estados, emociones y chistes.

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