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Los mundos urbanos del trabajo

Una voluminosa capa de población de estratos medios ha mejorado relativamente sus condiciones materiales y ha modificado también —al ser más urbana— sus patrones de satisfacción de necesidades, los mismos que están hoy por hoy más vinculados al mercado.

La Razón (Edición Impresa) / Pablo Rossell Arce

00:00 / 04 de abril de 2016

El reciente Informe Nacional de Desarrollo Humano presentado por el PNUD [Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo], titulado El nuevo rostro de Bolivia. Transformación social y metropolización, nos retrata una realidad social que plantea nuevos retos con relación a la gestión de lo público. Me refiero, en concreto, a la creciente presencia de los estratos medios, al inexorable proceso de urbanización de nuestra sociedad —reflejado en el crecimiento de sus áreas metropolitanas— y al perfil joven de esa población más urbana y más de clase media.

CAMBIO. La nueva realidad como resultado del cambio. Una década de crecimiento económico (con un promedio de 5% anual), de disminución de la desigualdad y de combate a la exclusión ha dado como resultado aquella sociedad que nos describe el PNUD en su informe.

Una voluminosa capa de población de estratos medios ha mejorado relativamente sus condiciones materiales y ha modificado también —al ser más urbana— sus patrones de satisfacción de necesidades, los mismos que están hoy por hoy más vinculados al mercado.

Por otro lado, los patrones de consumo se reflejan también en nuestras importaciones de bienes de consumo (durables y no durables), que han experimentado un incremento del 160% en la última década. Parte de la explicación de esta explosión puede ser dada por los avances tecnológicos que —a su particular manera— han democratizado el acceso a un conjunto de bienes que antaño se consideraban como lujos de las clases acomodadas y que ahora forman parte del consumo cotidiano de las clases medias emergentes; la lista va desde los populares smartphones hasta los automóviles (transformados o no).

Justo es decir que muchos pequeños productores nacionales se engancharon rápidamente a este boom de demanda y adecuaron sus diseños para ofrecer —especialmente a los consumidores jóvenes— vestimenta a tono con las más recientes tendencias vistas en la producción de televisión y cine que viene de afuera. La variedad del diseño en la oferta de muebles y otros artículos de producción nacional es también indicativa de cómo algunos productores nacionales se adecuaron a una nueva estética, que refleja los cambios sociales.

Finalmente, otro fenómeno que surgió a partir del incremento del poder adquisitivo de bolivianos y bolivianas es el de los multicentros. Los multicentros y —en particular— sus patios de comidas se convierten en escenarios privilegiados para observar la democratización del consumo que vino aparejada con el ingreso de 2 millones de personas a las clases medias en Bolivia en los últimos años.

CONTINUIDADES. Las continuidades dentro del cambio. A muy grandes rasgos, lo descrito arriba refiere a algunos de los más importantes cambios de los que el informe del PNUD nos habla. Sin embargo, también nos alerta de algunas continuidades pues, paralelamente al incremento de poder adquisitivo de la población, subsisten estructuras que han sufrido muy pocas modificaciones en esta década de cambios: la estructura del mercado laboral, para ser específicos, se ha modificado muy poco; el empleo informal sigue siendo mayoritario (ha pasado del 59,3% en 2001 al 58,4 en 2012) y el empleo formal apenas ha ganado tres puntos de participación porcentual, del 35,2 al 38,3. El empleo doméstico completa la estructura laboral del país.

En un polo se encuentra el empleo formal, que otorga los beneficios sociales estipulados por ley pero que, además, puede ser regulado por el Estado; y, en el otro polo, está el empleo informal, invisible para las instituciones del Estado y donde el logro de beneficios es un resultado siempre inestable, que depende de la coyuntura del ciclo comercial y de las posibilidades de una negociación bilateral y privada.

El informe nos recuerda que nuestra estructura laboral guarda relación con nuestra estructura económica; el difícil tránsito hacia la salida de nuestro patrón primario-exportador es un proceso que está lleno de obstáculos y que tiene un horizonte de largo plazo; por ejemplo, una economía como la de Vietnam requirió décadas de aplicación ininterrumpida de políticas de desarrollo industrial para lograr una modificación   visible de su estructura productiva. Pero nuestro camino no necesariamente será el de Vietnam.

El momento exige sostener el timón en la ruta planteada: El PGDES (Plan General de Desarrollo Económico y Social) tiene claras las metas con relación a los avances en exportación de energía, potenciamiento de nuestra agricultura y el desarrollo del litio.

Pero ese esfuerzo debe ser acompañado de un viraje consciente hacia las nuevas formas de generación de riqueza; formas que están contenidas en la investigación científica de alto nivel y en la economía del conocimiento. Para ello, el PGDES contempla dos programas de arranque: el centro de investigación nuclear y la ciudadela del conocimiento. La estrategia es mantener nuestra base de recursos naturales para modificar nuestra estructura económica y, paralelamente, sentar las bases para insertarnos en áreas más dinámicas de la economía mundial.

Pese a todo, estos esfuerzos pueden ser insuficientes. El reto está en cómo mejorar la calidad del trabajo en una estructura económica y laboral heterogénea como la nuestra. Lo poco o lo mucho que se ha avanzado en conocer y en explorar las particularidades de nuestra heterogénea realidad no se ha traducido apropiadamente en política pública, pues una parte de nuestra normativa y de nuestras instituciones sigue funcionando con un modelo de regulación e intervención estatal que corresponde a una sociedad y a una economía completamente homogénea.

INNOVACIÓN. Innovar en gestión, culturas y acción política. El Informe del PNUD, entonces, nos reta a innovar. Pero el reto no es solo para el Estado, que debe profundizar en los nuevos espacios de oportunidades y debe hallar la manera de hacerse presente para mejorar los múltiples y heterogéneos espacios laborales de una juventud relativamente más instruida, más urbana y definitivamente más conectada que sus mayores.

El reto es también para las universidades, que no parecen haber comprendido que la época del crecimiento vegetativo ya se agotó. Entramos —hace mucho— en una etapa en la que se exige una conexión más ágil de la universidad con los avances científicos del mundo y se demanda un papel más propositivo del centro de estudios superiores sobre su rol en la formación del mercado laboral.

Finalmente, está planteado el reto para las organizaciones sociales: la demanda de mejor calidad y cantidad de empleo es prioritaria en la agenda de las familias, pero no siempre se refleja en las prioridades de la movilización social. Existe una agenda política que no está siendo encauzada por las fuerzas sociales de base, y ello les impide tener iniciativa en temas que serán cada vez más importantes.

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