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¡Que nadie vea!

Concebir la homosexualidad como un hecho que se debe ocultar es un signo de arcaísmo institucional. Más aún cuando hoy en día la mayoría de los países occidentales ha suprimido las restricciones para que miembros de las minorías sexuales entren a sus fuerzas armadas.

La Razón (Edición Impresa) / Loreta Tellería Escóbar

00:01 / 31 de agosto de 2014

Cuando cualquier tipo de discriminación se institucionaliza existe como un círculo vicioso que garantiza la reproducción automática del discurso y las prácticas discriminatorias. A pesar de que no siempre esto se produce de manera consciente, sus efectos inciden directamente en la realidad, como si fueran actos intencionados en contra de un grupo subordinado. La presencia de homosexuales en la Fuerzas Armadas de Bolivia representa una verdad solapada que reproduce este tipo de discriminación institucionalizada, algo contradictorio, si hablamos de un Estado que busca ser inclusivo  y democrático.

A pesar de los cambios logrados en los últimos años en la institución militar, en torno a presupuesto, infraestructura y readecuación funcional acorde con los preceptos del Estado Plurinacional, aún la reforma integral de la institución es un tema pendiente. En la actualidad, todavía contamos con una institución altamente tradicional, y esto se expresa no solo en su formación, marco normativo y organización, sino sobre todo en una estructura discursiva y conductual preñada de prejuicios.   

CAMBIOS. No se puede negar que las Fuerzas Armadas han tratado de estar a tono con los cambios internos y externos en materia de inclusión, por este motivo han encarado procesos de incorporación de mujeres e indígenas, las primeras a partir de finales de los setenta hasta 2000; y los segundos, con un proceso iniciado el año 2005 a través del programa “Igualdad de oportunidades”, suspendido en la actualidad.

Sin embargo, es necesario comprender que una política de inclusión no se reduce a la simple incorporación del mujeres e indígenas, sino supone un proceso lento y complejo, que implica cerrar una historia centenaria para dar paso a una nueva, y que asuma como premisa que “no basta con incluir al excluido, sino descolonizar y despatriarcalizar al que incluye”.

En el caso de los homosexuales, y la comunidad LGBT (Lésbica, Gay, Bisexual y Transexual) de manera general, la situación es aún más difícil, ya que no es fácil ser gay en Bolivia, y mucho menos fácil ser gay en las Fuerzas Armadas. Esto se agrava, cuando vemos que la institución se autoatribuye la condensación de los valores “más nobles” de valentía y honor, atribuidos de manera inconsciente a estereotipos masculinos. En este escenario, no es raro ser testigo de discursos y prácticas homofóbicas en círculos militares. Ya el entonces ministro de Defensa Óscar Guilarte, en abril de 2002, decía que las “Fuerzas Armadas no quieren tener en su seno a homosexuales porque temen que estas personas contagien su comportamiento a otros efectivos”, o las palabras del excapitán y excandidato presidencial Manfred Reyes Villa, en junio del mismo año, que durante una entrevista en televisión afirmaba que “el homosexualismo era una enfermedad”, para finalmente saber que el excomandante de la institución y ahora parlamentario Marcelo Antezana manifieste que en sus 35 años de servicio nunca ha escuchado de algún militar gay en las Fuerzas Armadas.

CEGUERA. Más allá de que esto constituya una ceguera total de lo que pasa al interior de la institución militar, que como cualquier otra, es diversa y representa una síntesis de la sociedad de la cual es parte, lo realmente preocupante es cuando este discurso se traduce en acciones de discriminación homofóbica. A pesar de que es muy difícil conocer denuncias oficiales de este tipo de situaciones al interior de los cuarteles y la propia institución, es un secreto no muy bien guardado, la existencia de diversos casos de violación de derechos humanos, tanto a soldados por parte de militares homosexuales como a militares homosexuales por parte de sus pares heterosexuales. 

Dentro la vida institucional, los militares que pertenecen a minorías sexuales desarrollan estrategias sui géneris para coexistir y no ser víctimas de la estigmatización laboral, expresada en un acoso psicológico permanente y una persecución incesante hasta hacerlos desertar. Una de estas estrategias consiste en formar grupos secretos de autoayuda, parecidos a las logias, donde prima una doble vida y una red anclada en lealtades que perviven a lo largo de sus carreras. Al parecer, es tanta la cultura machista y colonial de las Fuerzas Armadas, que se niegan a reconocer estos hechos y lo encubren de mil y una maneras, con tal de presentar una institución, dentro su visión, íntegra y libre de mancha.   

Concebir la homosexualidad como un hecho que se debe ocultar  es un signo de arcaísmo institucional. Más aún cuando hoy en día la mayoría de los países occidentales ha suprimido las restricciones para que miembros de las minorías sexuales entren a sus fuerzas armadas. No estar a tono con los cambios externos, y peor aún, no estar a tono con los cambios internos de un país que tiende a ser más democrático cada día, es ir contra la historia. Del mismo modo, no comprender que la democratización de las Fuerzas Armadas más allá de proclamar una doctrina antiimperialista y anticolonial, supone cambios profundos en su modo de pensar, ver y reconocer la realidad social, constituye el signo más claro de que los cambios son meramente discursivos y no culturales.

Aceptar que dentro de la institución militar en Bolivia hay homosexuales y abrir las puertas de las Fuerzas Armadas a miembros de la comunidad LGBT, no es un signo de debilidad como muchos militares lo pueden entender, es sinónimo de democracia. Y para que la democracia exista, más allá de identificar marcos normativos restrictivos, es necesario implementar cambios no solo regulatorios, sino también culturales. Si bien las actuales autoridades no tienen la culpa de haber heredado una institución de características homofóbicas, sí tienen responsabilidad sobre su continuidad en el tiempo.

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