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La negociación de la resolución de 1983 en la OEA

La resolución de la OEA de 1983 tiene la virtud de haber sido redactada junto a Chile, además de llevar su aprobación, que reconoce que debe dar una salida soberana al mar al país. Se relata cómo se negoció esta reso-lución.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Aguilar Agramont / La Paz

00:06 / 22 de marzo de 2015

La Resolución 686 de la Asamblea General de 1983 de la Organización de los Estados Americanos (OEA) es un documento histórico de cómo el Estado chileno ofreció a Bolivia negociar una salida soberana al mar. ¿Cómo fue el proceso de negociación de este importante texto que también firmó Chile? El diplomático Fernando Salazar, en ese momento embajador de Bolivia en la OEA y uno de los negociadores del documento, relata detalles del hecho.

Como resultado de esa resolución redactada por Bolivia, Chile y Colombia y firmada por todos los países miembros de la OEA el 18 de noviembre de 1983, se tiene otra aceptación chilena del derecho boliviano a una salida soberana al mar. El texto exhorta “en aras de la fraternidad americana inicien un proceso de acercamiento y reforzamiento de la amistad de los pueblos boliviano y chileno, orientado a una normalidad de sus relaciones tendiente a superar las dificultades que los separan, incluyendo en especial una fórmula que haga posible dar a Bolivia una salida soberana al océano Pacífico sobre bases que consulten las recíprocas conveniencias y los derechos e intereses de las partes involucradas”.

— ¿Qué antecedentes y contexto se tuvo en cuenta para encarar la negociación?

— “Primero se vio el contexto regional. Bolivia había recuperado la democracia un año antes, mientras que Chile vivía una dictadura secante; América Latina, de alguna manera, estaba expectante a lo que sucediese en ambos países. El presidente Hernán Siles en su discurso de posesión dijo que la recuperación de la democracia era una ofensiva hacia el sur, aludiendo a que la democracia debía ir hacia Chile, Paraguay y Uruguay”. Fernando Salazar subraya que era importante aprovechar el contexto de una América Latina que en su mayoría no miraba con buenos ojos a los regímenes militares en general y a la dictadura chilena en particular. Cuando se recuperó la democracia en octubre de 1982 —recuerda el diplomático—, el Gobierno tenía encima la Asamblea General de la OEA de ese año al siguiente mes, noviembre.

Siles se apresuró a designar un embajador para ese organismo y escogió a Salazar, quien en Washington negociaría en 1982 una resolución que busca establecer un vínculo con la del 79. La resolución de 1979 (y la de 1982) tiene importancia por su espíritu similar a la del 83, con el matiz de que Chile, aquella vez, abandonó la reunión y no firmó ese documento. Siguiendo, en 1983 hubo una seguidilla de cuatro cancilleres distintos que Siles Zuazo cambió en un lapso de pocos meses hasta la llegada de José Ortiz.

— ¿Cómo nace la negociación de la resolución de 1983 antes de la Asamblea?

— “Vi que nunca se había hecho un lobby para intentar una aproximación. Entonces Chile manda a la OEA a una nueva embajadora, Mónica Madariaga, quien era pariente de Pinochet y tenía toda su confianza. La visité y comencé una relación de comunicación con ella. Poco a poco traté de persuadirla de las bondades de la posición boliviana”. Inicialmente, los argumentos de Salazar fueron rechazados. Cuando percibió un cambio en la chilena, ésta le preguntó qué podían hacer, a lo que el diplomático boliviano contestó: “hacer una resolución en que converjan los intereses de ambos países”. A partir de ahí comenzaron reuniones semanales en que se trató exclusivamente este tema. Cuando hubo esta apertura se comunicó con la Cancillería boliviana, que inicialmente —señala— no mostró el interés que se habría esperado, cosa que luego cambiaría.

— Seguramente hubo una coordinación boliviana para la redacción.

— “Efectivamente, mi trabajo desde la OEA estaba acompañado por el de Jorge Gumucio desde las Naciones Unidas y el embajador Alfonso Crespo Rodas, que estaba de embajador ante los organismos en Ginebra. Hicimos una triangulación para poder persuadir en tres flancos a Chile”.

— ¿Cómo iba evolucionando la percepción de los chilenos?

— “Sus embajadores iban reportando lo conversado con su Cancillería, la cual no estaba de acuerdo. Pero habiendo convencido a Madariaga, ella, utilizando su proximidad a Pinochet, lo convenció. Las cosas quedaron planteadas. Se convino en que sea otro país el que presente el documento. El texto final se lo hizo sobre la base de un documento escrito en mi oficina en Washington por el diplomático Jorge Gumucio, que estaba al teléfono, Fernando Roca, ministro consejero, y por mí. De ahí salió el documento que luego se llevó a negociar y se fueron cambiando palabras. Fue un proceso de negociación serio el que produjo el texto final”.

Hubo cuatro países dispuestos a presentar en la Asamblea la resolución: México, Panamá, República Dominicana y Colombia. Finalmente fue Colombia —a través de su embajador en la OEA, Francisco Posada de la Peña, quien conversó con su canciller, Rodrigo Lloreda— el país que llevó el texto final a la Asamblea.

Ya en noviembre de 1983, la Asamblea General estaba a la vuelta de la esquina. Con la Resolución 868 negociada en Washington, los cancilleres Ortiz de Bolivia y Rodrigo Lloreda de Colombia llegaron con un día de anticipación. Lloreda leyó el texto y dio su aprobación sin añadir ni restar ningún término. Luego llegó Miguel Schweitzer, canciller de Chile.  En la Asamblea, la resolución fue aprobada. Schweitzer y Ortiz se pusieron de pie y se dieron un abrazo.

— ¿Cuáles fueron las repercusiones en Bolivia?

— “El Diario de La Paz editorializó con sorna ese abrazo diciendo que fue un error. Presencia, en cambio, hizo un editorial favorable en que decía que había que ir a la cita de Colombia. En Chile hubo críticas. (Tras la aprobación en Washington, Colombia ofreció sus buenos oficios y ser sede para empezar el acercamiento). Mientras que en la OEA hubo entusiasmo porque por fin este organismo estaba siendo una herramienta para acercar a los países”.

— Siguiendo con las consecuencias, se dice que la resolución de 1979 es la más importante, mientras que otros reivindican la de 1983.

— “La verdad es que en Bolivia se han hecho cosas buenas. La del 79 ha sido la base para la del 83. No hay una sin la otra. Incluso la del 79 no hubiese existido sin el trabajo del Gonzalo Romero en la OEA y otros foros; esta visión luego fue abonada por Jorge Escobari Cusicanqui. Lo mismo que la resolución del 83. No tiene autoría, sino que es consecuencia de trabajos anteriores de otras personas. Cuando yo estuve en la negociación del documento del 83 ni se me habría ocurrido que luego podría eventualmente servir para un juicio internacional como el actual. Además, ésta sería no una evidencia privada, sino pública”.

A modo de conclusión, hay que decir que la crítica de la opinión que hubo en Chile por haber firmado la resolución sería irrelevante desde el momento en que el mismo presidente de ese país, Pinochet, aprobó la negociación y su Canciller puso su firma en representación del Estado chileno. Hay que apuntar entonces —recordando el desafío que Evo Morales puso a Bachelet (de izquierda) a superar a Pinochet (de ultraderecha)— que la Presidenta chilena hoy se agazapa junto al parecer más conservador de la clase política de su país, cuando su antecesor dictador estuvo abierto a solucionar la mediterraneidad provocada a Bolivia no una, sino dos veces: en Charaña (1975) y en la Asamblea de la OEA, el 83, y la posterior negociación.

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