Animal Político

‘Todo normal’

¿A quién violenta que alguien decida enunciarse en femenino y que no por ello se dirá ‘mujer’?

La Razón Digital / Diego Aramburo es teatrista

15:00 / 24 de mayo de 2018

Cómo una acción personal deviene en cosa pública a través del arte?

En Proyecto GENERO confluyen al menos cinco aspectos: la legítima autodeterminación del género —y el cambio que sucedería (en mí)—, independiente que exista o no el Proyecto (ONU y Human Rights dicen: “Las personas transgénero tienen una identidad de género diferente del sexo que se les asignó al nacer; pueden identificarse con los conceptos de hombre, mujer, hombre trans, mujer trans y persona no binaria, o con otros términos”). Segundo, que se ha establecido legalmente que cualquier causa biológica, psicológica o de cualquier índole, para no identificarse con el constructo cultural asociado al género de nacimiento, debe respetarse sin discriminación ni estigmatización alguna. Luego (tercero), está el derecho indeclinable de expresarse, por tanto, de ejercer la identidad libre y públicamente. Cuarto, cabe esclarecer que hay activistas “profesionales” (con sueldo —nunca suficiente, debo decir—, para hacer avanzar su causa), activistas de base (sin remuneración, participan en organizaciones y gestiones), hay activistas que, sin ser parte de estructuras, visibilizan y apoyan causas (desde la función pública, las artes, etcétera), y existe quien apoya sin exposición o riesgo, en votaciones, eventos en internet, etcétera; estos y otros activismos son todos vitales y suman a cada causa. Y el quinto aspecto es el derecho y praxis (común) del/a artista de hacer obra de temas personales.

Así, GENERO, como objeto de arte dispuesto hacia la polis (documental-en-construcción-continua sobre un cambio de identidad y las reacciones que genera), es el espacio de diálogo/dialéctica sobre el tema, enfocado en el concepto de lo normal-lo “normalizado”:

Por ejemplo, si no es “normal” que cambie de género alguien sin “antecedente reconocible” al respecto, ¿será porque violenta que distintas orientaciones sexuales e identidades puedan convivir con la sociedad de manera desapercibida (“como si fueran ‘normales’”)? La “anomalía” de que la motivación de tal cambio no-sea el positivo “sentirse-mejor”, sino un “statement-contra” (el constructo masculino vigente), ¿la descalifica? ¿Por qué violenta que se lleve este manifiesto a hechos públicos y no solo a un “normal” actuar-acorde en lo privado? Y, siendo todos iguales ante la ley, ¿es “anormal” acogerse a una ley, aunque el resultado de su aplicación, sin objetar la misma, no sea el “normalmente” esperado? ¿Por qué violenta a otros que alguien decida perder derechos —al matrimonio, por ejemplo—? ¿A quién violenta y por qué que decida enunciarse en femenino alguien que no por ello se dirá “mujer” ni ocupará espacios destinados a la paridad, equidad y no discriminación? ¿Cuánto aceptamos realmente a seres no-hetero “normativizados”? ¿Es “normal” “defender” a los activismos-organizados de voces “no-tradicionales”, que se sumen a esas causas? ¿Y entender los activismos como “territorios cerrados”? ¿Entender el teatro como un lugar solo de ficciones y “representación” de roles —aún hoy? ¿Y seguir asimilando constructos (femenino, masculino), desde antagonismos maniqueos provenientes del binarismo, y de ninguna otra forma posible? ¿A quién violenta y por qué el no respetar a pie de letra la “norma” divisionista del patriarcado? ¿Y no respetar fronteras entre lenguajes o entre arte y realidad? ¿A quién sirven estas divisiones “normalizadas”? ¿Y la división de los activismos? ¿A quién violenta que estas “anomalías” se visibilicen? ¿Es “normal” que un ritual de duelo de cierto patriarcalismo personal se abra a la polis? ¿Y que se clame por devolver este rito a la esfera de lo privado?

Niels Righolt, representando a Dinamarca, sostenía en el Encuentro de la Comisión Europea de Cultura en Rumania, 2017, que “la vigencia del arte y el deber invertir en él, desde los Estados, reside en su capacidad (la del arte), de hacer reflexionar sobre lo que se establece como ‘norma’ sin necesariamente ser tal, para mantener las sociedades en sano cuestionamiento”.

Concluyo pues que, más allá de dónde lleguen los diálogos generados, la acción humana detrás de GENERO constata que tenemos una Ley de Identidad de Género ejemplar, lo que representa una victoria de los activismos, legisladores y funcionarios gracias a los que, quienes la necesitamos para poder legitimar nuestro ser no-del-todo-heteronormativizado, podemos acudir a ella. Es también una victoria política de un Estado que no solo debe seguir defendiendo la ley, sino dándole mayor alcance para que Bolivia avance hacia la realización de su concepción pluricultural.

Aramburo tramitó su cambio legal de género y

ahora en sus documentos figura como mujer.

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