Animal Político

Por qué nos odian tanto

Tensiones políticas y periodísticas

La Razón / Abdel Padilla

00:00 / 25 de marzo de 2012

Con un título homónimo, Omar Rincón, director del Centro de Competencia en Comunicación para América Latina Friedrich Ebert Stiftung, ha editado en 2010 una compilación de ensayos sobre la relación entre Estado y medios de comunicación en la región.

De modo que —tardíamente— aprovecho la oportunidad para comentar el texto, y en particular el capítulo reservado a Bolivia, escrito por el periodista Fernando Molina, y que me sirve como excusa para describir la que creo es hoy una doble tensión de la crisis del periodismo boliviano: ideológica y tecnológica.

La hipótesis de Molina es que —hasta 2010— la relación entre los medios y el Gobierno pasó de una etapa de polarización dura —que termina con la definición del conflicto cívico-regional— a otra de una creciente hegemonía gubernamental que se manifiesta en la agenda pública y la “normalización” del trabajo periodístico, aunque bajo la sombra de la autocensura.

Si bien comparto el sentido del tránsito de una fase a otra, intuyo que la dirección está en reversa desde enero de 2012 —gasolinazo y TIPNIS mediante—, con lo que la polarización podría una vez más tomar fuerza, aunque con una particularidad negada por unos y por otros: la influencia del poder ciudadano, en especial citadino.

Esto último explica, en parte, la segunda tensión de la crisis, con medios que han reaccionado tímidamente a la “explosión del periodismo” —como lo entiende en su último libro Ignacio Ramonet— y que resisten adaptarse a los cambios producto del impacto de la internet, que encumbra la participación del usuario haciéndolo no sólo menos pasivo ante la información que recibe, sino convirtiéndolo en todo un “creador” de contenidos y generador de opinión pública. Pero también con un Gobierno que se ha esforzado por minimizar expresiones ciudadanas —con convocatorias, todavía básicas, vía redes sociales—, como el recibimiento en La Paz a los indígenas del TIPNIS.

Esta doble tensión y una posible reaparición de la polarización pueden ponerse a prueba con la anunciada IX Marcha Indígena. Después de todo, como diría Raúl Sohr en Historia y poder de la prensa, es en los momentos de crisis —cuando “domina la confusión y la propaganda es más fuerte que la información”— que se debe medir a la prensa.  

¿Medios opositores? La recopilación de textos editados por Rincón muestra que hay de todo en la viña mediática del Señor: medios que apoyan y negocian con los gobiernos de turno, los que resisten el nuevo orden del poder constituido en defensa de su clase, los que intentan sobrellevar una convivencia democrática, los llamados paraestatales, los que suavizan su línea editorial porque saben que el que está al mando del país lo estará unos buenos años más y desde luego los gubernamentales o estatales.

Y porque en todo el mundo la prensa se estructura desde siempre en torno al poder, los medios bolivianos entran también en esta clasificación. Bueno sería saber y hacer público cómo se distribuye en nuestro país la influencia de los medios en las distintas esferas del poder. Eso sí que sería noticia… y todo un harakiri.

Por lo tanto, la tensión que se vive en otros países —Argentina, Ecuador, Venezuela…— también se siente en Bolivia, con gobiernos —como dice Rincón— cada vez más fascinados por la comunicación —porque piensan que la gobernabilidad depende de controlar las ideas públicas, en consecuencia la prensa— y con medios que se resisten a perder sus privilegios.

Molina concluye en que, debido a que la “lógica de la confrontación guía la política boliviana”, “se gobierna contra los medios y los ricos, y se informa en los medios contra el Presidente y su proyecto de país”.

¿Asumen, por lo tanto, los medios —obviamente no los gubernamentales ni paraestatales— una función de oposición política, tomando la posta de una responsabilidad que no es suya? Como sugiere Ramonet en una entrevista publicada en este suplemento, la primera semana de marzo. Por varias razones, la respuesta para la generalidad de los casos es positiva, pero merece ser matizada.

Las razones: porque —como sostiene Molina— la polarización con la prensa en Bolivia es clasista, porque la mayoría de los medios privados fue echada del paraíso y no forma parte del plan-país ni recibe los beneficios de la arbitraria distribución del dinero para propaganda gubernamental, porque al Gobierno no le interesa la aprobación de las élites, porque algunos medios no lograron negociar a tiempo algunas prerrogativas o porque simplemente son presionados por dos flancos: por un lado por el poder político y, por otro, el del empresarial.

El matiz: que el medio no necesariamente es el mensaje. El periodismo es, ante todo, un trabajo colectivo, por lo que no deben subestimarse los logros fruto de las tensiones en las salas de prensa y redacción, que también se plasman en titulares. Después de todo, la historia de la prensa está marcada por los intereses divergentes que pugnan en su interior.

Desde luego, como hay medios y medios, hay colegas y colegas: los abiertamente opositores, los conversos, los comprometidos, los que aseguran hacer sólo periodismo… y enmudecen a momento de defender un enfoque, los que han hecho de la autocensura un modo de sobrevivencia, los que se creen dueños de la verdad y, por tanto, de la opinión pública, los que no callan…  

Y he aquí que cobra dimensión la segunda tensión de la crisis de nuestro periodismo: Ramonet lo dice en palabras más llanas: “La cómoda situación de los medios y de los periodistas, que detentan el monopolio de la información en la sociedad, toca a su fin…”. Pero algo más: la función de “cuarto poder”, como contrapeso a los otros tres poderes, está cuestionada y ya se habla de un “quinto poder”, que es el control a los que informan, a los medios. Se trata de un “control ciudadano” que no sólo incide en la vida pública, sino también en las políticas públicas cuando se transforma en el llamado “ciberactivismo”.

Por ello tiene cada vez menos resultado político aquella práctica gubernamental de acaparar medios con el supuesto fin de equilibrar la arremetida mediática opositora, cuando sabemos que en el fondo a esos medios —a los oficiales— no les interesa ni el rating ni la audiencia. No tiene sentido en un escenario donde cada vez es más difícil controlar el flujo de información, y donde el ciudadano es cada vez menos ingenuo.

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