Animal Político

‘Yo opino...’

La situación de las ‘opiniones’ ciudadanas muestra la escasez de información de   calidad en los medios masivos de comunicación, las escuelas, los colegios y las universidades; es que si uno tiene voz para ‘opinar’, debe ser aún más responsable    si ésta se multiplica por estos medios y, mucho más, si uno es periodista y/o educador.

La Razón / Said Villavicencio Jaldín

00:02 / 20 de enero de 2013

No hay estandarte más alto que el del propio pensamiento y éste  —en esencia— es la savia de la opinión que viene a ser uno de nuestros derechos humanos más inteligentes, propio sólo de nuestra especie.

Sin embargo, no basta tener voz para “opinar”, esto es utilizar la palabra —hablada y escrita— como ejercicio de nuestro derecho de hacernos escuchar, sino tenemos la obligación de ser responsables con lo que decimos y escribimos, sobre todo si nuestra voz —pensamiento y palabra— se multiplica por los medios de información masiva y, mucho más, si somos profesionales en comunicación que ejercemos el periodismo y, por supuesto, más todavía si trabajamos como educadores.

Esto que parece tan obvio, en gran parte del país ha sido olvidado por muchos ciudadanos, quienes a la hora de darle volumen a sus ideas —en la mayoría de los casos— divorcian sus lenguas de sus cerebros y en vez de analizar, reflexionar, evaluar con base en razones, datos, argumentos y fuentes diversas, pero autorizadas sobre los hechos de la realidad que abordan, es decir “opinar”: descalifican, adjetivan, mienten, exageran, tergiversan, desproporcionan… sobre la base de hipótesis, suposiciones, creencias, sutilezas, prejuicios… en síntesis “especulan”.

¿Dudas? basta escuchar o ver los programas y espacios de “opinión” que se han agigantado con las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (llamadas por celular, SMS, correos electrónicos, blogs, redes sociales…), ya desde hace algunos años, y se complementan con las cartas al Director, propio de los medios impresos.

Todas esas opiniones ciudadanas, que en palabras de Bourdieu hacen a la “demagogia de lo espontáneo”, en la gran mayoría de los casos no contribuye en nada al mejor conocimiento de los hechos noticiosos y temas de utilidad social e interés general de la ciudadanía y, por el contrario, los intoxican, echan sombras y gran hojarasca sobre ellos, si es que no terminan por desviarlos hacia territorios irrelevantes, anodinos… que colindan con la farándula o el sensacionalismo.

Esta realidad debe interpelarnos, en especial a los periodistas, además de profesionales en comunicación y en educación, pues la materia prima con la cual los ciudadanos construyen sus “opiniones” es la información, y ésta se multiplica en los centros educativos, sobre todo, por la acción docente y a través de los medios masivos: prensa, radio, televisión y multimedia. Y, tal y como están las “opiniones” ciudadanas, se puede afirmar que la información de calidad en los medios es muy escasa y esta realidad no es muy diferente en las escuelas, colegios, universidades…, lo que debe hacer parar mentes a todos los profesionales comprometidos con la educación y la comunicación, que reclama —con insistencia— mejor calidad y pone en evidencia que “cuanto más excelsa es una profesión, tiene menos individuos que estén a su altura”.

Este cuadro entre las “voces autorizadas” que pueblan la geografía de los medios es más deprimente, dado que allí palpitan diversos focos de infección que atacan la salud del periodismo y explican —en gran medida— su escasa credibilidad entre los ciudadanos. En este escenario, los protagonistas visten “trajes de inocencia” y se abusa de sustantivos seductores, como el de “analista”, cuya magia los libera de sus antecedentes político-partidarios, credo religioso y, por supuesto, intereses económico–financieros que tienen en la sociedad.

Todas estas manifestaciones perniciosas diseñan el perfil de los “analistas–comentaristas” , “articulistas–columnistas”  y “empresarios–periodistas” . De esta trilogía el segmento más nocivo, sin duda alguna, es el de los “empresarios–periodistas”, pues ellos —en el mundo de la realidad y en los hechos concretos— usan a la información como mercancía y a la “censura” como un instrumento de su “derecho empresarial”, así se esfuercen y esmeren en aparecer como simples “periodistas”.

En consecuencia, opinar implica —para toda persona— ejercer el derecho de libre pensamiento y la responsabilidad total de cuanto se diga “En voz alta” (palabra hablada y escrita) y para los periodistas, además, una interpelación permanente con raíces muy amplias y profundas porque “la opinión, como derecho humano y género periodístico, es diferente a la especulación”, y nosotros los seres humanos —a diferencia del resto de las especies— no sólo tenemos voz, sino el don de la palabra.

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