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El oro en Bolivia

La quimera de una prosperidad generalizada con la explotación de oro se desvanece en las penurias que viven los barranquilleros, trabajadores sin patrón, que siguen la huella de la explotación para poder obtener una chispa (décima parte de un gramo de oro) y con ello sobrevivir en el día.

La Razón (Edición Impresa) / Pablo Poveda

00:02 / 14 de junio de 2015

A fines de mayo, el Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario” (CEDLA) ha presentado la investigación El oro en Bolivia, que trata aspectos del mercado, producción y medio ambiente relacionados con el metal precioso; asimismo, puso a consideración un conjunto de ensayos sobre la explotación de oro en algunos países de Sudamérica (Bolivia, Colombia, Ecuador, Brasil y Argentina).

Esta investigación nace para llenar la ausencia de estudios económicos, sociales y ambientales específicos sobre la explotación del oro en nuestro país. En un periodo en que los precios internacionales han batido récords de cotización (de 271 dólares la onza en 2001 a 1.669 en 2012; actualmente se mantiene en torno a 1.200), la producción nacional de oro ha crecido de 6 a 7 toneladas en promedio al año hasta 2011, para saltar a 27 toneladas en promedio los tres últimos años; asimismo, el número de cooperativas auríferas se ha incrementado aproximadamente de 500 a 1.100 y, con ello, la conflictividad social.

UTILIDAD. El mercado mundial del oro es importante porque es el dinero mundial, aparte de ser usado en otras aplicaciones industriales, como en odontología, microcableado de equipos electrónicos y joyería. La demanda de oro subió de 2.920 toneladas en 2004 a 4.957 en 2013.

Los principales actores del mercado son los Bullion Bank o bancos de lingotes de oro, que son intermediarios entre productores y consumidores (bancos centrales, refinerías, casas de moneda, joyerías). La fijación de precios les permite a estos bancos jugar con diversas tasas de interés en el tiempo, para asegurar grandes ganancias, las cuales no están exentas de fraudes y especulación. Por ejemplo, en 2013 las transacciones de (movimientos) futuros (del precio del oro) en la bolsa Comex (Commodity Exchange) de Nueva York fueron del orden de 147.000 toneladas, el 84% del oro producido en todas las épocas.

Los bancos centrales tienen en sus bóvedas una magnitud de oro equivalente para realizar la circulación mercantil capitalista, se trata del respaldo de los billetes y monedas emitidos, del dólar principalmente. Cuando la Reserva Federal de los Estados Unidos emite dólares sin respaldo, genera inflación, lo cual hace muy a menudo para paliar sus déficits comercial y fiscal. La deuda pública de Estados Unidos en 2003 era de 5,6 billones de dólares y en 2013 de 16 billones (1 billón=1 seguido de doce ceros); mientras que la emisión en términos PIB (Producto Interno Bruto) constantes a 2005 fue de 5% del PIB en 1970 y 26% en 2012.

Este escenario de crisis de los Estados Unidos, frente al crecimiento vertiginoso y desordenado de China (la cual se presta a sustituir a la principal potencia), estará cargado de distorsiones en el mercado monetario internacional en los próximos años. En ese sentido, los efectos más dramáticos para el país (que sí los hay), no estarían concentrados en la caída del precio del oro, sino en las distorsiones monetarias, pues una vez que el emisor obtiene el impuesto, los precios suben y son los consumidores finales quienes asumen las pérdidas (en Bolivia, en 2003 la base monetaria era de Bs 5.000 millones y en 2014 llegó a Bs 61.250 millones). Asimismo, el impacto del desplazamiento del centro económico mundial implica transformaciones profundas en los sistemas de producción y el empleo, exacerbando aún más el carácter primario de la economía.

También existe un fuerte componente de acumulación de oro en forma de joyas en países donde existen clases medias emergentes, como China, India y Brasil. Son tesoros que no facilitan la acumulación de ganancia, que además de resguardar los ahorros de sus atesoradores contienen la caída de los precios. Por otra parte, las aplicaciones industriales tienden a ser sustituidas por otros materiales como el cobre.

INCREMENTO. En ese escenario, la producción de oro de mina en Sudamérica ha ido incrementando y diversificándose. En 2004, se extrajeron 399 toneladas de oro y en 2013, 531. Las nuevas tecnologías masivas, con lo que se extrae un gramo de oro luego de remover tres toneladas de tierra, se han extendido en los países, siendo el oro una de las principales exportaciones. Las empresas que controlan la producción mundial han estado obteniendo ganancias extraordinarias gracias a la coyuntura favorable de los precios; por ejemplo, en 2012 el valor de una onza de oro era de 1.578 dólares, mientras que el costo total promedio para extraer una onza de oro era de 777 dólares.

Sin embargo, los enormes ingresos obtenidos de la explotación de oro en Sudamérica no se quedan en los países, los Estados tienden a facilitar su explotación cobrando bajísimas regalías, que no superan el 3% del valor bruto de la producción. En efecto, en 2014 Bolivia produjo 34 toneladas valoradas en 1.400 millones de dólares, de los cuales apenas 37 millones de dólares (2,6%) fueron cobrados como regalías.

En cuanto a la forma de explotación de oro en la región amazónica de Bolivia (Mapiri, Tipuani y Guanay), como ya se mencionó, ésta está controlada por el sistema cooperativista. Contrariamente a lo que se podría esperar acerca de los principios de la producción cooperativa (igualdad de derechos y obligaciones, control democrático, sin fines de lucro, distribución de excedentes conforme al trabajo aportado), hay una heterogeneidad de cooperativas y diferencias al interior de ellas. Parece que la legislación favorable para el sector, por su carácter social y generador de empleo, ha motivado a que empresas privadas se adhieran para obtener ventajas.

El mecanismo, más o menos, es el siguiente: un grupo de personas, generalmente del lugar, se reúne para pedir alguna concesión y conforma su cooperativa. Como no tiene el capital para llevar adelante las operaciones (se habla de un millón de dólares para este tipo de emprendimiento), buscan un socio inversionista. Realizada la extracción, el socio inversionista se queda con una proporción de oro que va del 70 al 90%, entregando el resto a los socios cooperativistas, como una renta por explotar su yacimiento.

Sin embargo, no todas las operaciones cooperativas tienen este final deseable; la gran mayoría, en la medida en que la calidad del yacimiento disminuye, conforma cooperativas con gran número de socios y poco capital, o también se constituyen cooperativas familiares en los yacimientos más marginales.

Al interior de las cooperativas también hay diferencias: existe el socio con plenos derechos, el trabajador representante del socio, y los asalariados; muchas veces, su salario se cobra con la explotación personal de oro en algún momento de la jornada. La quimera de una prosperidad generalizada con la explotación de oro se desvanece en las penurias que viven los barranquilleros, trabajadores sin patrón, que siguen la huella de la explotación, para poder obtener una chispa (décima parte de un gramo de oro) y con ello sobrevivir en el día.

Finalmente, está la contaminación ambiental, un tema desconocido al que no se le está prestando la atención debida. El Mercury watch (proyecto de Naciones Unidas) que hace el seguimiento del consumo de mercurio en el mundo, señala que los productores de oro en el país estarían consumiendo unas 120 toneladas anuales, una cifra alarmante si se considera la alta toxicidad del mercurio para la salud y la vida.

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