Animal Político

Ese oscuro deseo del objeto

A propósito del machismo

La Razón / Julio Peñaloza Bretel

00:00 / 11 de marzo de 2012

A 35 años del estreno de Ese oscuro objeto del deseo (1977), última película del maestro Luis Buñuel, demasiadas cosas han sucedido con las luchas por la igualdad en todos los órdenes y contra todas las formas de discriminación.

A estas alturas, iniciada la segunda década del nuevo siglo, se hace inocultable que lo oscuro en realidad no es el objeto, sino el deseo, y por ello, invierto aquí el título buñueleano, al no haber lugar para el debate acerca de los móviles que guían las tenebrosas conductas extraviadas y devastadoras de los violadores de niñas y niños que producen a diario el recrudecimiento de la violencia intrafamiliar en los mundos laterales de la marginalidad, que nos confirman que hay un culto por la importancia del Estado y poco esmero en la utilización de sus poderosos instrumentos para impactar positivamente en la convivencia social. En teoría, el Estado se debe a la sociedad, pero cuando funciona como fetiche o reinvención en sí mismo, las consecuencias pueden ser las del bloqueo de quienes viven extasiados con el poder, y se conducen posponiendo para las calendas griegas ciertas obligaciones relacionadas con la educación, la salud pública y la vida colectiva.

En el contexto descrito, el dominante deseo sexual masculino en órdenes socioculturales falocráticos como el nuestro, se caracteriza por lo oscuro, pérfido, malvado, enfermizo y tantas veces aniquilador: luego del acto posesivo forzado que conlleva violencia, el desenlace puede ser el exterminio del otro, y con todo ese contexto decidido y supervisado por los designios patriarcales hay que abominar la utilización simbólico-lasciva de la mujer que se manifiesta en distintos grados o intensidades de intimidación, en búsqueda de sujeción a la complacencia masculina, desde las aparentemente insignificantes “pasarelas” a las que en los programas televisivos se obliga sutilmente a las invitadas de turno —modelos, candidatas a reinas de belleza, etc.— hasta la extorsión laboral que adolescentes, señoritas y señoras deben soportar con cierto tipo de pedidos-instrucciones a cambio de un salario generalmente miserable.

Hay que interpelar sin concesiones la integridad de los varones que basan su relacionamiento social en el récord de copulaciones obtenidas en la vitalidad que les facilitan sus facultades o, dicho de otro modo, en la supuesta cantidad de trofeos que estos especímenes ostentan en la imaginaria vitrina de sus heroicos pasatiempos. A esto hay que añadir la incontinencia verbal de quienes practican la tertulia de a cuantas y a quienes fundieron estos esclavos de la supremacía basada en la supuesta preminencia del sexo fuerte frente al otro o a la otra, al débil, utilizable, moldeable, cogible y finalmente desechable.

Hombre y macho son dos cosas distintas. El hombre piensa y el macho funciona, en tanto la guía de acciones de este último está gobernada por la obsesiva cacería de presas, muchas veces cometida con la permisiva complicidad femenina que con su conducta valida esa feroz supremacía. Y aquí viene la segunda parte de este discurso de dominación con el que se perpetúa el patriarcado totémico y en el que entra en el ruedo algún feminismo que utiliza solamente el apellido paterno de sus intérpretes, condenando a sus madres a través del uso de sus “generales de ley” a la inexistencia, enorme contrasentido de quienes salen todos los días a las calles para reclamarle al machismo y a esas “otras”mujeres que intervienen en la actividad política y tienen la desgracia de que sus maridos, involucrados en la misma actividad, auspicien o fomenten torneos de senos-cintura-caderas.

Machos de oscuras inclinaciones y feministas aparentemente irreverentes y contestatarias del brutal aparato de poder masculino se diferencian en tanto para ellos el pene es símbolo de invencibilidad y para ellas un insignificante artefacto, pero que tienen en común hacer de la mujer un objeto-dispositivo de lucha, los unos para reproducir incesantemente la supremacía a través de distintas estrategias de conquista, desde la galantería hasta la violencia física, y las unas para instrumentarla como máquina de hacer política en nombre de la reivindicación y la defensa de sus derechos, abominando el matrimonio y otras hipócritas y opresivas instituciones, de las que nacieron, en la mayor parte de los casos, ellas mismas, así como sus hermanos o sus hermanas.

Para completar esta lectura, hay que examinar el rol de las miles de millones de mujeres-cebo que no son precisamente feministas, y les interesa muy poco no ser sometidas por el hombre. Son precisamente aquellas dóciles y obedientes ante maestros y maestras de ceremonias de distintos pelajes, según las circunstancias, que aceptan caminar frente a cámaras, haciendo “pasarelas”. Conscientes de su condición de objetos, a partir de los viscosos deseos masculinos, han sabido blanquear el misterio y manipular el deseo incontrolable del varón con el que las industrias de la belleza en sus variadas formas hasta la pornografía, pasando por las artes y diversas expresiones creativas, funcionalizan hasta lo patético la penosa bicefalía masculina en la que la cabeza inferior dicta qué hacer a la cabeza superior.

Algunas fanáticas verán en esto una especie de venganza encubierta para instalar la pregunta de quién usa a quién. Lo indiscutible es que cuando las activistas van a tirar tomates a algún hotel cinco estrellas y buscan ingenuamente impedir que los varones de las empresas auspiciantes inicien la cuenta regresiva para iniciar el show, no divisan que el negocio de lo femenino se concreta siempre y cuando las féminas quieran. La paradoja está en querer jalarles las corbatas a los sponsors por su culpabilidad, cuando las chicas saltan al escenario aceiteadas y semidesnudas porque se les pega la gana, se sienten bellas, glamorosas, ganadoras y capaces de hacerle sentir a la babosa concurrencia que lo que más se desea es lo que no se puede tener.

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