Animal Político

Ningún país se ha desarrollado sin urbanización

Hay que promover la densidad económica y demográfica, superar las distancias hacia los lugares más prósperos y alentar la movilidad y la migración. Las políticas ruralistas que tienden a retener a la población en sus lugares de origen han demostrado ser un verdadero fracaso.

La Razón (Edición Impresa) / René Pereira Morató

00:00 / 04 de abril de 2016

Se estima que desde 1988 Bolivia es un país predominantemente urbano y que hoy 7 de cada 10 habitantes residimos en ciudades. Fue a finales del siglo XX que se han dado estas grandes transformaciones; no obstante, una lectura intencionalmente política que perseguía empoderar al sujeto indígena campesino originario impidió mirar con cierto grado de objetividad a la Bolivia urbana.

El Informe Nacional sobre Desarrollo Humano en Bolivia, El nuevo rostro de Bolivia. Transformación social y Metropolización coloca a la urbanización, ligada a la ampliación de la población joven en edad de trabajar y la emergencia de las llamadas “clases medias”, como elementos centrales en la reflexión.

No obstante, este documento no se refiere a la actual crisis de la ruralidad, caracterizada por caídas importantes de la producción y la productividad, lo que trae como efecto economías de subsistencia. En efecto, estamos asistiendo al fenómeno de la desertificación social rural, especialmente en tierras altas, consistente en la salida estrepitosa de la población indígena joven hacia las ciudades. Esta migración “generacional”, que busca destinos urbanos, deja a sus comunidades de origen despobladas del segmento más rico potencialmente y a una población adulta mayor cuidando a los niños rurales. Este es el tema fundamental: nos urbanizamos rápidamente a costa de la descampesinización y la desruralización ineluctables.

Comentarios que se expresaron en la noche de la presentación del informe, como el de la “vuelta al campo” y la “reactualización de la residencia rural”, son expresiones que parecen no haber comprendido a cabalidad, o caen en la persistente resistencia a leer “el nuevo rostro de Bolivia”, caracterizado por la expansión de las ciudades mediante la metropolización. Bolivia es un país urbano, y esta situación pone de manifiesto la incapacidad de todos los gobiernos de promover el desarrollo rural.

Ya se hizo demasiado en favor de la población rural y las políticas resultaron ser ineficientes e ineficaces. Ahora es tiempo de colocar a la urbanización y metropolización como los motores del desarrollo. Ningún país del mundo se ha desarrollado sin urbanización. La urbanización es condición del crecimiento económico y del desarrollo; deja de ser una influencia oculta y pasa a ser un sujeto primario de atención prioritaria.

La apuesta por el “desarrollo armónico” es populismo barato en un modelo como el actual, de capitalismo generador de desigualdades. Las actuales diferencias entre el campo y la ciudad no se han reducido; las asimetrías entre los departamentos, tampoco; la prueba clara es que Chuquisaca, Potosí y Beni siguen siendo rurales. Es más, dentro de este proceso metropolitano quedan excluidos los restantes departamentos como Beni, Pando, Oruro, Potosí, Tarija y Chuquisaca.

¿Qué hacer cuando el crecimiento económico es desequilibrado geográfica y socialmente? ¿Qué hacer cuando se observan que las disparidades son prácticamente inevitables? Además, parece que no existiría ningún argumento para pensar que el crecimiento económico y el desarrollo se extiendan uniformemente.

Una poderosa pista es la que señala el informe que comentamos. El 46% de la población boliviana vive en las tres regiones metropolitanas, lo que supone una muy alta concentración demográfica, pero esta densidad humana va correlacionada con su alta capacidad de generar riqueza. En efecto, en solo cuatro municipios: Santa Cruz, La Paz, El Alto y Cochabamba se genera casi la mitad del PIB de todo el país, 48%.

Por tanto, lo aconsejable es que hay que promover la densidad económica y demográfica; hay que superar las distancias hacia los lugares más prósperos y alentar la movilidad y migración. Las políticas ruralistas que tienden a retener a la población en sus lugares de origen han demostrado ser un verdadero fracaso. Les ha ido mejor a las que han propendido a una mayor movilidad de la fuerza de trabajo.

Y ¿por qué no pensar que este proceso urbano y metropolitano, más allá del mito del desarrollo armónico, pueda permitir la convergencia de Oruro y Potosí teniendo a La Paz como pivote dinámico, y, Chuquisaca y Tarija al lado de Cochabamba, así como a Beni y Pando al lado de Santa Cruz?

Es tiempo de las ciudades frente a un fenómeno irreversible: la urbanización. La inacción y el descuido del Estado Plurinacional bloquearían este interesante proceso de transformación social.

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