Animal Político

El ‘país tranca’

Hacer un trámite en una repar-tición del   Estado es catalogado como una tortura por el grueso de la población; no obstante, del ‘país tranca’ relatado por Baptista Gumucio en 1976 al que rige en 2012, se han agilizado papeleos, como los que involucran a los carnets de identidad, las licencias de conducir y los pasaportes.

La Razón / Mario Espinoza

00:02 / 30 de diciembre de 2012

En qué estaría pensando Max Weber cuando dijo que: “…la burocracia es la organización eficiente por excelencia. Para lograr esa eficiencia, la burocracia necesita describir anticipadamente y con detalles la manera que deberán hacerse las cosas.” En todo caso, si estaba pensando en algo, seguramente no sabía que Bolivia existía.     O no le interesaba su existencia, que al final es lo mismo.

En el libro que coordinó Mariano Baptista Gumucio: El país tranca,  editado en 1976, se habla de la burocracia boliviana con conceptos absolutamente contrapuestos a los descritos por el alemán Weber, considerado uno de los fundadores del estudio de la administración pública.

En el documento dirigido por el “mago” existen referencias a la burocracia boliviana que seguramente fueron ideadas por Franz Kafka, de  quien Carlos Mesa dijo que si hubiese vivido en Bolivia, sería considerado un autor costumbrista. El texto, una colección de críticas basadas en experiencias personales, tiene artículos de firmas consagradas como Wálter Montenegro, Augusto Céspedes y Paulovich, amén del propio Baptista Gumucio.

La descripción que hace Baptista del ejercicio de recoger un simple sobre, de lo que fue AADAA o Almacenes Aduaneros, que era lo mismo, tiene casi el mismo argumento, analógicamente, claro, de la transformación de un hombre en una cucaracha en el relato desesperadamente lento pero magistral que hace la pluma de Kafka en La metamorfosis.

A tal punto llegó la burocracia boliviana que el gobierno dictatorial de Hugo Banzer determinó una sui géneris “visa de reingreso” a los bolivianos que, habiendo salido del país, debían regresar a su patria. La determinación que se usó para mantener  fuera de Bolivia a los “extremistas” fue usada luego para crear una frondosa como inútil burocracia. Hacer un trámite en cualquier repartición del Estado se convirtió a lo largo del tiempo en una tortura que con suerte concluía con las decenas de firmas, inspecciones, pagos respaldados por simples recibos, vistas y en todo caso: días, semanas, meses o años después de haber iniciado cualquier trámite.

Con semejante carga prejuiciosa, en octubre de este año tomé valor y obligado por las circunstancias decidí destinar un mínimo de cuatro días para renovar mi licencia de conducir y mi pasaporte. Un buen libro serviría de pasatiempo mientras —pensaba— iba a esperar en las largas filas  de la burocracia estatal.

En horas de la tarde de ese octubre ingresé a las oficinas de Tránsito y tuve la suerte de no encontrar fila alguna. Tras el pago de algunos valores, me enviaron al Banco Unión para otro pago. Cuando volví 15 minutos más tarde, sólo esperé 10 minutos para una revisión del oculista  y la entrega de algunos documentos para dirigirme, posteriormente, a las nuevas oficinas del Servicio General de Identificación Personal (Segip) en la calle México de la sede del gobierno.

Una vez allí, tras la entrega de los documentos, mi apellido que alguien llama, una foto, algunos datos y cinco minutos más tarde, cuando apenas había logrado leer una página de mi libro, me entregaron mi licencia de conducir. En ese momento atribuí a la suerte el hecho de que me la proveyeran en 45 minutos; por eso tuve tiempo de ir a las oficinas de Migración, pensando que el Segip estaba administrado por gente nueva, pero que Migración sería otra cosa.

Para no abundar en detalles, basta con señalar que entre recabar un par de documentos, ir al Banco Unión nuevamente para pagar los valores, la entrega de los documentos, la foto, las huellas, la firma y, finalmente, la entrega de mi pasaporte, pasó, con suerte, una hora. Cuando relato esta parte de la historia del “país tranca” a mis amigos, éstos suelen atribuir mi “suerte” a mi posición de periodista y cierta condescendencia que tiene la burocracia con el gremio. No es así. No en este gobierno y mucho menos conmigo. Nadie, como debe ser, mostró un minuto de consideración con el periodista de El pentágono, de radio Fides y columnista de La Razón. Todos fuimos absolutamente iguales ante la ley o por lo menos eso es  lo que observé en los minutos que me tocó estar ante la burocracia.

¿Qué es lo que ha cambiado en Bolivia entre El país tranca que relataba Mariano Baptista y éste de 2012? No mucho seguramente. Pero entre las cosas positivas, hay que reconocer, se han agilizado algunos trámites. Aún falta mucho; sin embargo, desde que Antonio Costas se hizo cargo de Identificación y las licencias de conducir, algo ha cambiado. No es sólo eso. Migración sigue dependiendo del Ministerio de Gobierno y las cosas se han acelerado. Por ahí, a alguien se le ocurre que Costas, o alguien con su misma capacidad, se haga cargo de otras reparticiones como Derechos Reales, por ejemplo.

Mientras tanto, por ahora ha quedado en el recuerdo la ¿anécdota?.. que contaba el Chueco Céspedes en el libro referido líneas arriba: Una niña de 11 años que viajaba a Lima había cumplido con todos los requisitos para emprender la partida: pasaje, pasaporte, visa, certificado de sanidad, autorización de Coname, vacunas y un largo etcétera. Pobre. Se tuvo que quedar porque sus padres no sacaron la solvencia tributaria que exigía la burocracia de la época. La pequeña, obviamente, no era ni de lejos una sospechosa de estafar al fisco. Fue en ese momento una de las víctimas de la burocracia boliviana que no leyó a Weber.  

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