Animal Político

Del pasamontañas a la máscara

Los zapatistas son precursores de las nuevas formas de protesta en las redes. Los insurgentes se sirvieron de la red para tejer un movimiento global de solidaridad.

La Razón (Edición Impresa) / Mario Tascón y Yolanda Quintana

00:00 / 26 de enero de 2014

Cuando el 1 de enero de 1994 el autodenominado Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) inició su insurrección en varios municipios del estado mexicano de Chiapas, casi todo el mundo pensó en una revuelta campesina. Pero en realidad también comenzaba uno de los primeros “conflictos en red” en la historia del activismo.¿Qué es lo que realmente les hace ser precursores de las nuevas protestas que están recorriendo el planeta? ¿Qué paralelismos existen entre la lucha zapatista y las recientes reivindicaciones en la red en Brasil o España?

Los zapatistas y sus simpatizantes anticiparon formas de acción y estrategias que hoy son clave en las movilizaciones como la Primavera Árabe o el 15M. Desde que ellos comenzaron las alianzas de la sociedad civil con hackers (en el sentido de expertos informáticos de especial habilidad) para el desarrollo de herramientas usadas en “ciberacciones”, comienza a ser notorio el anonimato simbólico o el uso de internet para crear redes de difusión y apoyo.

Los insurgentes se sirvieron de la red para tejer, por primera vez en la historia del activismo, un movimiento global de solidaridad y para transmitir información sin mediadores. En realidad, este último fue un efecto no del todo buscado. Los medios fueron, en aquellos primeros momentos, el principal objetivo de su estrategia de comunicación. Los comunicados zapatistas se preparaban inicialmente como notas por escrito y eran los periodistas, o los amigos, quienes posteriormente los pasaban a formato electrónico para su distribución en internet. En cualquier caso, al poco tiempo, había docenas de webs, en varios idiomas, con información detallada, de primera mano, sobre la situación en Chiapas.

Más allá de esta capacidad de difusión, el potencial de internet se puso particularmente de manifiesto en la organización de dos encuentros internacionales en 1996 en Chiapas y en España en el verano de 1997. Miles de activistas de más de 40 países asistieron a las “cumbres” zapatistas. Una participación que hubiese sido difícil de lograr sin la red y que, además, anticipaba alianzas de largo recorrido como con el activismo de los Centros Sociales Okupados, que fueron sede (los madrileños Laboratorio y La escalera Karakola) de parte de aquellos eventos.

Además de en los movimientos de desobediencia civil, el nuevo activismo en la red hunde sus raíces en el hacktivismo (hacker + activismo), que es la utilización de herramientas y medios digitales para la realización de acciones que llamen la atención de la sociedad, para así intentar conseguir cambios políticos o legislativos. Se basa en que quienes saben programar pueden, por ejemplo, alterar el correcto funcionamiento de las redes de comunicaciones o el propio Internet. Esas alteraciones llamarán la atención de la sociedad, que conocerá así los motivos de las protestas.

El primer arma de este tipo fue el Zapatista FlooNet, creado por el colectivo de artistas, informáticos y comunicadores Electronic Disturbance Theatre. Se trataba de una herramienta para realizar lo que denominaban “sentadas digitales”, inspiradas en las manifestaciones virtuales ideadas en 1997 por el colectivo italiano Los Anónimos. La táctica era una variación de los llamados “ataques de denegación de servicio”: un volumen inusualmente grande de peticiones recarga el equipo que está sirviendo páginas web del objetivo, dificultando su acceso o impidiéndolo si el servidor llega a bloquearse. Se usó por primera vez en 1998 contra tres sitios simultáneamente: la web del presidente mexicano, el Pentágono y la Bolsa de Frankfurt, como protesta por la matanza de 45 campesinos en la comunidad de Acteal.

Sin embargo, no se trataba de un ataque de ese tipo propiamente dicho. El “Zapatista FloodNet” se basaba en una idea esencial que luego hemos visto repetida: el goteo de multitudes conectadas que, en un momento preciso, se sincronizan para la acción. Para su funcionamiento precisaba de la participación efectiva y sincronizada de miles de personas. La idea era transmitir el mensaje: “somos muchos, estamos alerta y observamos con atención”.

Una versión actualizada la hemos podido ver hace unos meses en España con la herramienta Toque a Bankia, desarrollada, exactamente igual que aquél, por una colaboración entre programadores (el grupo Hacktivistas) y artivistas (el colectivo GILA), y que combinaba la geolocalización con redes sociales para promover acciones presenciales de clientes en oficinas de la entidad bancaria.

No es casual la participación de artistas y expertos en comunicación y diseño en estas acciones. Junto con el componente más técnico, otro elemento esencial de las nuevas formas de protesta es el de la comunicación de guerrilla. Unas técnicas que se basan en la idea de que “alterar el código es más subversivo que destruirlo”. El Zapatista FloodNet permitía personalizar el mensaje que devolvía el sitio web “atacado”, con frases como: “Derechos Humanos no encontrados en este servidor”.

La comunicación de guerrilla centra buena parte de su estrategia en la batalla en torno a los símbolos. Y ahí el pasamontañas de Marcos, igual que en la actualidad la máscara de Guy Fawkes, anticipaba la reinterpretación del liderazgo de las nuevas revoluciones, en las que los perfiles individuales se difuminan en una identidad colectiva. Una idea que puede resumirse en la frase del Subcomandante: “detrás de nosotros estamos ustedes”. O, de forma más directa, cuando escribieron: “Marcos es un ser humano, cualquiera, en este mundo. Marcos es todas las minorías intoleradas, oprimidas, resistiendo, explotando, diciendo: ¡Ya basta!”

El pasamontañas, el nombre irreal o la ausencia de biografía de su portavoz, no hacían sino evocar al “todos”, del mismo modo que el colectivo Anonymous apela al 99%.

Por último, el EZLN también representa una nueva concepción de la política, distribuida, ajena a jerarquías y a estructuras verticales, y que se resume en su conocido lema: “Aquí manda el pueblo y el gobierno obedece”, muy presente en los nuevos formatos y discursos con que los que el activismo de nuestros días se propone “reiniciar” el sistema. Y aquí encontramos otro de los paralelismos entre los zapatistas y las actuales formas de protesta. Frente a movimientos sociales convencionales que persiguen un fin reconocible y limitado, el activismo en red, tal como lo hemos visto en Occupy Wall Street, el Parque Gezi en Turquía, el Passe Livre de Brasil, el méxicano #Yosoy132 o el 15-M español, propone una transformación radical de las estructuras de poder y de los cauces de participación ciudadana. “¿Escucharon? Es el sonido de su mundo derrumbándose. Es el del nuestro resurgiendo”, advertían los zapatistas en un escueto comunicado las pasadas Navidades. Y, con ellos, probablemente, cualquiera de los nuevos movimientos en red que estamos presenciando.

Desde aquel enero de hace 20 años, los mecanismos de las protestas sociales en todo el mundo nunca han vuelto a ser iguales. Unos han tenido más éxito que otros en la comunicación de reivindicaciones y/o en la consecución de sus objetivos, pero en la selva de Lacandona se encontraba ya el ADN del nuevo activismo postindustrial.

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