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Nuestro patrimonio cultural

En Santiago de Chile, cientos de jóvenes bailan el tinku. ¿Se les puede prohibir que lo bailen? Por supuesto que no; lo que hay que hacer es diseñar estrategias comunicacionales para que nuestras embajadas y consulados enseñen a bailar nuestras danzas apropiadamente y de paso expliquen sus orígenes.

La Razón (Edición Impresa) / Homero Carvalho Oliva

00:01 / 07 de diciembre de 2014

Cada vez que una nación vecina o una colectividad humana muestra o reclama como suya una de las manifestaciones artísticas evidentemente bolivianas, especialmente las de música y danza, el pueblo boliviano y sus organizaciones cívicas, folklóricas y estatales lanzan el grito al cielo y piden a nuestra Cancillería y a nuestras embajadas actuar inmediatamente y con energía para hacer respetar lo que es nuestro. La historia se repite varias veces al año y ya parece una memoria de lo que acontecerá en el futuro.

La Constitución Política del Estado, en su Sección III, Culturas, entre los artículos 98 al 102, establece claramente los principios, el marco jurídico y los objetivos del Estado respecto a las culturas y al patrimonio, tanto tangible como intangible, material como inmaterial. Así, por ejemplo, el Artículo 98 señala en el parágrafo I que “la diversidad cultural constituye la base esencial del Estado Plurinacional Comunitario. La interculturalidad es el instrumento para la cohesión y la convivencia armónica y equilibrada entre todos los pueblos y naciones. La interculturalidad tendrá lugar con respeto a las diferencias y en igualdad de condiciones”; y en el II: “El Estado asumirá como fortaleza la existencia de culturas indígena originario campesinas, depositarias de saberes, conocimientos, valores, espiritualidades y cosmovisiones”; y en el III: “Será responsabilidad fundamental del Estado preservar, desarrollar, proteger y difundir las culturas existentes en el país”.

Y el Artículo 99, en su parágrafo I: “El patrimonio cultural del pueblo boliviano es inalienable, inembargable e imprescriptible. Los recursos económicos que generen se regularán por la ley, para atender prioritariamente a su conservación, preservación y promoción”; y en el II: “El Estado garantizará el registro, protección, restauración, recuperación, revitalización, enriquecimiento, promoción y difusión de su patrimonio cultural, de acuerdo con la ley”.

Quedémonos primero en el parágrafo III del Artículo 98, que establece claramente que “será responsabilidad fundamental del Estado preservar, desarrollar, proteger y difundir las culturas existentes en el país” y luego en el II del 99 que instituye que “el Estado garantizará el registro, protección, restauración, recuperación, revitalización, enriquecimiento, promoción y difusión de su patrimonio cultural, de acuerdo con la ley”. Y veremos que algo estamos haciendo mal, es decir, no estamos difundiendo adecuadamente las culturas existentes en el país y no estamos garantizando, decididamente, la promoción de este patrimonio tan rico y tan diverso.

La diversidad cultural de nuestro país debería ser nuestra mayor fortaleza y no nuestra debilidad, como parece ser en estos casos y, por eso  mismo, debemos encarar las tareas de registro, preservación, protección, revitalización y difusión de cada una de nuestras manifestaciones artísticas, sean de literatura, de música, de danza, de artes plásticas, de teatro o cualquiera de las artes asumidas por el ser humano como tales, con mucha responsabilidad.

Y debemos partir de la aprobación del proyecto de Ley de Patrimonio Cultural (Ley 530), que todavía falta su reglamento, en el que se deberá incluir de manera clara y precisa la forma, las acciones y las herramientas con las que nuestras autoridades estén obligadas a defender nuestro patrimonio. Aprobado este reglamento, así como la Ley de Culturas que está aún en proyecto y definidas las competencias y obligaciones del Ministerio de Culturas y Turismo, de las direcciones de cultura de las gobernaciones y de las oficialías de culturas de los municipios, debemos diseñar en conjunto una agresiva política de difusión y promoción de lo nuestro; en algunos años podremos tomar el ejemplo del tango, que se baila en todas partes del mundo, incluso se hacen concursos en los que resultan ganadores parejas de bailarines europeos, pero nadie duda que su origen no sea otro que el argentino. Lo mismo podemos decir de la samba brasileña o del jazz norteamericano.

En Bolivia, también hablamos de la cultura de la paz y esto significa el respeto entre pueblos, así como la cooperación, y esto solamente será posible a través del reconocimiento de la interculturalidad y su puesta en práctica. De modo que la difusión del patrimonio cultural a través de programas que se encuentran orientados a la interculturalidad y al Vivir Bien es parte fundamental de la educación dirigida a construir la paz en la convivencia. Y eso lo pude ver hace unas semanas en Santiago de Chile, ciudad en la que cientos de jóvenes bailan el tinku, que por alguna razón les gusta más que otras danzas suyas, aunque lo bailan muy mal. ¿Se les puede prohibir que lo bailen? Por supuesto que no, entonces lo que hay que hacer es diseñar estrategias comunicacionales para que nuestras embajadas y consulados enseñen a bailar nuestras danzas apropiadamente y de paso les expliquen sus orígenes. Recordemos que por todo el mundo existen academias de tango y en todas las escuelas de baile también enseñan a bailar samba, vals, cumbia y otros bailes. Nosotros debemos hacer lo mismo.

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