Animal Político

La pelea por la sigla PS-1

Tras la muerte de Marcelo Quiroga Santa Cruz, en el Partido Socialista 1 (PS-1) sucedió una franca fragmentación; Elías Jaime Alcócer Rojas es parte de una de estas tendencias, la con mayores derechos, insiste.

Elías Jaime Alcócer Rojas

Elías Jaime Alcócer Rojas Foto: Iván Bustillos

La Razón (Edición Impresa) / Iván Bustillos Zamorano es periodista

00:00 / 12 de marzo de 2017

Elías Jaime Alcócer Rojas aún está en la militancia activa en el ‘Partido Socialista 1 Marcelo Quiroga Santa Cruz’ (una de las tendencias que se formaron tras el asesinato del líder socialista, en 1980).

Conoció a Marcelo muy joven, a los 14 años. Aún hoy recuerda la impresión que le causó Marcelo en una conferencia sobre ‘Revolución, Petróleo y Gas’ en la universidad de Cochabamba; “cómo calló a todos”.

Su ‘bautizo político’, cuenta, fue la detención, junto a cuatro universitarios, por repartir volantes del Ejército de Liberación Nacional (ELN), aunque sin ser militantes de esta organización. La víspera del día que lo liberaron recibieron una feroz tunda “con palos, pero cubiertos con frazadas, para que no les marcara la piel”.

Afirma que guarda una lealtad absoluta a Quiroga Santa Cruz. Siendo uno de los fundadores del Partido Socialista de Bolivia (que es como nació el PS-1), el 1 de mayo de 1971. Hoy deplora que se “trafique” con la memoria y el nombre del líder socialista. Está convencido de que el asesinato de Quiroga Santa Cruz truncó grandemente un proceso político popular ascendente: “el 78 participamos (en las elecciones nacionales) y obtuvimos 8.000 votos; el 79, 80.000; y el 80 ya 120.000, cuando llegamos en el tercer puesto”.

Recordando a cada uno de los protagonistas, cuenta cómo el PS-1 tras la muerte de Marcelo se dividió hasta en cuatro tendencias. En ese trajín otra muerte que lamenta es la de René Bascopé Aspiazu; “nos quedamos más huérfanos”.

Pero acaso el mayor empeño de Alcócer Rojas sea el periódico Ahora el Pueblo, “vocero oficial del PS-1 MQSC”, un medio que inició como respuesta a la crisis de dispersión que vivía el Partido Socialista. Un periódico de la organización que dice “hijo” de otro fundado por Quiroga Santa Cruz, Mañana el Pueblo.

Desde 1998, Ahora el Pueblo cuenta con 19 números; se prepara el número 20. “Es el manifiesto ideológico que tenemos interna y externamente; es un periódico de difusión ideológica, con el pensamiento de Marcelo como la base”. Crítico con el gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS), el siguiente Ahora el Pueblo fustiga la nueva Ley General de la Hoja de Coca, sancionada en el Legislativo y que hasta el cierre de la presente edición aún no había sido promulgada por el presidente Evo Morales. Se reitera, además, el pedido de respeto al resultado del referéndum del 21 de febrero de 2016.

Jaime Alcócer hizo estudios de medicina en la Universidad Mayor de San Andrés; tiene tres hijos. También hizo teatro y trabajó en algunas películas nacionales. Para las elecciones nacionales de octubre de 2014, junto con Julio Alvarado, representante de “intelectuales de la izquierda democrática”, Alcócer, representando al PS-1, firmó una alianza programática con el candidato de entonces del Partido Demócrata Cristiano (PDC), Jorge Tuto Quiroga. De esta forma, Jaime Alcócer Rojas fue candidato a diputado uninominal por la Circunscripción 6 de la ciudad de La Paz por el PDC.

A la fecha, sostiene el periódico Ahora el Pueblo. Es objeto de un proceso judicial que se le entabló por discriminación, por el uso de calificativos que a sus adversarios políticos les parecieron ofensivos.

Perfil

Nombre: Elías Jaime Alcócer Rojas 

Nació: 20 de julio de 1948

Ocupación: Activista político

Padrino

A la fecha, cuenta Elías Jaime Alcócer Rojas, entre los Yungas, Cochabamba y La Paz ha sido padrino de cinco promociones de colegio. Es una tradición, dice, pues el propio Marcelo Quiroga Santa Cruz fue “en dos ocasiones padrino de promoción en Achacachi”.

Ahora que las armas estarán en unas locas manos

Erick Ortega, es periodista

Charlie Decker estaba mal de la cabeza. Mientras envidiaba la vida de una ardilla que rondaba por su colegio, algo en el engranaje interno de su ser se había desconectado. Y, acabó secuestrando a sus compañeros de aula, en la novela de Stepheng King, Rabia.

La ficción es siempre una vaga caricatura de la realidad. Por eso, la masacre de Columbine (en la que 12 estudiantes y un profesor murieron) es un ejemplo de que siempre puede ser peor.

El año pasado, otros zafados decidieron ponerse a disparar en espacios públicos como si estuvieran en un campo de tiro. O, quizás pensaban que estaban en tilines. La mente de ellos es, quizás, un oscuro agujero en el que solo los estudiosos podrían encontrar algo de luz.

Lo peor se vivió en un bar gay de Orlando. Allí murieron 33 personas, entre éstas el tirador.

Ya en 2015 en el mismo país de las antes citadas masacres, el diario español El País hizo un levantamiento de datos y descubrió que se daba un tiroteo por día.

Sí, ese país es Estados Unidos.

Irónicamente —o dicho de otra manera por esas cosas que tiene la vida— la tierra del norte era gobernada por Barack Obama, un hombre que se ha decantado en contra del uso de armas.

Sin embargo, ninguna de sus propuestas para el control de municiones pudo llegar a buen puerto.

Hoy, peor. El gigante del norte está manejado por políticos que tienen casi un nulo respeto por la vida. Acá no hay ninguna referencia a musulmanes o latinos; sino que no hay respeto a la vida de los propios estadounidenses.

Es que los republicanos, a mediados de febrero, han firmado una norma para permitir que los enfermos mentales puedan comprar armas. Esta propuesta estuvo vetada durante los años de Obama.

Los enfermos de la azotea se frotarán las manos pensando en el mal que pueden causar con la venia de los políticos que hoy manejan los hilos del país del norte.

No es una política aislada. El “imperio” hoy gasta como nunca antes en armas. “Vamos a tener el mejor armamento, para garantizar la paz”, palabras más o menos, ha dicho el presidente estadounidense, Donald Trump.

Matar o vivir se ha convertido en una forma de ver al semejante como un enemigo y no como lo que es en realidad, un semejante.

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