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La peligrosa tarea de la humildad

Son rescatables los signos de humildad que da el papa Francisco a pocos días de su papado. ¿El cardenal Terrazas tendrá la misma actitud? No obstante, se espera que estos signos no sean sólo de lo visible y se cambien las estructuras de la Iglesia.

La Razón / Claudia Peña Claros

00:00 / 31 de marzo de 2013

Sorprendido asiste el mundo a los primeros días de este nuevo papado, que es además el primero con un latinoamericano al frente. Pero no es ésta la única novedad que se advierte. Suman decenas las empresas informativas que reportan que, ya siendo papa, Jorge Mario Bergoglio, ahora Francisco, declinó utilizar la limusina del Santo Padre y compartió el microbús que en estos últimos días había estado utilizando junto a los otros cardenales.

El rosario de sorpresas continuó: un Volkswagen negro en lugar de un Mercedes, recoger de manera personal su equipaje, reducir al mínimo la escolta que lo guía por el tráfico de Roma, preferir las puertas secundarias… no cabe duda de que, viniendo de quien viene, son señales importantes.

Pero debemos admitir que no es el primero. Aquí cerca, también en éste llamado recientemente “fin del mundo” (ojalá sea así, y aquí terminemos por derrotar ese mundo viejo, anquilosado de desigualdades, distancias e imposibles), el presidente uruguayo, José Mujica, continua viviendo en su chacra y yendo a su lujosa oficina en el mismo auto viejo de cuando no ocupaba ningún cargo estatal. Y aquí mismo, a nuestro lado (y tal vez por eso lo hemos dejado de ver) tenemos al presidente que menos gana en este continente; no porque no haya plata, sino porque él mismo así lo ha decidido.

“Todo un mensaje sobre el modo de comportarse de quienes gobiernan”, señala con discreción afectada una empresa informativa de la Iglesia Católica. Declaro estar totalmente de acuerdo, y propongo afilar la punta de esa flecha: todo un mensaje sobre el modo de comportarse de quienes gobiernan… la Iglesia.

¿O acaso usted se ha imaginado toparse alguna vez con don Julio Terrazas, nuestro cardenal vallegrandino, sudando igual que usted en el micro? ¿O acaso usted alguna vez ha escuchado que algún sacerdote se haya quedado sin trabajo y que, por falta de jubilación, no pueda acceder a las medicinas que necesita? ¿Será que la residencia de nuestro Cardenal es tan humilde como la que hasta hace unos días cobijó al ahora papa Francisco en Buenos Aires?

Nos asombramos piadosamente con estas señales que nos da el papa Francisco, y ésa es precisamente una expresión inobjetable  de la crisis de la jerarquía católica. Mientras Jesús lavó los pies (lavó de verdad, o sea, quitó la mugre) de sus compañeros de andanzas y sacrificios, los sacerdotes en estos días, “imitando” ese acto de humildad, echan agua, desde adornados jarrones, sobre los pies de algunos catequistas escogidos. Y luego se apartan de ellos sin siquiera haberlos tocado, mientras un monaguillo, también de sotana, da unos golpecitos en esos pies, pretendido secarlos con un paño bordado y limpísimo.

Quitarse la investidura y prepararse para servir: ése es, dicen, el verdadero significado de la sorprendente acción de Jesús antes de su Última Cena. Pero lejos han quedado esos tiempos donde los sacerdotes planteaban quitarse la sotana para renunciar a los tratos preferenciales y confundirse con el pueblo, para junto al pueblo, tal como hizo Jesús, construir un mundo nuevo. Si los purpurados se vistieran de civiles, si dejaran de usar la mitra, las estolas, el anillo millonario…

Qué lindas señales les ha dado estos últimos días el pontífice Francisco a los que con él comparten el poder universal de la jerarquía católica. Pero mientras esas señales no sean estructura, protocolo y oficialidad, serán simplemente guiños, mas no una conversión real.

¿En qué otra institución, que no sea religiosa, podrían ser más incoherentes las jerarquías y los símbolos del poder? Y ése es precisamente el desafío: cambiar las estructuras de una institución apoltronada en siglos de lujo y poder. Tornarla humilde, como humildes son esos sacerdotes misioneros, perdidos en los pueblos perdidos, compartiendo en comunidad lo poco que la  comunidad dispone.

Mientras más consolidada la   estructura, más grande el desafío, más llena de peligros la tarea. Más heroico entonces el esfuerzo del que ha llegado con el deseo (ojalá) de iluminar la pesada tradición.

Ojalá le sean propicios los tiempos al papa Francisco y ojalá que mientras le quite peso a la embarcación de Cristo nos tienda la mano a las mujeres y reconozca la gigantesca deuda histórica que tiene una estructura masculina de poder, para con las miles de millones de compañeras de Jesús.

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