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El péndulo de la reelección en América Latina

Al parecer, la democracia en América Latina no se consolidará por medio de líderes ‘indispensables’; conviene recordar lo que dijo el expresidente Lula da Silva: “Cuando un líder político empieza a pensar que es indispensable y que no puede ser sustituido, comienza a nacer una pequeña dictadura”.

La Razón (Edición Impresa) / Eduardo Leaño Román

00:01 / 27 de septiembre de 2015

En la región, según Daniel Zovatto: “Muy pocos están dispuestos a dejar el poder, y muchos de los que se fueron intentan regresar”. El logro de esta aspiración, en regímenes democráticos, hace referencia a la reelección. En palabras de Dieter Nohlen, se entiende la reelección como “el derecho de un ciudadano (y no de un partido) que ha sido elegido y ha ejercido una función pública con renovación periódica de postular y de ser elegido una segunda vez o indefinidamente para el mismo cargo: titular del Ejecutivo”. La reelección puede estar permitida o prohibida en términos absolutos o relativos y, en este sentido, es posible identificar cuatro fórmulas principales: 1) reelección indefinida; 2) reelección inmediata y prohibición de la reelección para períodos siguientes; 3) prohibición de la reelección inmediata y autorización de la reelección alterna; y, 4) prohibición absoluta de la reelección.

El tema de la reelección en América Latina no es nuevo; el debate se remonta a la constitución de las nuevas naciones. Simón Bolívar, en el Congreso de la Angostura (15 febrero 1819), refutando a quienes se inclinaban a favor de la reelección, proclamó los principios de alternancia en el poder debido al peligro de tiranía que implicaba la reelección. Sin embargo, resulta honesto admitir que el Libertador, en el diseño de constitución elaborado para Bolivia, modificó aquella postura inicial y sugirió la presidencia vitalicia pero, también es cierto, este precepto nunca se acató.

Lo evidente es que desde aquellos remotos tiempos, los países de América Latina —con excepción de Brasil— adoptaron sistemas presidencialistas, imitando el modelo norteamericano, pero excluyeron toda forma de reelección de los presidentes. La filosofía implícita de nuestras constituciones, al asumir la no reelección, estaba orientada a evitar toda forma de caudillismo y tiranía; no obstante aquella previsión, durante las primeras décadas de vida independiente, los “caudillos bárbaros” gobernaron estos países al margen y en contra de las constituciones. El advenimiento de la democracia oligárquica (fines del siglo XIX) y la conquista de la democracia popular en la región (mediados del siglo XX) reinstalaron el debate de la reelección, pero en otros términos, no como un dilema entre no reelección y reelección, sino como una disyuntiva entre reelección inmediata y alterna; la mayoría de los países admitieron y aplicaron esta última opción.

La recuperación de la democracia y su posterior consolidación (durante las dos últimas décadas del siglo XX) introdujo otra vez la temática en la discusión política; esta vez la tendencia favoreció a la reelección inmediata. Finalmente, con el arribo del Socialismo del siglo XXI, algunas naciones adoptaron la reelección indefinida como mecanismo “democrático” para prolongar la permanencia de una misma persona en el gobierno.

Así, el péndulo histórico osciló entre una y otra modalidad de reelección. La trayectoria política y constitucional de nuestras naciones se de-sarrolló en contra de la no reelección, avanzó paulatinamente hacia la reelección alterna, posteriormente conquistó la reelección inmediata y, en los últimos años, algunos países se inclinan por la reelección indefinida. En la actualidad, 14 países de América Latina (excluido Cuba) regulan la reelección a través de alguna de las diversas modalidades y combinaciones. Las naciones que adoptaron la reelección indefinida son Venezuela y Nicaragua; Ecuador está en proceso de incluir la reelección indefinida en su constitución; y, Bolivia inicia gestiones no para la reelección indefinida, pero sí para la reelección continua del presidente por dos periodos consecutivos.   

Para complementar la descripción de los hechos históricos sobre la reelección, conviene hacer referencia a los discursos que se encuentran en cada una de las posiciones. Si en un principio se negaba la reelección con la premisa de que así se impediría toda forma de tiranía, en la actualidad el dilema se debate entre quienes respaldan la reelección indefinida y quienes la rechazan y apoyan la reelección inmediata. En América Latina, quienes expresan mejor estas posturas son Ernesto Laclau y Daniel Zovatto.

Laclau, que respalda la reelección indefinida, entre otras cosas, sostiene: a) la reelección indefinida se justifica por razones filosóficas y prácticas; filosóficas porque brinda respuestas dinámicas a los cambios y, prácticas, porque la perspectiva de reelección fortalece la agenda legislativa de ese Poder Ejecutivo fuerte; b) eliminar la opción a la reelección indefinida del Presidente no es democrático ni equitativo, esto implica limitar las opciones de los electores; c) el extender el mandato presidencial permite la formulación y ejecución de proyectos cuyo éxito depende de la continuidad que implica superar los límites de uno o dos mandatos; d) la reelección indefinida posibilita que los presidentes sean más receptivos ante las demandas de los ciudadanos para asegurarse el apoyo de éstos; además, el no tener la opción de reelección hace que el Presidente pueda perder el respaldo hasta de sus propios partidarios.

En cambio, Zovatto, que cuestiona la reelección indefinida, brinda las siguientes razones: a) la reelección indefinida entraña consolidar el hiperpresidencialismo, el abuso de poder y la posterior transformación en tiranía. En todo caso, los proyectos de largo alcance podrían implementarse por otros líderes del mismo partido o tendencia política; b) el carácter pernicioso de la reelección indefinida es que otorga a los presidentes la disponibilidad del manejo de los recursos públicos en años electorales, esto les facilita imponerse a sus ocasionales contrincantes;  c) la reelección indefinida posibilita que una misma persona permanezca en el poder de manera permanente; cuando esto ocurre, es mayor la probabilidad de que los cargos públicos sean concedidos a sus partidarios, lo mismo que las candidaturas y los mandatos locales y regionales; todo esto, a cambio de respaldo incondicional; y, d) la reelección indefinida abre las posibilidades al clientelismo, nepotismo y la corrupción.

En consecuencia, respecto del carácter discursivo de la reelección, el péndulo parece fluctuar entre el respaldo y el rechazo. Ciertamente, la validez de una postura discursiva halla su prueba de fuego al ser cotejada con la realidad concreta. En este ejercicio, los hechos parecen brindarle la razón a Zovatto antes que a Laclau. Esto puede advertirse en las experiencias reeleccionistas de Porfirio Díaz en México (fue reelegido siete veces y gobernó durante 27 años); pasando por las reelecciones de Anastasio Somoza, en Nicaragua; Alfredo Stroessner, en Paraguay, y Joaquín Balaguer, en República Dominicana. Más cerca en el tiempo, el reeleccionismo ha servido para que algunos gobernantes pretendan permanecer de modo indefinido en el poder; aquí se inscriben los casos fallidos de Carlos Menem en Argentina, Alberto Fujimori en Perú y Álvaro Uribe en Colombia. Quizá éste sea el desenlace no deseado que les espera a los países que hoy optan por la reelección indefinida. 

Al parecer, la democracia en América Latina no se consolidará por medio de líderes “indispensables”; al respecto, conviene recordar lo que manifestó el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva: “Cuando un líder político empieza a pensar que es indispensable y que no puede ser sustituido, comienza a nacer una pequeña dictadura”. Quizá el trayecto que debemos recorrer es otro: impulsar la participación madura y activa de los ciudadanos; fortalecer las instituciones legítimas, transparentes y eficaces; establecer un sistema de frenos y balances entre los poderes; y fomentar una sólida cultura cívica.

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