Animal Político

El periodismo fosforescente

La crisis en los grandes medios escritos del mundo es una señal clara de que, pronto, aquéllos desaparecerán y serán sustituidos por los periódicos digitales. Así describe la situación Lluís Bassets, el director adjunto de El País. Esto obligará al gremio a cambiar radicalmente de oficio. Parece sentencia fatal.

La Razón / Carles Geli

00:02 / 03 de marzo de 2013

Se acabó lo del periódico en papel; durará, como mucho, hasta 2025, por poner una fecha optimista. Lo demuestran la sangría de la desaparición de cabeceras y la eliminación de los puestos de trabajo, así como la más silenciosa pero constante desinversión en contenidos. Y es que por no quedar, empieza a ni encontrarse quioscos donde los vendan. Moraleja: el oficio de periodista, tal y como se ha conocido hasta ahora, ya no da más de sí. “A partir de ahora quienes quieran seguir deberán pensar en cambiar de oficio o en cambiar radicalmente el oficio, que quiere decir cambiar ellos mismos”, escribe Lluís Bassets, director adjunto de El País, que como lleva 40 años a sus espaldas de ejercicio profesional y desde atalayas privilegiadas, se comporta como tal y, sin tapujos, disecciona con descarnada frialdad la situación del periodismo en El último que apague la luz. Sobre la extinción del periodismo (Taurus).

“Lo que me angustia es que la añoranza no nos entretenga: hay que pasar página del absurdo debate sobre la pervivencia o no del diario de papel; éste está liquidado, la nueva etapa será totalmente digital; lo que urge ahora ya es cómo encontrar los recursos para poder ejercer el periodismo de máximo nivel y rigor en los nuevos entornos”, resumió Bassets durante la presentación de su trabajo en el Colegio de Periodistas de Cataluña, moderado por el no menos reconocido Josep Cuní, que definió el libro como “demoledor y clarividente, escrito con coraje y honestidad”.

El mismo escenario del evento ya funcionaba de metáfora de la situación del oficio: mezcolanza entre jóvenes y veteranos periodistas, algún exconsejero delegado de gran diario de papel hoy promotor y accionista de un diario en la red y una quinta parte del auditorio, como mínimo, escuchando mientras deslizaba dedos por las pantallas de sus móviles.

Aprovechando que se encontraba frente a uno de los pocos “periodistas intelectuales” que dice que conoce, Cuní fue ladinamente sacando los ejes que recorren el ensayo, trabado a partir de cinco textos escritos a lo largo de los ya casi seis años que la crisis azota especialmente al sector. Por un lado está la decadencia del negocio (“los lectores perdidos difícilmente se recuperarán y la publicidad, tampoco”), que no parece que la versión digital de los diarios vaya a subvertir. “El margen comercial de los periódicos de papel ha oscilado entre el 20% y el 30%; el de los diarios digitales se calcula sobre un 3%”, puso en su sitio Bassets.

La moraleja de esa situación es inmediata: “La clave del oficio está en el precio de la información de calidad”. Algo muy vinculado, según Bassets, a la función institucional de los medios: “La vitalidad social y democrática se verá afectada si no sabemos crear un modelo de negocio periodístico, si no logramos reformas de tipo empresarial que garanticen un periodismo de calidad en la red; si no lo conseguimos, cuestionaremos los valores centrales del oficio y acabaremos con él”.

Ante un hipotético fracaso de esa vía, el periodista ya detecta dos graves peligros: la consolidación y proliferación de lo que bautiza en el libro como “periodismo soberano” (tipo cadena Al Jazeera o la china CCTV), descaradamente a favor de intereses familiares y políticos, al que se unen ya también los grandes conglomerados empresariales (fondos de inversión, petroleras, lobbies…), “que crean plataformas informativas en la red respondiendo tácitamente, claro, a sus intereses; o, tanto o más peligroso, plataformas periodísticas “esponsorizadas, no una mala salida según quién sea el mecenas”.

Wikileaks y Julian Assange no podían quedar al margen, un fenómeno fruto de “la ruptura de la mediación periodística, como en tantos otros ámbitos sociopolíticos han comportado el movimiento del 15-M o las primaveras árabes en tiempos de sociedades muy fragmentadas”. Bassets, sin embargo, deja muy cerca el famoso Cablegate de los escándalos provocados por las actuaciones de los periodistas de Rupert Murdoch, “cuya posición moral estaría muy cerca de la de Assange y sus hackers”. De ese episodio le preocupa “la arrogancia de Assange, que al final necesitó al viejo periodismo para decodificar sus cables, y la sensación última de que todo el mundo puede ser espiado”. Bautiza Bassets como “práctica del preperiodismo” otro de los males de la red: “La trascendencia que se le da al rumor, no hay muchas veces verificación”, una característica de una red social demasiado usada también por los propios periodistas de manera irreflexiva “al confundirlas con un canal a caballo entre el teléfono particular y el medio masivo, lo que mancha su imagen profesional”.

Apagada la luz, quedan por los menos algunas fosforescencias. Si es cierto que en el periodismo digital no hay cierre (es el 24 horas sobre 24); no hay posibilidad de scoops o noticias exclusivas (las red las difunde al nanosegundo y sin citar la fuente, claro) y no hay noticias estrictas (“hay muchas menos de lo que creemos: se da mucha no-noticia sobre no-acontecimientos”), siempre sobrevivirá, cree Bassets, el espíritu del corresponsal de guerra, en el sentido de los que saben “generar una noticia que nadie más podrá contar, ya sea porque él está sobre el terreno o porque es el único en verla, entenderla y desentrañarla con su contextualización”. Y algunos de esos valores y códigos de calidad de los periodistas de papel es lo que éstos pueden aportar al mundo digital y a las generaciones profesionales más jóvenes, enriqueciendo sus códigos de calidad aún en construcción. Una luminiscencia en la noche periodística.

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