Animal Político

Un periodista de estirpe profesional

Fue un caballero de fina estirpe periodística que nos legó un invalorable sendero de pensamiento comunicacional que, no cabe duda, trascenderá de generación en generación.

La herencia de Raúl Rivadeneira

La herencia de Raúl Rivadeneira Foto: Ronald Melgarejo-archivo

La Razón (Edición Impresa) / Edwin Flores Aráoz es profesional de la Comunicación; fue alumno de Raúl Rivadeneira.

00:00 / 04 de junio de 2017

Hombre de ley y letras, Raúl Rivadeneira Prada partió a la eternidad el jueves 18 de mayo a los 77 años de edad, después de más de medio siglo de vida intensa y fructífera en los campos de la literatura, el derecho, el periodismo y la Comunicación. Casi dos décadas antes, en 1998, reflexionó sobre la comunicación como un “derecho natural” constitutiva del bien común. Le otorgó tal importancia que —con Aristóteles y De Vitoria— concluyó que nadie logra vivir sin comunicarse, puesto que “solamente los dioses y las bestias pueden estar en aislamiento”.

Primero, su vocación precoz por la escritura literaria (comenzó a redactar publicaciones a los 14 años en el colegio Ayacucho de La Paz), después su destreza periodística investigativa y el conocimiento teórico/metodológico de la Comunicación, le permitieron dejar una herencia de más de una veintena de libros, folletos, medio millar de notas periodísticas y cerca de 800 artículos de opinión publicados en varios impresos locales y extranjeros.

Como pocos estudiosos de su generación, examinaba las causas de los fenómenos y problemáticas con minuciosidad para proyectarlos de modo visionario. Más de una década antes de que la Asamblea Constituyente (2007-2009) le otorgue un estatus constitucional al Derecho a la Comunicación, Rivadeneira recuperó los lineamientos primigenios de esta doctrina.

En el cofre de producción comunicacional que nos legó, resplandece una en particular, poco explorada: Temas de comunicación. Allí nombra al precursor del derecho constitucional, el teólogo español Francisco de Vitoria (1486-1546) y apunta dos principios. El derecho natural: “A nadie se le puede vedar el uso de las cosas que por derecho natural son comunes a todos como el aire, el agua corriente, el mar, los ríos y los puertos”. El segundo reivindica la comunicación como un derecho. “La felicidad no sirve si no puede ser comunicada; estamos arrastrados por naturaleza a la comunicación; si uno se aparta ha de ser como de inhumana y brutal naturaleza”.

Esa semilla del pensamiento recuperada por el exdirector del desaparecido periódico católico Presencia (1987-1999) fue sembrada en tierra fértil, porque luego se comenzó a cosechar lo que hoy tenemos, el Derecho a la Información y la Comunicación (DIC), entendido como el escenario de interacción para construir el tejido social en un clima democrático participativo para el ejercicio de ciudadanía y búsqueda de una cultura de paz.

En su múltiple producción literaria, destacó también la mirada crítica que tuvo sobre las secuelas que trae consigo la era audiovisual, por ejemplo, el poder de la imagen sobre la palabra. Hace 20 años compartió la preocupación de que el hombre del futuro será “sordo y mudo para los sonidos del lenguaje”. Tal parece que ya estamos viviendo, en parte, en ese futuro.

En esa línea, analizó la novela del periodista Alberto Moravia, El hombre que mira. El autor italiano anticipó que hombres y mujeres del futuro serán “seres enmudecidos” que han  perdido el don de la palabra. La imagen está sustituyendo a la palabra… se impone imagen ante la declinación del verbo.    

Esos, son apenas algunos pasajes de los frutos intelectuales que dejó Rivadeneira, uno de los 68 periodistas desterrados por la dictadura de Hugo Banzer (1971-1977) y que encontró en los años de exilio —entre Buenos Aires y México— la oportunidad para desarrollar la aplicación pionera de la teoría general de sistemas en la Comunicación latinoamericana.

Durante su exilio escribió Opinión Pública y Periodismo, dos obras que se posicionaron en las aulas de las carreras de Comunicación de la región. Retornó en 1978, gracias a la huelga de las mujeres mineras liderada por Domitila Chungara. Después se dedicó a la docencia, a la investigación y “a su pasión de vida: el contacto entre la tinta y el papel en Presencia, donde se inició en 1962 hasta ser su director, entre junio de 1987 y enero de 1999”.

Claudia Rivadeneira, su hija mayor, junto a tres cursantes de la maestría de Comunicación y Desarrollo de la UASB (Ximena Jáuregui, Iván Miranda Balcázar y Cecilia Rivera) rastreó, en 1999, la “historia inédita” de su padre en un ensayo para el seminario sobre la Escuela Latinoamericana de Comunicación, dirigido por el comunicólogo brasileño y amigo entrañable de Luis Ramiro Beltrán: José Marques de Melo, PhD. Los autores le hicieron una entrevista en profundidad. Rivadeneira contó un fragmento de su historia:

Relato. “Un día de esos, como tantos de la vida universitaria, el Dr. Huáscar Cajías me preguntó si me gustaría trabajar en el periódico Presencia, cuya dirección estuvo a su cargo. Para mí fue una gran oferta, la más grande de mi vida y la que acepté inmediatamente. Me recibió el jefe de redacción, Jaime Humérez, quien me acreditó a las fuentes de información judiciales porque era estudiante de Derecho, luego llegaron los ascensos esperados por los periodistas hasta llegar a la cúspide de la cobertura en el Palacio de Gobierno (...).

Curiosamente en mi familia no hubo periodistas, aunque ahora me sigue mi hija mayor. En la niñez mis mejores notas estaban en la literatura, mi actividad más apreciada era el teatro y, a mis 14 años, ya me había leído por lo menos a unos 10 clásicos de la literatura francesa y española. En el colegio también hice periodismo mural e impreso. Soy del colegio Ayacucho.

Se entiende que el periodismo es un apostolado, una de las profesiones peor pagadas, pero también la más digna cuando uno asume su papel con responsabilidad y ética. Periodismo es ciencia y arte. La ciencia como sustento teórico y el arte como vocación, es pues, una rara pero magnífica conjunción de la estética y de la técnica, donde el meollo, es la ética.

Los periodistas jóvenes nos pusimos pantalones largos y decidimos ser protagonistas de la década maravillosa (los 60) de esos notables 10 años en todos los órdenes como la llegada a la Luna, la insurgencia de los Beatles, la calidad en las obras de Picasso y Dalí, el cine artístico y no el tecnológico, entre otras manifestaciones. En Bolivia se reproducen, a su manera, esas expresiones en el campo de la literatura con la presencia de ilustres escritores, la llegada de la era de la televisión, el surgimiento de un movimiento revolucionario y un periodismo con periodistas comprometidos con el pueblo, la justicia social, la libertad y la ruptura con el pensamiento predominante de la falsa objetividad. Entre los periodistas de esta época destacaría a Marcelo Quiroga Santa Cruz (+), Alberto Bailey Gutiérrez, Harold Olmos, Juan Carlos Salazar, Jorge Mancilla (Coco Manto), Óscar Peña, Andrés Soliz (+), Juan León (+), Francisco Roque y muchos otros jóvenes profesionales dispuestos a ponerse en contra de la descomposición moral del gobierno de turno, claro está el MNR (1962).

En junio de 1967, me tocó cubrir una de esas masacres entre Catavi y Siglo XX donde pasé horas de angustia porque quedamos atrapados, junto a mi fotógrafo Johnny Alborta, en medio del fuego cruzado. Una toalla nos sirvió de bandera blanca en señal de rendición pero el intento quedó trunco porque los soldados confundieron el teleobjetivo de la máquina fotográfica con una metralleta. Alborta fue herido en un pie y la toalla de rendición sirvió para contener la hemorragia.

Ese mismo año se produjo la guerrilla de Ernesto Che Guevara, cuya cobertura estuvo a mi cargo durante 45 días, vivencia que sirvió a los periodistas para descubrir las dos caras de Bolivia: la oficial y la otra, la real.

La primicia más importante fue la confirmación de que el Che comandaba la guerrilla, cuya información me proporcionó en una entrevista exclusiva el filósofo francés Regis Debray, a quien logré encontrar en Choreti, después de una serie de peripecias”.

Gloria, paz y réquiem para un ca-ballero de fina estirpe periodística que nos legó un invalorable sendero de pensamiento comunicacional que, no cabe duda, trascenderá de generación en generación.

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