Animal Político

El periodista en la transición

Memorias a 30 años de democracia

La Razón / Mario Espinoza Osorio

00:02 / 07 de octubre de 2012

No existe un manual de periodismo para enfrentar situaciones difíciles. Y, aunque exista, es muy probable que lo aprendido en los textos se olvide fácilmente en la práctica. Por eso, aquel 10 de octubre de 1982, seguramente los excesos o los temores que volvían, los fantasmas que todavía rondaban y el instinto de conservación, estaban aún presentes.

La memoria suele fijarse en los malos momentos y en esa sala de prensa, que hoy es tan distinta al pequeño cuarto que teníamos en 1982, había muchos de esos recuerdos y temores que podrían haber terminado en el diván de un psicólogo. Lo mismo vale para los pasillos de un Palacio, nuestro Palacio, de por sí intimidante por aquello del concepto del poder; peor aún, del poder desmedido que habían acumulado los militares en los últimos años.

Por eso la presencia en la memoria de la escena del ministro de la Presidencia de uno de los gobiernos militares que arrojaba despectivamente 100 bolivianos en la mesa donde estaban los periodistas (“para su fin de semana muchachos”); que golpeaba duramente el recuerdo; lo mismo que los gritos desaforados de un ministro de Gobierno que exigía a un reportero gráfico que se ponga corbata para entrar al Palacio de Gobierno…, “pedazo de mugriento”.

Por eso, el recuerdo de los golpes al ministro de Informaciones que nos tocó a todos o casi, en pleno Palacio, propinados por un esbirro de la dictadura que hacía honor a su apodo, que hacía referencia a un insecto sucio y abundante, aquel cruento 17 de julio de 1980.

Y por eso también ese 10 de octubre de 1982 algún exceso de los hombres de papel, lápiz, tinta, micrófono y cámaras, que se tradujo en una negativa a seguir sufriendo las humillaciones de años de dictadura y que se dio en la reacción de un periodista cuando un cadete que hacía guardia de honor impidió con su lanza su entrada al Palacio Quemado.

La respuesta fue un empujón; peor aún, fue un grito frenado por tantos años que se tradujo en un “usted no manda más en este lugar” y la tímida reacción del cadete, obviamente ajeno a lo que vivimos los bolivianos durante años, que no supo reaccionar y que dejó expedita la puerta de la casa de gobierno.

La transición dejó muchas heridas abiertas entre los periodistas. La cadena radial impuesta por la dictadura encontró en varios de ellos no sólo la disposición a realizar el trabajo sucio, sino el entusiasmo por hacerlo. Felizmente fueron pocos, que incluso hoy pasean su impunidad por las calles disfrutando la democracia que ayudaron a pisotear.

Para ser más concretos, es bueno recordar lo que pasó durante años de gobiernos militares. Para comenzar, decenas de periodistas que salieron al exilio durante el septenio banzerista fueron previamente torturados. Incluso, el propio presidente Hugo Banzer golpeó a un periodista, ya fallecido, en una muestra de prepotencia que supo esconder posteriormente disfrazado de demócrata.

Luego, la persecución, la tortura y el exilio con la dupla Luis García Meza-Luis Arce Gómez y la oprobiosa cadena radial que uniformó la información en las radios con informativos que salían desde el Gran Cuartel General de Miraflores. La televisión se reducía a dos canales: el estatal y el universitario, en los que no fue necesario el control más allá de la presencia de los amigotes del gobierno para falsificar las noticias. En prensa, la constante censura de editoriales, páginas de opinión y noticias por parte de los interventores, aunque en algún periódico no hacía falta: seguían la línea de la dictadura de motu proprio, sin mayor presión y con muchas ventajas en lo económico. Historia repetida.

En todo caso, era en la prensa en la que se encontraba la resistencia. El editorial vacío del periódico Presencia era una muestra cabal de que su director, Huáscar Cajías, valientemente se había negado a la censura y prefería un espacio vacío a un editorial poco claro o de complicidad con la dictadura.

Un día cambió todo. Aquel 10 de octubre de 1982, testigos de lujo que fuimos, varios periodistas supimos comprender y justificar las lágrimas que derramaron algunas de nuestras colegas al ver que su sueño de democracia se estaba cumpliendo.

Viejos periodistas nos mostraban a los que recién comenzábamos los trucos de hacer un buen periodismo. Aún no entendíamos que muchos de ellos, corresponsales de las agencias de periodismo más importantes del mundo, estaban escribiendo desde su experiencia y calidad una de las páginas más notables de nuestra historia.

Hoy, las cosas son distintas. Hay la posibilidad de decir lo que uno piensa y, en este ejercicio de tanto privilegio, encontrar gente a la que posiblemente no le guste lo que uno publique y aun así no dejar de hacerlo y no quedar callado desde el miedo.

Treinta años después, el aprendizaje de la democracia es del conjunto de Bolivia, y más allá de los altibajos, del país polarizado, de los rencores acumulados y de la lucha feroz por un espacio entre las voces que aún se escuchan, es de destacar que una vez, hace 30 años, sí tuvimos la capacidad y la convicción de convertir la más cruel de las dictaduras en una democracia; no es descabellado para nada pensar en que aún es posible encontrarnos en los medios de comunicación sin esa obcecación decimonónica de que las clases sociales son irreconciliables.

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