Animal Político

Lo que pervive de la dictadura

Un Estado fascista se caracteriza por: 1) la derrota estratégica (política, militar o ambas) del movimiento obrero-popular; 2) la adhesión plena de las clases medias urbanas al gobierno fascista; 3) una estructuración estatal corporativa; y, 4) el predominio de la policía política, como su institución insignia.

La Razón (Edición Impresa) / Roger Cortez Hurtado

00:05 / 23 de agosto de 2015

El nuevo aniversario del ascenso de la dictadura banzerista al control del Estado en 1971, resulta oportuno para pasar revista a la vitalidad que mantiene el pasado y cómo puede perdurar sin ser aparente a la vista.  El manto de botas que cubrió a América Latina entre los años 60 y 80 del siglo XX ha dejado una larga estela de cicatrices, muertes y discusiones, irresueltas hasta hoy. Un debate pendiente es el de aclarar si todas o cuántas de aquellas dictaduras deben caracterizarse de fascistas; si se emplea el término no como adjetivo, sino como una categoría útil para entender la realidad.

Existe una amplia oferta de características que se promocionan como las marcas indispensables para tipificar al fascismo, pero, gran parte de ellas son descripciones de tendencias o actitudes ideológicas, propias de uno o pocos casos, y no resuelven una identidad más universal. Encuentro, siguiendo principalmente la propuesta del suicida profesor greco-francés Nicos Poulantzas, que los atributos verdaderamente esenciales para definir a un Estado fascista (pues no se trata solamente de un tipo de régimen o de dictadura) son: 1) la derrota estratégica —política, militar o ambas— del movimiento obrero-popular; 2) la adhesión plena de las clases medias urbanas al gobierno fascista; 3) una estructuración estatal corporativa; y, 4) el predominio de la policía política, como institución insignia de este Estado nacido de una crisis política, caracterizada por un vaciamiento hegemónico.

Al comparar Argentina y Chile, donde dictaduras singularmente sanguinarias y represivas se hicieron del poder, puede verse que no es precisamente la crueldad o el ensañamiento de los gobernantes lo que define cuál fue fascista. La manera en cómo el sistema político se domesticó en Chile, amoldándose al esquema que dejó para la posteridad el pinochetismo, prueba que es mucho más propio hablar de fascismo en Chile, aun cuando el número de víctimas se hubiese multiplicado en Argentina.

El banzerismo exhibe un registro aún menor de muertos y desaparecidos, pero sus efectos a largo plazo son más próximos a la huella de un Estado fascista. Una condición necesaria, no la única y quizás tampoco decisiva, para abrir la puerta a que su influencia perviva fue la defección de quienes encabezaban la apertura democrática de los 80, fundada en la amnistía de facto a la dictadura.

Entre los indicios de las influencias a largo plazo destaca el prolongado pase del movimiento obrero a un estado de resistencia continua, con una depresión notable de su capacidad de asumir iniciativas y formular propuestas. Ocurre desde los tiempos de la UDP hasta hoy, cuando la central laboral abdica de su independencia frente a los partidos, para que sus dirigentes se acoplen a un régimen crecientemente burocratizado y en viraje al conservadurismo, o cuando optó por no solidarizarse con las luchas indígenas por el respeto de sus derechos y autonomía.

Otra área donde se observan las secuelas, aparece al revisar que la concienzuda demolición que hizo el banzerismo del vigoroso bloque de periodistas que habían iniciado el camino de crear una identidad nacional en ese campo, no se ha revertido hasta hoy, pese a valerosos y notables esfuerzos de un número creciente de colegas. Pero, donde más puede advertirse la prolongación de la sombra del Estado corporativista y represivo es en el sesgo que asume el proyecto de Estado plurinacional al virar hacia una alianza de corporaciones, aglutinada en torno a un botín político que se distribuye entre los dirigentes de sus organizaciones, sobre la base de una repartición de recursos financieros y materiales, incluyendo reservas y yacimientos de riquezas naturales, entre sus componentes.

Resulta también muy sugerente la vitalidad que exhibe la simbología y ritualidad militaristas y, principalmente, sus valores, que fascinan y seducen a los mayores exponentes del actual Gobierno, como se ve en la persistencia del secretismo con que se manejan muchos asuntos públicos, el verticalismo y caudillismo en la administración, visible también en la conducción de las organizaciones sociales.

La impregnación de estos resabios llega al extremo de que las autoridades del cambio reivindican como legítima la represión de los miembros de las Fuerzas Armadas que plantearon que su institución se descolonice, mientras apuntalan a las corrientes contrarias a una reforma cualitativa. Lo anterior incluye el haberse convertido en garantes de la afirmación de que no existen registros de los actos de represión de las dictaduras y de las desapariciones de personas. De esa manera los representantes del nuevo Estado, surgidos de una epopeya popular, terminan aliados con los sectores más retrógrados del militarismo y silencian a los cuadros castrenses más inquietos e innovadores, igual a lo que hacen en el seno de su movimiento político.

Los grandes avances democráticos de todas formas consolidados por nuestra sociedad, ponen un formidable dique al retorno de dictaduras de cualquier pelaje, pero seguirán pugnando por largo tiempo con la herencia de las dictaduras que es, en el fondo, una manifestación del atávico legado autoritario de sociedades colonizadas antes, durante y después de la conquista.

Breve crónica del golpe

• El 1 de enero de 1971, el presidente Juan José Torres anuncia la convocatoria a elecciones, además de prever una nueva Constitución.

• El 11, militares se amotinan en el Gran Cuartel de Miraflores, piden la renuncia de Torres; una masiva manifestación y la falta de apoyo al motín de parte de guarniciones militares impide que el golpe prospere. 16 oficiales son dados de baja, entre ellos el coronel Hugo Banzer.

• El 1 de mayo se inaugura la Asamblea Popular, en el Legislativo, con 221 delegados: 132 del proletariado, 24 campesinos, 55 de la clase media y 13 de partidos revolucionarios.

• El 19 de agosto estalla la rebelión militar en Santa Cruz. Militantes del MNR y FSB convocan a una manifestación, toman la Prefectura.

• El 20, los golpistas, organizados en el Frente Popular Nacionalista (FNP) celebran el triunfo de la asonada en Santa Cruz. Por la tarde, luego de que estallara una bomba e hiriera a algunas personas, el coronel Andrés Selich, como ‘venganza’, ordena el fusilamiento de capturados el día anterior; allí murieron 24. En Santa Cruz se constituye la Junta de Gobierno, conformada por el general Jaime Florentino Mendieta y los coroneles Hugo Banzer y Andrés Selich.

• El 21, a las diez de la mañana, presidida por Juan Lechín, se reúne la Asamblea Popular; convoca a la resistencia. Trabajadores y universitarios se concentran en la plaza del estadio; empiezan los enfrentamientos, especialmente en el cerro Laikacota; intentos de tomar el Cuartel de Miraflores y el Ministerio de Defensa.

• El 21, a las cinco de la tarde se conoce que el regimiento motorizado de Viacha, hasta hace poco leal al gobierno de Torres, se moviliza a La Paz, en apoyo al golpe. A las nueve de la noche, la resistencia ya había sido derrotada en toda la ciudad. Una hora después, Torres abandona el Palacio de Gobierno.

• El 22, aún quedaba el foco de resistencia en la UMSA, donde cientos de jóvenes se habían atrincherado. Aviones Mustang ametrallan los techos del edificio; se responde con algunos disparos; los blindados acribillan la fachada del Monoblock, se tira una bazooka al octavo piso. Los universitarios tienen que rendirse.

Fuente: Bolivia, su historia. Tomo VI. Coordinadora de la Historia, La Razón, (texto de Magdalena Cajías).

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