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El poder y la Iglesia

El texto diferencia entre la jerarquía de la Iglesia y el ‘pueblo de Dios’, es decir, los católicos, así se llega a la conclusión de la existencia de una ‘nobleza eclesiástica’ que ha atacado al proceso de cambio, sobre todo a partir de que se declara a Bolivia como un Estado laico.

La Razón / César Navarro Miranda

00:00 / 24 de marzo de 2013

Es importante diferenciar la Iglesia Católica como institución con estructura jerárquica y como pueblo de Dios. Esta diferenciación, en mi modesto criterio de católico, es necesaria. Es necesario por el lugar que ocupamos dentro de la Iglesia, a la que respetamos y con la que nos sentimos espiritualmente involucrados, pero también conscientes del espacio que ocupamos.

El pueblo de Dios somos rostro y cuerpo de pueblo, pero no somos parte de la estructura jerárquica de la Iglesia; por lo tanto, no somos parte de las decisiones institucionales, pero la jerarquía eclesial que tiene el mando toma decisiones a nombre de la Iglesia Católica. Estas decisiones en nombre de… y por decisión sólo de la estructura es lo que marca en nuestro país el rol de la jerarquía.

Eduardo Galeano, en las Venas Abiertas de América Latina, decía que la cruz y la espada del invasor fueron los símbolos de la dominación, por lo tanto, de la esclavitud, del saqueo, del colonialismo, porque ambos símbolos representan el poder. Pero, ¿será la utilización de la cruz como símbolo de poder lo que justifique la presencia de la Iglesia Católica en la invasión o la presencia de la jerarquía eclesial ha sido simultáneamente necesaria para el invasor y útil para la jerarquía que construyó poder, lo que explicaría esa fusión negra para nuestra América?

Ejemplos de poder y jerarquía durante la Colonia y la República hay muchos, así también ejemplos de sacerdotes que abrazaron el sentido de pueblo de la Iglesia y marcharon por líneas diferentes a la jerarquía, el ejemplo de vida que muchos no conocimos físicamente, pero a través de su testimonio humano, católico e intelectual muestra a la Iglesia como pueblo de Dios. Nos referimos al que está presente por siempre, Lucho Pueblo Espinal.

El poder siempre recurrió a la Iglesia jerárquica, por la importancia espiritual y social en la sociedad como Iglesia. Por ello esa jerarquía se constituyó en una nobleza dentro de la misma Iglesia, porque convivía con el poder y disfrutaba del poder.

Esa forma de vinculación la constituyó en parte del poder, sin ser propiamente un partido político, sino el poder permanente en sí mismo. Porque las modificaciones de estructura política en el gobierno no implicaban el cambio de estructura jerárquica eclesial; la nobleza estaba siempre ahí, sin ser pueblo, pero hablando a nombre del pueblo de Dios. 

El valor político de la nobleza eclesial estaba dado por la capacidad de imponerse sobre el sistema político y por la aceptación explícita del sistema a su subordinación temporal y su consagración indefinida en el poder de los partidos. El acuerdo político entre partidos y la nobleza de la Iglesia posibilitó acuerdos estructurales para consolidar el neoliberalismo en el país. Los partidos, perdiendo temporalmente su condición de titulares de la democracia representativa y liberal, asumen un acuerdo bendecido por la nobleza, lo que les permite legitimarse y presentarse públicamente como depositarios de acuerdos de patria y ser responsables y beneficiarios únicos del poder.

Cuando el pueblo decide quitarle a la nobleza eclesial su condición de poder, nos declaramos laicos y respetamos todas las creencias y espiritualidades a través del referéndum constitucional; la nobleza de la Iglesia empieza a cuestionar, criticar al nuevo bloque hegemónico indígena originario campesino y popular que está en el poder.

No sólo que critica, que es un acto legítimo, sino que se vincula explícitamente con los círculos de poder cruceños, por lo tanto, parte del esquema político de oposición. El ejemplo más claro es que la principal autoridad de la Iglesia y cabeza de la nobleza participa en el referéndum anti e inconstitucional de los estatutos autonómicos de Santa Cruz, y desconoce una institucionalidad constitucional y a las autoridades democráticamente constituidas.

Cuando el poder convivía con la nobleza, ésta defendía la institucionalidad democrática; ahora que no tiene esa prerrogativa política, complota contra la institucionalidad democrática.

Otro ejemplo. En los aniversarios cívicos de los departamentos se organiza una ceremonia interreligiosa en la que participan las diferentes iglesias cristianas y también la espiritualidad indígena originaria campesina. Es un encuentro ecuménico importante. Pese a las invitaciones, la jerarquía no asistió, sí lo hicieron independientemente algunos sacerdotes (en Cochabamba, Quillacollo y El Alto). Esa concurrencia, en sí misma, representa lo que es la sociedad boliviana, pero la jerarquía reunida en la Conferencia Episcopal decide no participar y automarginarse de ese encuentro ecuménico espiritual.

¿Es el pueblo de Dios que se margina de ese encuentro ecuménico o la nobleza eclesiástica que intenta separarlo de la sociedad? En nuestra sociedad abigarrada hemos convivido, y conviviremos por siempre, con la espiritualidad plural, que no es la negación de nuestra condición de católicos, por el contrario, es fortalecer ese encuentro que vivimos todos los días en nuestra cotidianidad social.

A pesar de lo que decida la nobleza, yo seguiré al igual que millones encontrándome con la Pachamama y mis amigos cristianos, con los que nos une muchas cosas, y no será la nobleza la que me separe, pero será también el pueblo de Dios que le ponga un alto a la nobleza eclesiástica que sigue actuando en nombre de… para beneficio elitario.

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