Animal Político

El poder al militante

Democratización partidaria

La Razón / La Paz

00:00 / 02 de septiembre de 2012

Jaime Navarro

Unidad Nacional (UN) nació el 12 de diciembre de 2003 en Cochabamba, donde varios cientos de hombres y mujeres nos reunimos en un histórico congreso fundacional. El sistema de partidos había caído en pedazos; los partidos políticos, su esencia y su conexión con la sociedad perdieron su razón de ser. Dejaron de representar los intereses colectivos y los pronósticos eran terribles.

En ese contexto, Samuel Doria Medina y algunos demócratas asumimos el desafío de construir un partido. La gente nos pedía simplemente una cosa: erradicar de cuajo las viejas y torcidas prácticas de los partidos políticos tradicionales y respeto a la militancia. La gran demanda era la democratización interna.

Así nos lanzamos a “recuperar la esperanza”, que fue el mandato del congreso. Salimos a las calles y en menos de 30 días logramos más de 100 mil firmas. Obtuvimos la personería jurídica tres meses después de la fundación; en el mes de marzo de 2004 se constituyó el Frente de Unidad Nacional.

La siguiente decisión fue cumplir el mandato de la militancia: elegir democráticamente las direcciones políticas nacionales y regionales. Lo hicimos contra reloj. Entre abril y septiembre de 2004, cuatro meses después de haber fundado Unidad Nacional, convocamos a elecciones internas y consagramos a nuestros dirigentes mediante el voto de los militantes y simpatizantes.

En todo el país votaron más de 50.000 personas, desde Cobija hasta Tarija. En una movilización histórica, nuestra base militante y simpatizante asistía a elegir a sus dirigentes. La decisión principal era participar y en esta contienda democrática de UN Doria Medina fue elegido líder nacional.

Organizar elecciones en nueve departamentos, además de la ciudad de El Alto, fue un desafío de gran proporción. Si bien en nuestras directivas políticas transitorias, elegidas en el congreso fundacional, contábamos con gente que tenía experiencia, la gran mayoría estaba jugando sus primeras armas en política.

Hubo problemas, claro que sí. Nuestro estatuto exigía que, además de elegir a los dirigentes mediante el voto en elecciones abiertas, debíamos observar rigurosamente la equidad de género: las candidaturas debían postularse en binomios (mujer–hombre; hombre-mujer) y así procedimos.

El desafío mayor estaba en mantener el partido unido y fortalecido después de la elección. La evaluación posterior nos mostró que en algunos departamentos del país esto no sucedió, ya que los victoriosos no tuvieron la capacidad de incluir en la conducción política a los derrotados. El aprendizaje fue claro, nos faltó aplicar un mecanismo que garantice la unidad y sinergia entre victoriosos y derrotados. El fortalecimiento institucional exige desprendimiento y el partido debe tener sitio para todos.

Las dirigencias electas tenían una legitimidad extraordinaria y la sociedad valoró mucho la decisión de UN de otorgar al militante y al simpatizante el poder de elegir. Como pocas veces había sucedido en la historia de Bolivia, los dirigentes fueron elegidos con el voto. No fueron ni el dedo del jefe ni las componendas internas los que definieron la elección, tal como sucedía en los partidos tradicionales. Unidad Nacional dio entonces un paso histórico.

Siete años después, UN impulsa un proceso de institucionalización que tiene el objetivo de abrir el partido a sectores sociales, ciudadanos y políticos. La idea es trabajar en la construcción de lo que soñamos desde 2003: la construcción de un frente de unidad nacional.

El proceso de institucionalización debería desembocar el próximo año en una elección interna. Volveremos a las urnas para elegir nuestras directivas políticas. No se puede proclamar la adhesión al sistema democrático si es que no se empieza por casa. Un partido que practica la democracia interna con seguridad que tendrá la oportunidad de lograr la confianza de la ciudadanía; podrá constituirse en un instrumento creíble en las próximas elecciones.

En la actualidad, UN cuenta con un equipo nacional electo compuesto por una Dirección Nacional, diez equipos de dirigentes regionales, directivas políticas en los nueve departamentos y en El Alto, 700 líderes medios y más de 3.500 activistas movilizados. Toda esta estructura sostenida por cerca de 100 mil ciudadanos adherentes y más de un cuarto millón de electores.

A diferencia de los partidos tradicionales que funcionaban más como maquinarias electorales, UN ha logrado consolidarse como una institución política sostenible y con una vida orgánica constante. Es el Comité Ejecutivo Nacional de la Dirección Nacional y los representantes elegidos, junto a Doria Medina, los que de manera cotidiana y regular definen la vida orgánica del partido y toman las decisiones circunstanciales y estratégicas.

Así y todo, no estamos satisfechos, y por ello Unidad Nacional está realizando todos los esfuerzos necesarios para provocar una renovación organizativa que le permita ejercer una democracia interna participativa y de calidad, en la que el poder esté en manos del militante.

Debemos trabajar hacia afuera para que toda la ciudadanía y especialmente los partidos que defendemos la democracia podamos articularnos para debatir e impulsar una visión alternativa al actual régimen autoritario. Alentamos la posibilidad de construir un proyecto de unidad para nuestro país, un proyecto que defienda y enarbole los valores democráticos, aprecie nuestra diversidad y logre una convivencia pacífica, tolerante y con visión de progreso y desarrollo.

Nuestro país necesita que los políticos nos alistemos para el desafío de la unidad y democracia. Los intereses y las necesidades de la colectividad deben anteponerse a los beneficios partidarios y sectarios. El reto está en construir un frente de unidad nacional, democrático, de centro, donde todos los bolivianos nos respetemos, aceptemos nuestras diferencias y fortalezcamos todo aquello que nos une.

Organizaciones políticas y democracia

Luis Pedraza Cerda

La democracia interna de los partidos políticos en Bolivia fue siempre el factor más débil de las organizaciones políticas. Por una parte, tiene estrecha relación con el tipo de partido, con la ubicación del partido en relación con el poder y con la madurez del sistema de partidos si lo hubiere. En el caso boliviano, desde la aparición de los partidos políticos (1880), las diferentes etapas de la vida republicana han definido el carácter de las organizaciones políticas.

Está claro que los primeros partidos de corte estrictamente oligárquico representaban y defendían exclusivamente intereses de los mineros de la plata y funcionaban como extensiones del interés empresarial, lejos de cualquier asomo de democracia interna.

Más tarde, serían los intereses de los mineros del estaño los que primarían en la aparición de nuevos partidos y en el predominio territorial de la política. Los partidos son, en todo momento, un reflejo del poder y del sistema democrático, por tanto, la democracia interna de los partidos es producto de la madurez del sistema y de los propios partidos.

Los partidos, y en general las organizaciones políticas, son la pieza fundamental de la democracia; son las instituciones especializadas de la representación y la participación política de la sociedad, son los que deberían intermediar la demanda social con el Estado de manera que articulen la participación de la sociedad en la toma de decisiones políticas.

El conjunto de organizaciones políticas en determinadas etapas históricas constituye el sistema de partidos. En el último tiempo, en Bolivia, el sistema vigente empieza a estructurarse en 1982 y entra en crisis en 2003, crisis que se extiende hasta hoy. En este periodo, el sistema de partidos se organiza con relación a tres ejes de contraposiciones en conflicto: en el eje estructural está la contradicción Estado/mercado; en el eje funcional, la contradicción autoritarismo/democracia; y en un tercer eje, la contradicción centralismo/autonomía. La aparición de nuevas líneas de conflicto como la cuestión étnico-cultural o la demanda de institucionalización de la participación ciudadana termina por impugnar el sistema de representación política y agota la estabilidad de sistema determinando una profunda crisis.

Es necesario reconocer en este último tiempo un importante desarrollo institucional que se expresa el compromiso de garantizar cortes electorales independientes, una nueva normativa electoral y una Ley de Partidos Políticos (1999) y más tarde de Agrupaciones Ciudadanas y Pueblos Indígenas (2004). Esta normativa contempla disposiciones orientadas a ampliar las bases de legitimidad de la representación de los partidos y reglas para mejorar su funcionamiento interno, entre ellas la de promover el ejercicio de una democracia interna. En la aplicación de estas normas, los tres principales partidos del sistema encararon procesos de democracia interna para renovar sus cuadros dirigenciales e institucionalizar su funcionamiento.

El resultado fue desastroso, en todos los casos se produjeron profundas divisiones internas que amenazaron la propia existencia de estas organizaciones, en todos los casos no se renovaron las jefaturas y se evitaron las fracturas e incorporaron a todas las facciones en la conformación de directivas, a ignoraron así los resultados de las elecciones internas. 

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