Animal Político

Las preguntas de febrero

Podría resultar una ventaja el estar en precampaña temprana, en la medida en que ésta suponga un debate franco y argumentado entre todos; esperemos que el TSE haga un reglamento que facilite esto y que no entienda el tiempo de campaña como una cárcel llena de prohibiciones.

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Canelas

00:01 / 01 de noviembre de 2015

Aún no contamos con reglamento y ya estamos de lleno en un ambiente de campaña de cara al referéndum para que la gente decida si el presidente Evo Morales puede, o no, ser candidato, por una última vez, en 2019. Al discutir el paso previo, la pregunta de la consulta, hubo disparidad de criterio entre la Asamblea Legislativa y el Tribunal Supremo Electoral (TSE); finalmente se mantuvo la sugerencia de este último órgano. Sin embargo, en el debate que tuvimos en la Asamblea sobre este tema, algunos asambleístas no encontraron del todo convincentes algunos argumentos del TSE. Si bien el TSE valoró como algo positivo la claridad de la pregunta enviada originalmente por la Asamblea, resultó llamativo ver que su alternativa estaba bastante lejos de ser clara: incluyendo expresiones del tipo “disposición transitoria”, ajena a una discusión sencilla y clara.

Más allá de esto, y con la pregunta ya en consulta en el Tribunal Constitucional Plurinacional (TCP), podría resultar una ventaja el estar en precampaña temprana, en la medida en que ésta suponga un debate franco y argumentado entre todos —esperemos que el TSE haga un reglamento que facilite esto y no que entienda el tiempo de campaña como una cárcel, llena de prohibiciones.

Tendríamos que aspirar, eso sería lo responsable, a llegar a febrero con el país bien enterado de lo que se va a votar, de lo que está en juego en esa consulta.

OPOSICIÓN. El discurso opositor en precampaña. La oposición no sale de ciertos lugares comunes que, cuando se contrastan con nuestra historia reciente, no pasan la prueba. Y en política no basta con saberse de memoria algunos manuales —además generalmente escritos por gente que no ha pisado nuestro país—, hace falta pensar lo que sucede al cerrar el libro. Por citar dos de los argumentos más repetidos, que van de la mano: la alternancia como criterio último de la democracia y la idea de que los gobiernos largos son los más corruptos —la alternancia como mecanismo que previene gobiernos largos y exige rendir cuentas.

Aterrizando en nuestra historia, en las dos décadas anteriores a los gobiernos del MAS, evidentemente, desde lo formal, sí se cumplían estas dos condiciones: la democracia pactada tenía gobiernos cortos y existía una alternancia nominal. Ahora bien, ¿cuál era la práctica política realmente existente en los años 90 y cuáles eran sus resultados en términos de bienestar de la gente?

Primero, los gobiernos de entonces, de Paz Zamora, Goni, Tuto nos muestran que es perfectamente compatible un gobierno corto con elevados índices de corrupción —con ministros de Defensa que mandaban a los conscriptos a tareas privadas o parientes favoritos que liquidaban cualquier institución pública. Todos recordamos que Bolivia solo ocupaba dos podios entonces: año tras año disputábamos el primer lugar de país más corrupto y el de más inestable económica y políticamente.

Segundo, la práctica corrupta extendida y la complicidad de la clase política dominante entonces era el fondo y el límite del cumplimiento de la alternancia. Si entonces era una práctica común, fruto del famoso cuoteo, ver a un dirigente político del MIR (Movimiento de la Izquierda Revolucionaria) siendo ministro en un gobierno de Goni —en teoría rivales irrenconciliables— o a un candidato a vicepresidente de Banzer siendo vicepresidente del MIR, de qué alternancia hablamos? ¿De qué rendición de cuentas hablamos? ¿Acaso se exigían responsabilidades ellos mismos? No. ¿El cumplimiento de la alternancia nominal implicaba algún proyecto diferente, una oxigenación del sistema?

No. Y la mayoría de la gente así lo percibía ¿Qué tenía que ver la megacoalición y el cuoteo con la alternancia? Nada y todo. Una casta política que simplemente practicaba una suerte de turismo. Eso es lo que, dejando el manual en la mesa de noche, teníamos hasta hace no tanto.

Y no, la oposición no ha cambiado, no se ha renovado como debería. Distinguidos exponentes de la democracia pactada siguen siendo actores fundamentales hoy en el campo opositor. Así se explica en buena medida cómo cada vez que van a las urnas menos gente confía en ellos. Exministros, exvicepresidentes de los años 90 siguen siendo la oposición hoy. Por eso es que nosotros recordamos cómo estaban, cómo se hacían las cosas cuando ellos estaban al mando. No es un advertencia de manual, es una advertencia real. Hay un proyecto, unos nombres, unas ideas detrás del No que conviene transparentar.

DEMANDA. Un tema importante: el mar y la campaña. En la entrevista que tuvo en Chile el vocero de nuestra demanda, Carlos Mesa, el periodista que lo interrogaba también era amigo de una defensa formal de la democracia. Se le ocurre, pensando que pondría en un aprieto a Mesa, preguntarle si en nuestro país existía una “democracia plena”.  Evidentemente se trata de un oxímoron. La democracia está siempre en construcción, en disputa, en proceso de ampliación. No puede nunca ser plena, salvo en las fantasías tecnoliberales donde el pueblo está ausente o en totalitarismos de signos varios.

Además, no dejaba de resultar curiosa la actitud del periodista, que buscaba un no por respuesta, que trasladaba la idea de que la democracia chilena gozaba de buena salud, era… plena. Preguntaba desde un altar normativo que poco se correspondía con lo que realmente sucede en la democracia chilena. Cualquier observador de la política de nuestro vecino puede saber que está inmerso en una crisis política y moral inédita y de consecuencias imprevisibles: la confianza de la gente en sus representantes políticos está en mínimos históricos; los escándalos de corrupción alcanzan a toda la clase política, del signo que sea; las altas autoridades eclesiásticas están envueltas en tramas de encubrimiento a acusados de pederastia, etc. Por no dejar de mencionar que alguien que vive en un marco constitucional heredado de una dictadura difícilmente está para dar lecciones de plenitud a nadie.

La respuesta de Mesa fue la correcta. Vivimos en una democracia. Una más estable, con mayores niveles de participación y de confianza de la gente en sus representantes; con menos pobreza y mayor bienestar que la que teníamos en 2005. Comprando momentáneamente la lógica del periodista chileno: una democracia un poco más plena que la de hace una década. Mesa hizo bien en no entrar en el juego. Uno de los aspectos que más ha debilitado la estrategia chilena es que los expresidentes que se sumaron a la convocatoria de Bachelet más parecen ocupados en su propia carrera política que en la causa que los congrega. Ricardo Lagos parece más ocupado en criticar la propuesta de Asamblea Constituyente de la Nueva Mayoría que en concentrar esfuerzos en la demanda de La Haya. Algo parecido sucede con Piñera, que tiene en la mira la siguiente convocatoria electoral.

Aquí, el vocero y el agente, ambos exgobernantes, han sido claros al remarcar que la coyuntura política, por muy intensa que ésta sea, no puede ni estar por encima ni ocupar más tiempo que la causa nacional que, por iniciativa del presidente Evo Morales y el trabajo de un gran equipo, nos ha dado un primer gran triunfo hace pocas semanas en La Haya. Está bien que así sea y tengamos claro cuál es la prioridad mayor para todos los bolivianos.

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