Animal Político

Las primarias y el ocaso del kirchnerismo

Más allá de los datos, hay una cuestión muy importante que se refleja en el resultado electoral y consiste en la masiva retirada de apoyo y confianza al gobierno y al kirchnerismo como forma de hacer y gestionar la política, por parte de la sociedad argentina.

La Razón / Diego M. Raus

00:03 / 18 de agosto de 2013

El domingo 11 de agosto se realizaron en Argentina las elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias (Paso) por segunda vez en la historia política del país. Las primeras, en agosto de 2011, se habían realizado para elecciones presidenciales; las del domingo, para elecciones legislativas a realizarse el 27 de octubre de este año.

Si bien el sentido de las Paso es dirimir candidaturas internas en los partidos, esto se da en muy pocos partidos. En los hechos, las Paso operan como una elección anticipada o, al decir de algunos analistas, una gran encuesta nacional previa a la elección.

Con la prudencia del caso, se puede señalar que el resultado de las elecciones del domingo marcaron el ocaso definitivo del kirchnerismo en la política argentina, más allá de que el mandato presidencial tenga todavía dos años más. El gobierno de Cristina Fernández —kirchnerismo— pasó del 54% de los votos en 2011 a 26,2 el domingo. Perdió en provincias hasta ahora bastiones electorales propios, inclusive la provincia de Santa Cruz, cuna de la carrera política de Néstor y Cristina Kirchner. Perdió en los principales distritos del país (ciudad y provincia de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Mendoza), provincias que juntan más del 65% del padrón electoral. Perdió, y esto es lo más importante en la coyuntura, toda posibilidad de forzar una reforma constitucional que permita una nueva candidatura de Fernández, habiendo sido la reforma de la Constitución y la re-reelección la estrategia central del Gobierno para estas elecciones de haber obtenido un buen porcentual de votos.

Esta derrota electoral aparece como un fin de ciclo en la política argentina toda vez que, por características y carácter propio, la Presidenta nunca propulsó a alguna figura política de su partido y gobierno como su continuidad. Por lo tanto, caída la posibilidad de una re-reelección, lo que cae definitivamente es el kirchnerismo como gobierno y como forma de hacer política en Argentina.

El oficialismo, en el Frente para la Victoria, fue derrotado principalmente por el Frente Renovador de Sergio Massa, intendente de Tigre, un partido al norte del denominado conurbano bonaerense. Esta relación de fuerza adversa al Gobierno es la que marca con más evidencia y contundencia la crisis del kirchnerismo, ya que Massa, un político joven de 41 años, desarrolló su carrera política en el gobierno llegando a ser su jefe de Gabinete en 2008. En los últimos tiempos, aquél venía acentuando su rol opositor a la vez que su imagen política crecía aceleradamente. Esta situación convenció a Massa, 40 días antes de las Paso, a encabezar un frente opositor al Gobierno y ocupar así un lugar central en la siempre inestable y endeble oposición política en Argentina. El domingo, en la estratégica provincia de Buenos Aires (38% del padrón electoral), Massa venció contundentemente al delfín del Gobierno, Martín Insaurralde, posicionando así en el rol de principal opositor y, con reservas, apuntando a la carrera presidencial de 2015.

La derrota oficialista, y la imposibilidad de la continuidad de Fernández, puede producir, ya a partir de las legislativas, una diáspora de gobernadores e intendentes peronistas, sobre todo del conurbano bonaerense, al espacio político de Massa. Las razones, al modo de un rational choice, residen en la posibilidad de perder su dominio territorial si siguen jugando su suerte a un kirchnerismo huérfano de liderazgo. El poder territorial en el Gran Buenos Aires y en muchas provincias se consiguió siempre en alianzas entre los mandamases locales y el poder nacional siempre y cuando éste garantizara el triunfo en las urnas. Ante un cambio en el liderazgo nacional inmediatamente, y en forma de goteo, cambian las lealtades políticas locales, siempre hábiles a la hora de juntar votos. En esta situación pesa tanto la derrota electoral como la reticencia mencionada anteriormente en generar la propia sucesión política. Por el contrario, el kirchnerismo, como estilo político, observó siempre la particularidad de arremeter contra toda figura que emergiera de su propio espacio político, al punto del destrato. De esto puede dar cuenta el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, considerado hasta el domingo la posible sucesión del Gobierno. Por eso, quizás, Scioli, de paciente y sumisa carrera política, haya sido el otro gran derrotado de la contienda electoral.

Pero más allá de los datos, hay una cuestión muy importante que se refleja en el resultado electoral, y consiste en la masiva retirada de apoyo y confianza al Gobierno, y al kirchnerismo como forma de hacer y gestionar la política por parte de la sociedad argentina. Por razones de espacio no me detengo en el análisis de otras fuerzas políticas, particularmente la centroizquierda, que emergieron como ganadores en la elección. Pero, junto al caudal de votos de Massa, el resultado cualitativo es que más del 65% del electorado votó en contra del Gobierno. Y ese rechazo, luego de diez años de gobierno, es un déficit irremontable dado que caben pocas dudas que la lógica interna de ese voto opositor está revestido de un fuerte matiz “anti”.

Para el Gobierno, el peor de los escenarios: caída del liderazgo nacional de Fernández, indefinición en la elección del sucesor para 2015, posible vacío de poder territorial, y una situación económica con variables macro muy complicadas, en gran medida, por errores propios. Dos años de gobierno —síndrome del pato rengo— en los cuales se tendrá que ser muy hábil, o muy componedor, para transitarlos sin dificultades de gobernabilidad.

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