Animal Político

‘La primavera árabe’ se estanca

Un año después

La Razón / Ángeles Espinosa

00:00 / 29 de enero de 2012

Un año después de la caída del faraón Mubarak, el proceso de cambios en el mundo árabe sigue abierto, e incierto. Con la sola excepción del precursor Túnez, cuya transición parece encarrilada, el resto de los países en los que ha habido revueltas caen en tres categorías:

1. En proceso de transición: Libia y Yemen. Tras una guerra civil en la que los sublevados contaron con el apoyo internacional, los libios tratan ahora de hacer, más que rehacer, un país en el que la identidad nacional es débil y los sentimientos tribales actúan como fuerzas centrípetas. En Yemen, la presión externa y la promesa de inmunidad, ha conseguido que el presidente Saleh acepte retirarse formalmente del poder y se ha puesto en marcha una transición política cogida con alfileres. En ambos casos, va a necesitarse mucho tiempo y mucho apoyo para evitar que descarrilen.

2. Cerradas en falso: Bahréin y Arabia Saudí. Ni las medidas de reconciliación ni el fondo de compensación a las víctimas anunciados por las autoridades de Bahréin han convencido a quienes salieron a la calle para pedir derechos cívicos. A diferencia de los otros países, la división sectaria entre una familia real suní y una población mayoritariamente chií dificulta la solución.

La democracia plena acabaría con la dinastía de los Al Khalifa. Las protestas continúan. Como continúan en la Provincia Oriental de Arabia Saudí, donde las autoridades han respondido con medidas policiales a parecidas exigencias de su minoría chií (para el resto de la población ver el último párrafo).

3. En marcha: Siria. Es el caso más difícil. En lo interno, porque los sirios se encuentran divididos y la correlación de fuerzas no está clara, pero el régimen sigue contando con el aparato de seguridad. Incluso sectores descontentos con la dictadura de El Asad se mantienen al margen por temor a la fractura étnica y confesional del país.

En lo externo, la misma división y temores dificultan una acción concertada a la libia. Los monarcas árabes que apoyan el status quo en Bahréin, se alinean aquí con los rebeldes no tanto por empatía sectaria (en gran medida los sublevados son la mayoría suní contra una élite gobernante alawí) como por su rivalidad política con Irán, que es el principal aliado de Damasco. Occidente declara que apoya las aspiraciones democráticas de los sirios, pero no va más allá de sancionar al régimen porque teme el agujero negro en el que puede convertirse el país. Lo peor está por llegar.

Finalmente, hay un cuarto grupo de países, cuyos gobernantes han respondido raudos a las peticiones de sus súbditos (Marruecos, Jordania y Omán) y han logrado, de momento, contener las protestas. Aquí cabría incluir también a los que se han adelantado a tal eventualidad con mejoras económicas y promesas políticas, como la propia Arabia Saudí, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos e incluso Qatar.

Un año de la caída de Mubarak

Nuria Tesón - El País, Madrid

Tahrir es sinónimo de revolución, de lucha, de frustración, de sangre, de esperanza y de felicidad. Tahrir significa liberación. Y los egipcios, en una manifestación multitudinaria, le devolvieron el jueves ese significado a la plaza que vio nacer la democracia hace un año.

No el 11 de febrero, cuando Hosni Mubarak, abandonado por todos, se vio obligado a dimitir, sino el 25 de enero. Ese día los egipcios se echaron a la calle con temor, pero con convicción, para reclamar lo mismo que hoy coreaban en la plaza “¡Pan, democracia y justicia social!”. Y perdieron el miedo. Así que el jueves sólo ha habido convicción. Las banderas han ondeado festivas y se han mezclado los gritos de hombres y mujeres, extremistas y liberales en una fiesta que se inició la noche de la víspera y que no tenía visos de acabar. Igual que la revolución: “Estamos aquí porque la revolución no ha terminado”, gritaba una joven rodeada por un grupo de amigas en el centro de la plaza. Junto a ella, en una zona segregada, cientos de hombres con banderas de los Hermanos Musulmanes entonaban el Himno Nacional de Egipto.

Islamistas del Partido de la Libertad y la Justicia (PLJ), así como de los ultraconservadores salafistas, celebraron en la plaza su victoria en las urnas (juntos suman un 75% de los escaños del Parlamento), y durante la primera parte del día sus cánticos y gritos de Allahu Akhbar (Alá es el más grande), amortiguaron los de los que gritaban contra la junta militar.

Pasado el mediodía empezaron a unirse a la celebración las manifestaciones convocadas en diferentes puntos de la capital y quedó patente que la celebración además tuvo un carácter simbólico: el de recordar a los militares que el pueblo egipcio aún tiene fuerza en las calles.

Varios grupos de activistas y partidos políticos habían llamado a reclamar la cesión del poder militar a la autoridad civil, la excarcelación de los activistas detenidos y el fin de los juicios militares a civiles (casi 14 mil en el último año) y a dar su respaldo al Parlamento electo.

“Abajo el Ejército” y “El pueblo egipcio quiere que se vaya el mariscal”, fueron algunos de los cantos más coreados. Los gritos se oían a manzanas de distancia, porque la plaza estaba tan concurrida que muchos tenían que salir y continuar la celebración en las plazas aledañas. Un joven egipcio, Samer Shehawi, que había llegado desde la Universidad en una de las manifestaciones apuntaba: “La democracia no son sólo unas elecciones. Es una toma de conciencia continua. Mira a Saad Katatni (miembro de los Hermanos Musulmanes y presidente del Parlamento) defendiendo la actuación de los militares en este año. Qué podemos esperar”. Para este licenciado en Ciencias la lucha debe continuar aunque algunos flaqueen.

“Están cansados, pero en este país la gente siempre ha estado cansada. Hasta que hicimos la revolución”, señala. “Antes hasta el policía de menor rango podía detenerte sin motivo. Ahora los militares hacen lo mismo. Mientras eso sea así la lucha no habrá terminado”, dice.

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