Animal Político

El reportaje, al final del camino

Si puede ser verdad que en el principio fue el verbo, el Santo Grial, supremo principio y fin de la profesión, es el reportaje. El periodista sin mediatización alguna, situado entre las cosas como culminación del texto personal e interpretativo que encontramos al final del camino.

La Razón (Edición Impresa) / Miguel Ángel Bastenier

00:03 / 18 de enero de 2015

Reportaje y reportear, esa es la cuestión. El periodismo de teletipo refriteado, las informaciones indirectas: comunicados, boletines, documentos emitidos por la autoridad o sus sucedáneos, ha llegado a su fin.  Los periódicos viven en el tiempo de internet, en el que la información estándar, lo que yo llamo la agenda obligada, no sirve ya para competir, y solo vale la agenda propia. Comprendo que, dados los medios no siempre suficientes con que cuentan la mayoría de diarios en lengua española, no pueden poblar tanto como quisieran la publicación con esa agenda propia, pero que hay que cultivar con la urgencia de lo imprescindible en la versión impresa y digital.

Y el género que responde a esa necesidad está desde siempre inventado: el reportaje, el periodista presente en el lugar de los hechos, solo, no en manada de colegas, haciendo lo que las redes sociales no pueden cubrir con esa intensidad que solo da el periodista convertido en fuente de su propio texto, cuando cuenta lo que ha visto, oído y palpado. La mirada del profesional, única, intransferible, personalizada, de forma que lo que publiquemos nos distinga poderosamente de nuestros competidores.

No se trata, por supuesto, de sustituir un tipo de diario por otro, de liquidar eso que llamo información estándar, sino darla en su justo medio, suficiente, explicativa, en la medida en que la interpretación, el análisis, el conocimiento de los profesionales ilumine el texto, santo y bueno. Pero no podemos ya hacer el mismo periódico que nuestros competidores variando únicamente preferencias editoriales entre unos personajes, unos partidos, unas soluciones u otras. Y ese reportaje solo adquirirá pleno sentido si lo concebimos como una tarea de investigación. Se trata, al menos idealmente, de cazar el blanco móvil.

Podemos concebir dos tipos de reportaje, o hasta tres. El más evidente es el que llamo reportaje de escenario, aquel en el que hay personaje, lugar físicamente notable, donde hemos de atender a una banda sonora, lo que los protagonistas dicen que sea relevante; puestos a soñar, imaginemos una batalla, o su legado, como el dramático escenario que contempló y reporteó un periodista de El País (España), cuando en septiembre de 1982 fue uno de los tres informadores internacionales que accedió a los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila, guerra del Líbano, y pudo relatar convertido en fuente del horror que veía la desolación de ancianos, mujeres y niños asesinados, de las formas más crueles que quepa reseñar, por una tropa de guerrilleros libaneses, mayormente cristianos; entre 1.000 y 3.000 cadáveres para una masacre. Ese es el blanco móvil, lo que no tiene fecha, ni anuncio, ni rueda de prensa, que vendrá luego para el común de los mortales.

Pero no todos los reportajes de escenario tienen por qué ser un blanco móvil con su irrepetible diana. Oportunidades más sedentarias, a las que hay que dar igualmente el sello personal, pueden ser el estreno de grandes espectáculos, uno u otro Sting se prestarían a este tipo de reportaje, en los que hay una inapreciable banda sonora aún más propia que del espectáculo en sí, la de los transportes de emoción de la audiencia. Pero si el reportaje solo pudiera ser de escenario, nos perderíamos todo aquello que ha ocurrido fuera de nuestra presencia, y tenemos que recurrir al reportaje virtual, o reconstrucción de lo pasado a través de testigos, documentos, investigación periodística de lo ocurrido: ¿qué es el uribismo?; difícilmente puede haber mejor ejemplo de esta tipología que la reconstrucción de una idea, de un sentimiento, de lo intangible por definición, y que un periodista del mismo diario trató de materializar recorriendo durante más de dos semanas Colombia, hablando con propios y extraños y, negándose a llegar a conclusiones cerradas, trató de pintar la capilla sixtina de una política y un político (Álvaro Uribe) excepcionalmente colombianos; o también la reconstrucción de las torturas practicadas en la Escuela Mecánica de la Armada en Buenos Aires, durante la dictadura militar argentina, aparecido también en El País, a poco del restablecimiento de la democracia. Todos ellos, blancos móviles, lo absolutamente opuesto a la naturaleza muerta o el bodegón que es lo mejor que podemos esperar de una rueda de prensa.

Y esa tercera modalidad, ¿cuál puede ser si no la entrevista, una visita a la realidad del reportero, en la que un personaje es el alfa y omega de nuestra pesquisa?; pero de este subgénero del reportaje hablaremos extensamente en otra ocasión.

Si puede ser verdad que en el principio fue el verbo, el Santo Grial, supremo principio y fin de la profesión, es el reportaje. El periodista sin mediatización alguna, situado entre las cosas como culminación del texto personal e interpretativo que encontramos al final del camino.

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