Animal Político

¿Tendremos los reporteros el mejor oficio del mundo? - Rubén D. Atahuichi López

La Razón / La Paz

00:01 / 06 de mayo de 2012

Gabriel García Márquez acuñó el dicho de que el “periodismo es el mejor oficio del mundo” luego de su experiencia de reportero raso, sus funciones de escritorio (de las que dice que son un desperdicio para un buen periodista, que debería estar en las calles o el lugar de la noticia) o de “abominable hombre de las nueve”, como llama en Memoria de mis putas tristes al editor que suele destrozar las notas a esa hora de la noche.

¿Tendremos los periodistos y las periodistas el mejor oficio del mundo? Sólo la pasión por esta noble labor de servicio social y público (y humano, como profesó Ryszard Kapuscinski) puede permitirnos calificarlo de mejor. Por lo demás, muchos no lo creen así; tendrán sus razones.

Alguien me dijo que es periodista porque en matemáticas le fue mal, otro me aseguró que llegó a esto de paracaidista, que en vez de escribir novelas y tardarse meses y meses en ver el desenlace de sus escritos, prefiere gastar tinta y zapatitos entre sus fuentes, investigaciones y los “privilegios”.  Periodistas de ocasión, pero buenos escribidores y, quizás, con una tinta menos fría que los honrados por la vocación.

Otros dicen (decimos) tener tinta en las venas (o lo que corresponda para los de televisión y radio). Periodistas de vocación, con taras  y virtudes. Claro, periodistas de ocasión y vocación, periodistas al fin, con el compromiso que amerita el oficio.

Es, pues, un oficio de privilegio: te codeas con los capos (del poder político o de la farándula) como ningún otro mortal, conoces los hechos de primera mano y tu nombre aparece en los diarios, tu voz se escucha en lugares que ni te imaginas y cuando te ven en la calle te dicen “¡el (la) de la tele!”.

Pero en más de las veces, importa poco eso. Uno siempre anda preguntando cuándo cae el siguiente turno, hace cachitos porque al Presidente o al ministro no se le ocurra una conferencia de prensa imprevista o se golpea la cabeza por la patada (primicia) de la competencia. Sin embargo, igual caen bien esas cosas, porque el sólo contarlas implica un éxtasis quizás inexperimentado en otros dignos oficios.

Uno nunca aprende; igual sigue en esto, aunque consumido por las largas horas y el sacrificio para los suyos. Por algo será: el mejor oficio.

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