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El retorno de dos valientes

Luego de la Batalla del Alto de la Alianza, donde cayeron miles de aliados y chilenos en un recio combate de siete horas, los pobladores tacneños salieron y enterraron a la gran mayoría de los soldados peruanos muertos, dejando a los chilenos y bolivianos en medio del desierto.

La Razón (Edición Impresa) / Tomás Peña y Lillo

00:02 / 09 de agosto de 2015

En 2008, miembros de la “Brigada Naval Combatientes del Pacífico”, grupo de civiles y militares peruanos dedicados al estudio de la Guerra contra Chile, encontraron los restos de un soldado boliviano en medio del campo de la Alianza, en las cercanías de Tacna.

No era la primera vez que se encontraban restos de soldados bolivianos en la meseta; de hecho, el exembajador de Bolivia en Perú Dr. Jorge Gumucio, junto a los agregados y adjuntos militares de Bolivia en Lima, en 1996 fueron parte de una emocionante ceremonia militar en el monumento al Alto de la Alianza, donde se enterró con todos los honores a un soldado boliviano, en cuya costura interna del pantalón y aún después de más de un siglo de su muerte, marcado con aguja y palta decía: “soldado A. Céspedes. Vuelve pronto, tu madre que te espera”.

Esto tenía su motivo, luego de la sangrienta Batalla del Alto de la Alianza, donde cayeron miles de aliados y chilenos en un recio combate de siete horas, los pobladores tacneños salieron y enterraron a la gran mayoría de los soldados peruanos muertos, dejando a los chilenos y bolivianos en medio del desierto.

Lógicamente, a través de los años aparecieron continuamente soldados bolivianos, a los cuales los peruanos les construyeron un cementerio militar junto al monumento que honra a los aliados caídos en Inti Orko, nombre original de la meseta sangrienta.

Volviendo a 2008, los integrantes de la Brigada Naval, luego de encontrar el cuerpo y comprobar su nacionalidad, dieron el parte respectivo y lo georreferenciaron; curiosamente, esta vez no hubo entierro y prácticamente los restos quedaron en el olvido. En 2014 la Cancillería boliviana, que se había enterado del hallazgo por medio de historiadores militares con contactos con la Brigada Naval, instruyó con buen tino al embajador de Bolivia en Perú, Gustavo Rodríguez Ostria, historiador y diplomático, que tratase de encontrar los restos de dicho soldado.

Mediante un boliviano, el señor Manuel de la Torre Ugarte Bustos, la embajada se contactó con la brigada, la que entregó los datos que permitieron a los funcionarios peruanos encontrar el cuerpo y otros dos, uno de ellos de un soldado peruano, enterrado junto a un boliviano, muy cerca de la zona.

La labor de la Brigada Naval debe ser relievada. Sus miembros, con gente tan connotada como Percy Graham o el almirante Reynaldo Pizarro, se dedican al estudio investigativo de la historia de la Guerra del Pacífico in situ. Hace algunos años, mediante su activa colaboración, logramos hallar el destino de dos piezas Krupp de 60 mm salvadas de la batalla y actualmente en el Colegio Militar del Ejército.

Su lema “Nada ni nadie será olvidado” es sugestivo y profundo; no entra en la historia chauvinista de algunos sectores de historiadores peruanos, cuyo único argumento fue siempre echar todas las culpas a su aliado, olvidando el inmenso sacrificio de las tropas bolivianas que combatieron más de un año en territorio peruano y cuya mayoría quedó sepultada en tierras aliadas, con la esperanza de que la victoria común les permitiese volver al mar tan ansiado. En sus fotografías cuestionan esa historia oficial, con palabras como “¿Por qué la historia (peruana) calla estas acciones (del Ejército boliviano) de disciplina y coraje?”

No hay duda acerca de la nacionalidad de los dos soldados encontrados, ambos vestían guerrera amarilla, la cual solo usaron los soldados del Batallón Sucre y los Libres del Sud; asimismo, solo los soldados bolivianos utilizaban una especie de ropa interior larga, llamada en jerga militar “calzón de diablo”, por su parecido a lo que visten los danzarines de la diablada; además, llevaban un pantalón muy largo doblado hacia arriba, junto a sus clásicos morrales.

Además, en el lugar donde se encontraron los restos estaba ubicado el Batallón Sucre 2 de línea, que formó parte de las guerrillas que defendía el ala izquierda aliada, al mando del coronel Eliodoro Camacho; las guerrillas eran posiciones adelantadas con la misión de dar seguridad y proteger al grueso, justamente en el lugar del esfuerzo principal chileno, es decir, recibieron toda la potencia de la artillería e infantería enemiga.

La Batalla del Alto de la Alianza, que tuvo lugar el 26 de mayo de 1880, fue la que decidió la guerra, porque allí estaba lo mejor del ejército aliado: los peruanos al mando del almirante Lizardo Montero y los bolivianos al mando del coronel Eliodoro Camacho. Todos voluntarios, veteranos duros y curtidos. La derrota se debió exclusivamente a la superioridad numérica chilena, alineando 18.756 hombres y 36 cañones, frente a 5.061 bolivianos y 5.788 peruanos, con 17 cañones, de los cuales solo 6 Krupp eran modernos. Nicolás de Piérola (presidente de facto de Perú) jamás envió nada a su ejército y evitó su unión con las tropas de Arica y Arequipa, solo por encono político contra Montero, provocando directamente la pérdida de la guerra.

Durante la batalla, el Batallón Sucre cumplió plenamente su deber y fue prácticamente arrollado por la gran superioridad numérica enemiga; sin retroceder y con grandes bajas, alarmó justificadamente al general Camacho, el que pidió refuerzos y recibió la reserva del ala derecha al mando del almirante Montero: dos batallones con el mismo color de guerrera: roja; eran los batallones Alianza y Aroma, los que junto a la columna de zapadores y apoyados por una sección de cañones Krupp, formaron la inmortal agrupación colorada que atacó a los chilenos y no paró hasta llegar a sus cañones, produciendo el repliegue de las divisiones de Amengual y Amunátegui.

Al pasar los colorados al contraataque, pasaron por encima de los cadáveres del Batallón Sucre, aumentando su rabia y su deseo de venganza por sus camaradas caídos.

Mediante un convenio con el Gobierno peruano, estos dos bravos soldados bolivianos vuelven a la patria por la cual dieron su vida, 135 años después de su sacrificio descansarán en paz cubiertos por la bandera que defendieron con tanto valor hasta su trágico y amargo final; su valor y sentido del deber son un ejemplo para todo boliviano y señalan la ruta que un día nos llevará de retorno a las orillas del mar.

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