Animal Político

Los retos de la convergencia política

La propuesta de organizar un Frente Amplio  es un esfuerzo interesante de articulación programática y política de un bloque político y social que canaliza el  descontento de una ciudadanía dispersa, pero crítica al Gobierno.

La Razón / Érika Brockmann Quiroga

00:01 / 06 de octubre de 2013

Luego de ocho años de victorias electorales y presencia política dominante del Movimiento Al Socialismo (MAS), resulta inocultable su pretensión hegemónica así como su dificultad de convivir democráticamente con el adversario político. En este contexto, acompañado de bonanza económica, la propuesta de organizar un Frente Amplio es un esfuerzo interesante de articulación programática y política de un bloque político y social que canalice el descontento de una ciudadanía dispersa, pero crítica al Gobierno.

Luego de ocho años de debilidad, fragmentación y confusión frente a la nueva realidad política nacional por parte de las oposiciones y coaliciones electorales, el reto que plantea el Frente Amplio no es fácil, por lo que corresponde reflexionar sobre los desafíos que esta iniciativa entraña. 

Primero, es necesario despejar algunos prejuicios y conceptos equivocados sobre la naturaleza de un “frente amplio”. Un frente amplio no es necesariamente una junt’ucha que debe descalificarse de entrada. Los frentes amplios y coaliciones políticas electorales no son algo excepcional; hacen a la esencia de la política, que es agregar, interpretar, mediar y representar visiones, demandas e intereses diversos de toda sociedad compleja. Ejemplos frentistas sobran; el Partido de los Trabajadores en Brasil es una coalición de gran número de organizaciones, incluso algunas de centro derecha, al igual que la Convergencia en Chile (NdE: será Concertación).  El Frente Amplio uruguayo nació como un esfuerzo de agregación política de fuerzas de izquierda democrática. Curiosamente, el MAS, por su origen y composición, es también una coalición de organizaciones sindicales corporativas predominantemente rurales y de organizaciones de izquierda residuales cuyos intereses reales no son homogéneos. 

El Frente Amplio en gestación aglutina actores de probada convicción democrática. Sus voceros han manifestado la convicción de que su propuesta no debe ser reactiva, sino propositiva, para superar el cortoplacismo contagioso y “hepático” de un clima electoral altamente polarizante. En este esfuerzo de construcción resalta una conjunción de liderazgos intermedios, intelectuales y regionales con experiencia política frente a la adversidad, a los que difícilmente la trituradora oficialista podrá doblegar.

Si bien la primera ráfaga descalificadora se ha focalizado en la figura emblemática de Loyola Guzmán, ese mismo hecho permite constatar que actores “antes” revolucionarios, prolucha armada y capaces de morir y matar por sus “ideas” pasaron por una conversión sincera hacia principios democráticos. Comparar su  acercamiento a Unidad Nacional (UN) como si se tratara de la Unión Juvenil Cruceñista es negar la ya probada vocación democrática y no necesariamente conservadora de UN.  Esta conversión no es “traición”, sino de evolución. En todo caso, será un reto de esta coalición convencer a la ciudadanía que no se propugna un “retorno al pasado” y que el cambio que prometió y soñó el país, en muchos campos incumplido, no es monopolio del MAS. 

¿Qué une a los actores del Frente Amplio? Ante todo, una visión “antiautocrática” que cuestiona la discrecionalidad del caudillo, la crítica al clientelismo prebendal, a la corrupción que persiste, a la falta de transparencia, a la demagógica, improvisada y deficiente gestión pública, especialmente en el campo la política hidrocarburífera y productiva en general. Cuestiona las tendencias recentralizadoras y una política internacional aislacionista cuya prioridad tiene ejes contradictorios: mar, legítimo y que potencia sentimientos nacionalistas; “kawsachun coca”, con sus derivaciones contaminantes y la estridencia discursiva anticapitalista y antiimperialista; el cuestionamiento a la instrumentalización de la Justicia y el debilitamiento de un Estado de Derecho siempre precario. Este eje programático plantea un verdadero cambio de lógicas políticas del pasado hoy exacerbadas.

Ahora bien, pregunto: ¿existe la disponibilidad en el electorado para apoyar esta propuesta transformadora? Somos una sociedad profundamente caudillista, que más que un programa exige un líder que reemplace al caudillo de turno y que si bien critica, en el fondo, aplaude la lógica clientelar y rentista. Gran creatividad deberá desplegarse para seducir y lograr el apoyo de un electorado predominantemente urbano, antipolítico, desconfiado e indiferente a los déficits democráticos del Gobierno en medio de una bonanza que es mal gestionada, pero bien aprovechada para reproducir el poder. 

Aún teniendo un programa adecuado y remontando la todavía débil organización de las agrupaciones que se alinean en torno al Frente Amplio, se registra una debilidad que tiene que ver con la ausencia de un liderazgo competitivo que contrapese el poder carismático y las lealtades caudillistas que despierta la figura de Evo Morales. Si bien es plausible esta suerte de carrera o primaria política de algunas figuras ya visibles, éstas tienen limitadas capacidades de convocar una adhesión electoral significativa a nivel nacional. Ello plantea la necesidad de incluir a la lista de liderazgos, ya en carrera, a hombres y mujeres con perfiles electorales interesantes y renovados y  afinar métodos mixtos y confiables para medir su potencialidad electoral. Sería interesante visualizar la vocación unitaria de una fotografía que aglutine a personas con capacidad probada y prestigio para encarar desafíos programáticos específicos encabezados por el mejor binomio posible. Ello entraña desprendimiento, visión y perspectiva política.

Probablemente, éste sea el único camino que despierte el interés de una ciudadanía apática y desconfiada, y que, en lugar de que la coalición de organizaciones reste, sume y multiplique.   

En una Bolivia tan abigarrada, sería ideal reconfigurar un sistema político multipartidario moderado. Lamentablemente, dos factores conspiran contra esta posibilidad: primero, un escenario en el que las condiciones de la competencia electoral serán injustas y desiguales en términos de recursos y frente al uso y abuso del proselitismo presidencial y clientelar del Estado. El segundo factor tiene que ver con un sistema electoral que  en tiempos de polarización castiga el multipartidismo y fomenta el bipartidismo. En ese escenario, la propuesta de aglutinación frentista en torno a una oposición única es válida. En este esfuerzo, una dosis moderada de pragmatismo no será mala; de hecho, la estrategia electoral del Gobierno abusa de ella en aras de capturar la simpatía de sectores y regiones que todavía no lo acompañan.

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