Animal Político

¿El riesgo de los reyes chiquitos?

La oposición tendrá una prueba difícil porque depende de los miembros directivos más visibles de las fracciones y expresiones que la conforman, quienes deben tener un nivel de modestia y consideración a intereses generales, un rasgo del que carecen los políticos.

La Razón (Edición Impresa) / Gonzalo Rojas Ortuste

00:01 / 12 de enero de 2014

Este 2014 la oposición tendrá una prueba difícil, puesto que no depende tanto de lo que haga el populoso Movimiento Al Socialismo (MAS) y el presidente-candidato, sino de sí misma, es decir, de los miembros directivos más visibles de las distintas fracciones y expresiones que la conforman. Abundando esta formulación, digamos que se requiere comportamiento de mediano y largo plazos, que es justo la característica que, en general, carecen los políticos y que en el caso que nos ocupa implica un nivel de modestia y consideración a intereses generales, que tampoco es un rasgo notable de cualquier político, especialmente de los que pretenden una proyección presidencial. A continuación, un recuento de las principales fuerzas opositoras para ponderar esa proyección y sus reducidas posibilidades de éxito, individualmente consideradas.

El Movimiento Sin Miedo (MSM) tuvo una precipitada proclamación de candidatura presidencial de su líder histórico, Juan del Granado, afectando así, quizás de manera irrecuperable, posibilidades de una alianza con otras fuerzas de relativa envergadura. La trayectoria del MSM es valiosa en la construcción del espacio público democrático en nuestro país, incluido el rol de Del Granado contra la impunidad de la última dictadura militar, además de su notable influencia en la capital política del país. Por ello su participación en un eventual frente era —y sigue siendo— de insoslayable importancia. Cuenta con un valioso y crítico diagnóstico de la situación política del “proceso de cambio”, y como pocos sabe que esos importantes triunfos de los primeros años del régimen son resultado de una acumulación del propio proceso democrático boliviano y no patrimonio exclusivo del MAS ni del presidente Evo Morales.

El Movimiento Demócrata Social (MDS) que encabeza el gobernador de Santa Cruz, Rubén Costas, representa la vigencia del reclamo autonómico en Bolivia y ha transitado de posiciones intransigentes cuando este político ejercía de cabeza del Comité Cívico cruceño a unas más afines al juego democrático en una comunidad política nacional. Su nuevo denominativo (dejando el de Verdes, que aludía a una identidad regional) y su proclamación presidencial en Cochabamba enfatizan una proyección nacional y una autoinscripción ideológica (socialdemocracia) que implica también una comprensión del rasgo ideológico mayoritario donde hay que dar la disputa por las adhesiones electorales. Las intervenciones en la prensa de Óscar Ortiz son muy explícitas en la reivindicación de las premisas básicas de cualquier democracia moderna, como si dijéramos que ha ocurrido una concienciación acelerada del valor del pluralismo político a partir de la conculcación más o menos cercana de opositores de tierras bajas.

El Frente Amplio (FA), cuya expresión político electoral más visible es Unidad Nacional (UN) encabezada por Samuel Doria Medina, no tiene un anclaje territorial tan visible como las dos fuerzas anteriores y ello podría ser una ventaja en una articulación de fuerzas, y es de allí justamente de donde la convocatoria del FA es más consistente y persistente. Hasta ahora ha sumado a grupos pequeños en número, pero de peso cualitativo por su capital intelectual y moral. No hace falta coincidir en cada una de sus formulaciones, pero es indudable que hay que saludar su tenor democrático al proponer a la discusión pública cuestiones como el cosmopolitismo versus un cierto nacionalismo sobre todo de cuño étnico de la retórica oficialista, y no caer en el extremo del chauvinismo. Por otra parte, con las experiencias de éxito electoral en Beni y en Sucre, donde se derrotó al oficialismo, hay que reconocer la validez y viabilidad de convocatorias anticaudillistas y de proponer un liderazgo colegiado como compromiso de maduración democrática.

Los y las candidatas con menos seguidores en las encuestas, sin menoscabo de sus méritos personales, todavía no han generado una proyección que pueda ser considerada con posibilidades reales de éxito, y debieran contribuir a formar elencos de personalidades (por ejemplo para senadores o ministros en áreas de su especialidad) alrededor de aquéllas con mayor convocatoria, no como pragmática alianza, sino alentando una discusión que mejore las propuestas electorales elevando el contenido programático de aquéllas.

Como la dinámica política en Bolivia es muy intensa, no podemos descartar que las tres opciones que repasamos puedan todavía aliarse aumentando sus posibilidades de mejor desempeño en los comicios de fin de año y debieran seriamente intentarlo. Sabemos que las consideraciones ético-políticas tienen límites en su efecto persuasivo, pero las razones de contexto y del rival mayor debieran tener la debida atención. Y ahí es que vale la pena recordar que el presidente-candidato tiene mucho a su favor, desde la bonanza económica que le tocó administrar y, como sabemos, money talks con efecto para mucha gente sin mayor compromiso programático, o la sostenida campaña de tipo electoral en medio de una cultura política caudillesca (auténtico “caballo del corregidor”), y un asunto no menor: una administración de justicia grandemente cooptada, incluyendo un árbitro de dudosa imparcialidad, como se ha mostrado recientemente con la habilitación inconstitucional para la candidatura del binomio oficialista y las declaraciones amenazantes del Tribunal Electoral para los opositores y complacientes con el oficialismo, que tiene formalmente prohibiciones de uso de recursos públicos para proselitismo partidario.

Ojalá este sentido de supervivencia esté más sensible para que lo meritorio y valiente que tiene el constituirse en opositor a un régimen intolerante con la disidencia tenga un sentido mayor que el solo testimonial, y pueda dar continuidad a la vida democrática revitalizada con mayores grados de inclusión; es de esperar, con el ejercicio de libertades políticas sin amenazas.

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